24 de noviembre de 2016

Del minuto de silencio al grito de las que ya no tienen voz

La Plaza Mayor será para las asesinadas por violencia de género mañana viernes

24.11.2016 | 00:27
Del minuto de silencio al grito de las que ya no tienen voz

Dice la cultura popular que "si los hombres parieran, ya nos habríamos extinguido como especie", por cierto del género "homo" de igualdad. Y puede que no sea cierto, ni mucho menos, de manera literal. Pero sí pone de manifiesto este dicho un hecho real: que las cosas de hombres se tienen más en cuenta, se les da más importancia o se hacen más "visibles" para todo el mundo que las de mujeres. Esto puede explicar que aunque todos los meses en el Pleno del Ayuntamiento de Zamora guardemos dos minutos de silencio por más de tres mujeres asesinadas por sus parejas, nadie se horrorice, ni siquiera se escandalice, y mucho menos salga a movilizarse contra esta situación social, salvo que nos toque muy cerca.

Todas las muertes por violencia son igualmente injustas. Por eso contrasta la reacción ante las víctimas del terrorismo de ETA, que inmediatamente hacía salir a la calle a todas las instituciones públicas para mostrar su repulsa al menos en los últimos tiempos -no quiero olvidarme de las quejas de las víctimas porque no fuera así desde el principio-, con la falta de reacción pública por las víctimas de la violencia de género. En el primer caso se trata de cosas serias, de hombres; y del poder en sus manos, de la política. En el segundo son cosas de mujeres, del ámbito doméstico; aunque mueran a manos de hombres, o precisamente por eso. Siguiendo con el inicio de este escrito, todo cambiaría "si las mujeres matasen".

Quiero aclarar también que no hay que culpabilizar a hombres o a mujeres de esta situación de manera diferenciada, sino que se trata de una situación social, que se explica en gran medida por la desigualdad que existe en más aspectos.

Tantos que no dejan de sorprendernos. Como ha sucedido estos días con la Iglesia católica, que consideraba el aborto un pecado tan especial que los sacerdotes normales no podían perdonarlo sin autorización de un obispo o del propio papa. Y que tras la celebración del presente año de la misericordia, y gracias también a la misericordia del papa Francisco, ya van a poder perdonarnos a las mujeres hasta los curas de pueblo. Gracias, aunque llegue tarde. Porque desde mucho antes sí han podido perdonar -después de esconderlos para evitar escándalos- los abusos sexuales a menores incluso dentro de la iglesia, los asesinatos de algunas dictaduras, o cualquier otro por aberrante que fuera, incluido el de cualquier mujer asesinada por su pareja por serlo ¡Para perdonarlos no hace falta el permiso del obispo! Pero no es que sean peores: es que el aborto es cosa solo de mujeres y lo demás son cosas más de hombres.

Como dicen las feministas: "Si los hombres se quedaran embarazados, el aborto sería legal desde hace mucho tiempo". Además, aunque el maltrato a las mujeres se da en todas las clases sociales, se denomina de género porque tiene que ver con un imaginario colectivo que considera a la mujer subordinada al hombre en términos sociales. Parte, por lo tanto, de una desigualdad que se extiende a otros ámbitos y que se agrava porque impide "salir corriendo, si tienes miedo" como canta Amaral. Y porque es más difícil recobrar la dignidad y huir de la violencia si estás en paro, cobras menos por ser mujer, tienes hijos que has decidido o te han obligado a parir, o eres más pobre.

Hace pocos días, una persona moría a oscuras para convertirse en símbolo de la pobreza energética. No es casualidad que tuviera, Rosa, nombre de mujer.

Una más. Como todas las que hemos recordado con cientos o miles ya de minutos de silencio en los Plenos, para reconocer que son nuestra responsabilidad, la de los representantes públicos y la de toda la sociedad.

Para que ninguna mujer siga muriendo en la oscuridad de la pobreza moral, al menos el día 25 de noviembre vamos a encender luces de color violeta en la Plaza Mayor; a dar la palabra a las mujeres sobre el escenario; a acercar el corazón de la ciudad a todas las mujeres asesinadas por violencia de género, y a gritar desde el corazón con toda el alma: ¡ni una mujer menos, ni una muerta más!

A ser en lugar del silencio de cada día, el grito de las que ya no tienen voz.

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