La hora de la verdad

La política de este país se empeña en moldear la realidad para ajustarla a los intereses que más convienen

06.10.2016 | 00:15
La hora de la verdad

La política de este país tiene un problema con la verdad. Se empeña en moldear la realidad para ajustarla a los intereses (electorales) que más convienen. Lo vimos -el caso más doloroso y flagrante- tras los atentados del 11M. Lo empezamos a vislumbrar ya antes, con aquellos hilillos en boca de Rajoy de oscuro petróleo que devinieron en marea negra. Nos lo olimos más tarde con la crisis que no era tal para Zapatero y con la reforma exprés pactada de la Constitución, "cueste lo que cueste", que no era sino acatar sumisamente las recomendaciones de la UE.

Y ahora, a pesar del desgaste electoral y el crédito derrochado, el PSOE vuelve a las andadas. La realidad se enturbia interpretada a través de los ojos de los dirigentes socialistas. El dilema es claro: o terceras elecciones o facilitar un gobierno de Rajoy. Lo primero es "la peor solución", dice el transitorio gobernante de Ferraz, Javier Fernández. Entonces, por lógica, será la segunda opción, piensa uno, pero sobre eso ya solo cabe el silencio. Ni siquiera verbaliza qué piensa él que debería hacer el partido. Prohibido ir más allá de la frontera de la insinuación. El valenciano Ximo Puig anima a abrir un debate en el partido sobre la solución final, pero que su posición, como buen aliado de Compromís y Podemos, sigue siendo la del no al PP. El "no es no" que defendía el líder derrocado, Pedro Sánchez, que tampoco se atrevió a decir toda la verdad. Se refugió en la propuesta de gobierno "alternativo", seductor concepto bajo el que se cobijaban las siglas de Podemos y de los nacionalistas catalanes para que el Ejecutivo pudiera -que ya es mucho presuponer- ser.

En la era de la presunta transparencia, la insistencia en los discursos opacos persiste. Cuando el "brexit" y el no a los acuerdos de paz en Colombia triunfan amarrados a discursos tan indigestos como sustentados en medias verdades si no en falsedades completas -Nigel Farage lo reconoció en el caso británico-, la triste sospecha es que el ciudadano (a veces también votante) ha empezado a desistir de trillar la realidad en busca de algo cierto. Quedémonos con lo más llamativo y espectacular, parece el mensaje. Lo más populista. A la verdad, esa que se corrompe tanto con la mentira como con el silencio (Cicerón), aún no le ha llegado la hora.

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