17 de noviembre de 2016
La columna del lector

Recuerdo a mi padre, Miguel del Castillo

17.11.2016 | 00:17

Recordando a mi padre, Miguel del Castillo Pérez, persona buena, querida y amada, y aún presente.

¡Hace más de un año que el viento no mece tus palabras!?

¡Hace más de un año que el trino de los pájaros no encuentra cobijo en tus oídos!?

¡Hace más de un año que el mar es menos azul!?

¡Hace más de un año que te fuiste y no nos dejaste!... estás entre nosotros, en el viento, en el trinar de las aves, en el azul del mar?

Pasaron las horas, los días, los meses y compruebo que sigues formando parte de todo lo que nos rodea, que sigues presente en ese viento, en ese trino, en ese mar azul,? en definitiva, que sigues aquí, en este pequeño rincón, tu rincón, el que tú forjase con la inmensidad de amor que dejaste en tus semejantes, con la inmensidad de cariño que pusiste en tus quehaceres, con la inmensidad de felicidad que irradiaba tu mirada fija en tres pequeños seres, con la inmensidad del respeto a la vida que transmitiste durante tantos y tantos años? con la inmensidad de la entereza con la que esperabas la partida, partida que para ti, por tus creencias, también era vida?

No es fácil glosar el sentimiento que me embriaga, es más, diría que es imposible apenas comenzar con ello, porque los recuerdos se amontonan y me abruman, recuerdos de los momentos compartidos, de los elogios que has recibido, del respeto que, muchas personas, no todas, a tu memoria han tenido, de las oraciones que en tu memoria se han rezado, y sobre todo que apenas coger la pluma no puedo evitar que mi imaginación te siga viendo, contemplando, tocando, con dulces sonrisas, con tiernas miradas, con caricias realizadas y recibidas?

Solo quería decirte que, en esta tu tierra, Tierra de Campos, en ese otoño cálido en el que, sin dudarlo, acudiste raudo a la llamada, para, entre otras cosas jugar en la arena de los sueños de un pequeño ser, ese otoño, como digo, fue dando paso poco a poco a un invierno de hielo, un invierno frío y oscuro en el que fue muy difícil el día a día, el ver una silla vacía, una gorra visera colgada en su percha, un crucigrama sin terminar, un teléfono que no suena, un abrazo que no se produce, una palabra cálida de presunto sentimiento compartido que no se dice?

Sí, un invierno de hielo, pero que no nos atenazó, puesto que somos aprendices de tu fuerza, de tu alegría, de tu ilusión, de tu fe en las cosas y en las personas,? y así las lluvias, que no cesaron, fueron saciando nuestro espíritu a la vez que los campos que nos abrigan y nos dan luz, campos que germinaron esperando la primavera, primavera tenue, florida, olorosa, en la que el mar de Castilla se viste de verde con sus olas de espigas en marcos de amapolas?

Y qué primavera, ¡Dios mío, qué primavera!? Primavera que apenas cabía en los ojos tiernos y bellos de una niña feliz, que un día después que en Fátima sus gentes guardasen en sus corazones su fe reproducida, un día después y tras años de preparación, llegó su día, el de ella, en el mes de las flores, en el mes de María, momento y cita a la que no podías faltar, estabas allí, presente, en la ceremonia, en las lecturas, en las preces, en las peticiones infantiles, en el inmaculado vestido que irradiaba felicidad. Sí, estabas, yo pude notarte, te vi, y te conocí, observaba cómo caían tus húmedos párpados, y cómo dejabas que el día fuese entero de la niña, tu niña, para luego quedarte dormido en un manto de margaritas de primavera, y dejar así tu recuerdo como regalo verdadero?

En ese discurrir diario, los secos aires del estío barrieron los campos, los pueblos, sus calles, verano castellano en el que las imágenes de santos y patronos, en sus andas, salen de sus templos para jolgorio y alegría de sus devotos, y que son honrados con fe, con luz, con calor,? Y comenzó el otoño, otoño repetido del que forma parte un día como hoy, 17 de noviembre, desde hace cincuenta y cuatro años?

¡Es curioso!, ahora, cuando termino estos renglones torcidos, estas líneas mal trazadas, y a pesar de que el teléfono sigue sin sonar, el abrazo no se ha producido y las palabras ni siquiera se han expresado, me encuentro mejor, más feliz, constato con alegría ¡que el viento sigue arrullando el sonido de tus lejanas palabras!, ¡que el trino de los pájaros gorjea en mis oídos aún más alegre! y el mar,? ¡el mar es más azul!? ¡Te sigo recordando, te sigo queriendo!

Otoño en Villar de Fallaves, en Villalpando, en?

Miguel del Castillo Alonso

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