Cuando no se sabe qué hacer se cambia el nombre a las cosas

Es de esperar que en la Casa de las Panaderas se actúe con juicio y visión de futuro

20.03.2017 | 01:11
Cuando no se sabe qué hacer se cambia el nombre a las cosas

Eso es lo que pasa en los ayuntamientos, empezando por el de Madrid. Cuando no se sabe qué hacer, cuando no fluyen las ideas, cuando lo que importa es salir en los periódicos y no otras cosas, pues se cambia el nombre de calles, parques o teatros, y asunto concluido. Así, en Madrid, se cambió, recientemente, el nombre de un parque que llevaba el nombre de un rey, no de un rey de la época de Maricastaña, sino de uno de los de la democracia, concretamente de Felipe VI. Se cambian nombres de calles, por llevar nombres partidistas o conflictivos, y se ponen otros que, en ocasiones, también son susceptibles de ser criticados de igual o parecida manera, en función de quién sea el que los analice, y así se consigue llenar los titulares de epítetos.

Últimamente no dejan en paz ni a los teatros, así a las dos salas del "Matadero", que funcionaban bajo la misma dirección que el Teatro Español (ambos son municipales) y que han sido un ejemplo de saber ofrecer buenas funciones, el actual equipo de gobierno, de buenas a primeras, decidió cambiarle sus nombres; unos nombres que no habían sido puestos en la dictadura, ni en la transición, ni tampoco hace una década, sino hace dos o tres años; de manera que dos destacados escritores y también grandes autores de teatro de vanguardia, como Max Aub y Fernando Arrabal, creador del Movimiento Pánico, se quedaron sin tener su nombre en esas salas. Dos nombres de dos modernos dramaturgos cuyas trayectorias no se pueden identificar con el olor a rancio, ni tampoco con tintes conservadores, que parece ser que es lo que más les preocupa a algunos de los nuevos regidores municipales.

Hacer una nueva política, como prometieron algunos partidos en las pasadas elecciones, no tiene que pasar necesariamente por cambiar el nombre de las cosas, sino los conceptos, las bases en los que están fundados, y hacer que las decisiones no se muevan con el ritmo que marcan los engaños. Pues eso, que con el cambio de los nombres de las salas del "Matadero" se ha montado un guirigay que ha obligado a la nueva alcaldesa a restituir los nombres anteriores, y a volver a colocar las anteriores placas donde se habían colocado esas nuevas que, tras sesudas deliberaciones, habían rotulado como "Nave10" y "Nave11", que era como se denominaban, hace muchos años, cuando las salas eran naves donde se sacrificaban animales.

Mientras emplean el tiempo en esas sesudas decisiones, la de cambiarles el nombre a las cosas, o la de experimentar con ideas engurruñadas, el aspecto que ofrece la ciudad de Madrid es bochornoso, asqueroso y casi todo lo acabado en oso, incluido el que aparece en el escudo de la ciudad subiéndose a un madroño. Calles colmadas de basura, paredes pintarrajeadas y orines de fin de semana, degradan la imagen de la villa y corte, que ofrece el mismo degradado aspecto que dejó la anterior alcaldesa, la señora Botella, con el agravante que la señora Carmena, actual primera edil, juró en su día, por activa, por pasiva y por el niñito Jesús, que iba a dejar la ciudad como la patena.

En una época de poca disposición presupuestaria se entiende que no se hagan obras nuevas, y mucho menos megaproyectos, pero lo que no puede entenderse es que los ayuntamientos no mantengan convenientemente lo que ya existe, dejándolo limpio, aseado y atractivo para quienes lo contemplan, lo disfrutan, o lo usan; pero claro, como ese tipo de operaciones no salen en lugar destacado en los periódicos, y menos aún en la tele, los alcaldes lo van dejando a un lado, hasta que llegan a olvidarse de ello; y lo peor de todo es que los ciudadanos de tanto vivir entre mierda terminan acostumbrándose.

En Zamora también se van a cambiar, o se han cambiado, nombres de calles y plazas, y respecto a los teatros, se ha optado por explotarlos de manera individual, para complicar las programaciones y no poder aprovechar las sinergias que hubiera permitido una gestión conjunta, aunque, eso sí, respetándose los nombres, aunque mejor no dar ideas, no vaya a ser que el Ayuntamiento o la Diputación, que actúan como competidores, vayan a tomar nota y decidan cambiárselos.

Ya veremos qué nombres sustituyen, o van a sustituir, a los que están o estaban en las placas de las calles; y si los nuevos dan o no que hablar; o si, por el contrario, la gente pasa de ello. Es de esperar que en la Casa de las Panaderas se actúe con juicio y visión de futuro, poniendo nombres de científicos, artistas o intelectuales, que suelen molestar menos a la gente que las de políticos o militares. Y, si no es mucho pedir, mientras se procede a realizar esas operaciones de quita y pon, podrían dedicar también parte de su tiempo a reconducir aquel plan de limpieza, diseñado para calles y fachadas de edificios, que anunció el alcalde a bombo, platillo y ritmo de charambita; aquel que se empezó un día y desapareció misteriosamente a las dos semanas, apenas recién iniciado, porque no se fue capaz de evitar que lo que se limpiaba un día fuera ensuciado el día siguiente por media docena de gamberros.

Una ciudad limpia y aseada es lo menos que cabe exigir a los ayuntamientos, y una provincia con servicios básicos a las diputaciones; más que nada, para que puedan demostrar que la tan aireada nueva política pasa por cumplir lo que se promete en las elecciones.

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