Zamoreando

Miserables

En la hora de la muerte lo que debe imperar es el sentido de humanidad

25.11.2016 | 00:23
Miserables

No dudan en defender a los terroristas de ETA o de cualquiera otras siglas. No dudan en compartir el pan con quienes tienen delitos de sangre. No dudan en blasonar de su amistad con auténticos sátrapas de la peor catadura. No dudan en dejarse querer por regímenes donde la ausencia de las libertades y derechos de los ciudadanos los condenan al ostracismo, a la cárcel o directamente a la muerte. No dudan en fotografiarse en actitud afectuosa y rendida con quienes han reventado la paz y predican el odio y la segregación, eligiendo ambos como norma. No dudan en hacer el indio y en montar el circo para intentar demostrar, vano intento, su diferencia, su Rh puro, su ADN superior, cuando en realidad actúan de la misma forma que lo hacen los regímenes totalitarios. Y ya sabemos lo que eso significa para los ciudadanos en los países donde plantan su germen.

Iglesias, de Podemos y Garzón, de la extinta Izquierda Unida, no tienen la necesaria empatía con los que sufren, no son seres humanos, son otra cosa que no sé definir como corresponde. La muerte es la única que nos iguala a todos los seres humanos. Al rico y al pordiosero, al bueno y al malo, al rey y al plebeyo al gobernante y al gobernado, a los hombres y a las mujeres, a los negros y a los blancos. La escasa diferencia puede estar en los honores finales. Llegada la hora de la muerte lo que debe imperar es el respeto, la humanidad y la educación que los aludidos no tienen porque no las han mamado y si lo han hecho lo han ido escupiendo con el paso de los años hasta quedarse hueros.

La exalcaldesa de Valencia y senadora del Grupo Mixto, Rita Barberá, moría en el hotel de Madrid donde se alojaba, de un infarto. Todos nos hemos sentido conmocionados. Menos Iglesias y Garzón, dos tipos de mucho cuidado. No quisieron participar en el minuto de silencio de una compañera de Cámara, porque consideraban que ese minuto constituía un homenaje a "la trayectoria de una política marcada por la corrupción". ¡Miserables! Lo son en grado sumo. Rita Barberá no estaba procesada. Había acudido voluntariamente a declarar, por aquellos puñeteros mil euros que se consideraron como blanqueo de dinero. Dicen que Conde-Pumpido, instructor del caso Barberá y fiscal de Zapatero, estaba, al final, por el sobreseimiento, porque no había encontrado nada. La muerte de la señora Barberá acaba con cualquier especulación al respecto.

Es una pena que estos canallas, que estos miserables que le han salido a la res política más miserable, estos que se sienten los puros, los buenos de la película, los impolutos, cuando no pasarían ni siquiera la prueba del algodón, hayan llegado donde han llegado sin conocer el respeto, las mínimas normas de educación y algo tan elemental como es la humanidad. Está bien que se conduelan por Rosa, la anciana de Reus a la que dejaron sin luz y sin vida, pero que no la utilicen demagógicamente como han venido haciendo. Rita Barberá no merece menos. La condenaron sin juzgarla, estaba sufriendo una soledad palmaria, estigmatizada, ninguneada por estos que van de castos y también por tantos de los suyos que hoy deben encontrarse mal siempre y cuando tengan lo que deben tener los seres humanos. A Rita Barberá, unos y otros, pero sobre todo los Podemos, también la dejaron sin luz y sin vida. Mi respeto y consideración a una brava mujer.

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