España, a la espera de un milagro vasco o gallego

La situación no solo es grave, sino que tiende a empeorar

25.09.2016 | 01:26
España, a la espera de un milagro vasco o gallego

Cómo estará de mal la política española que evitar terceras elecciones depende casi exclusivamente de que se produzca un milagro en el País Vasco o en Galicia. Escrutar los resultados y a la espera de los movimientos postelectorales, los comicios en estas dos autonomías se han convertido en la penúltima esperanza de esquivar un nuevo fiasco parlamentario. La última siempre sería el cambio de posición del Partido Socialista si pasara del "No es no" de Pedro Sánchez, arropado hoy por amplios sectores de la militancia, a una abstención de algunos de sus diputados para ceder paso a Mariano Rajoy.

La situación no solo es grave, sino que tiende a empeorar. Hace un mes había división en el PSOE, pero no se vivían vísperas de cruenta guerra feroz en su seno tras la decisión de Susana Díaz, comunicada ya internamente, pero no oficialmente, de ir a por todas, mientras Sánchez quiere defenderse convocando un congreso exprés. Ni la división en Podemos era tan pública y profunda como la que ahora no ocultan Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. Ni tan pronunciado el cansancio en las filas populares, siempre disimulado por la cosmética de los que huelen poder, que podría afectar a ratos, según trasciende, al propio Rajoy que no ve salida clara a su empeño en no ceder el testigo a nadie de su partido para facilitar la gobernabilidad. Podría decirse que hoy es más difícil la salida que en pleno verano. Solo la decisión del Partido Nacionalista Vasco de orientar su demanda de apoyo parlamentario a populares o a socialistas, podría aclarar algo el panorama, aún sin resolverlo. Parecería ilógico que, estando a tan pocos diputados de la investidura, Rajoy no lo logre, pero una minoría en el PP cree que con él al frente será muy difícil. Mientras, otra minoría en el PSOE aún confía en que habrá un milagro para que Sánchez pueda gobernar, aún por poco tiempo, con menos de la mitad de los votos necesarios para hacerlo, si apoyan desde fuera todos los demás.

Entre esos dos extremos queda un espacio inmenso para la razón, pero la razón no parece que tenga sitio ahora mismo en la política española. Lo razonable se expresa por boca de Albert Rivera cuando recomienda a Sánchez que "la nueva ronda de contactos que pretende con otras fuerzas comience por los barones de su partido que discrepan con él". O en la pluma de Miquel Roca Junyent, en un artículo publicado en "La Vanguardia", en el que elogia a Urkullu por no ir a remolque de las manifestaciones de la calle -tomen nota Artur Mas y Puigdemont- y por su coraje al no ceder ante la demagogia populista. "Urkullu -escribe uno de las padres de la Constitución- no ha abandonado nunca la centralidad del país (...) y ha logrado que hoy Europa mire al País Vasco con un respeto recuperado".

El problema de España, que influye directamente en la casi imposibilidad de lograr Gobiernos estables, es la debilidad de esa centralidad. Rivera está ahí solo, cosechando -a lo Adolfo Suárez- más aplausos que votos. El componente centrista que siempre apoyó a Felipe González voló y el que retuvo Aznar cuando los socialistas se quemaron en el Gobierno, se disolvió en la trituradora del PP.

Entretanto la situación económica se frena y la irrelevancia internacional de España es mayúscula. La influyente agencia de noticias económicas y canal de TV Bloomberg, tituló en su momento: "El ministro de los papeles de Panamá, candidato de España al Banco Mundial". Rivera denuncia "el nulo interés del presidente Rajoy hacia lo exterior y el mayor interés por lo interior del ministro de Asuntos Exteriores". Y está en lo cierto. El profesor de Economía, José María Serrano, advertía en RNE que Italia a principios de los noventa vivió un largo desgobierno, que casi se celebraba en aquel país, y lleva veinte años sin encontrar su rumbo porque dejó de tomar decisiones muy importantes para su futuro. A ver si nos está pasando lo mismo y no nos damos cuenta hasta que sea demasiado tarde. Como se ve, agotada la razón, ya es cuestión de milagros.

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