La condición corrupta

Con el tiempo, la población se felicitó porque el latrocinio público continuaba a buen ritmo

22.09.2016 | 00:34
La condición corrupta

en el principio, solo había corrupción. Se aceptaba como un gravamen adicional. Con el tiempo, la población se felicitó porque el latrocinio público continuaba a buen ritmo, pero había crecido la sensibilidad contra los políticos descarriados. Pocas bromas con el crimen organizado desde las cúpulas de los partidos. Un dirigente de Unió Mallorquina, formación famosa por el encarcelamiento unánime de sus jerarcas, se atrevió a despachar a los corruptos como esclavos de la "condición humana". No solo recibió una severa reprimenda colectiva por la justificación, también acabó en la cárcel sin ánimo de establecer una relación causal.

La idea del avance indefinido en la lucha contra la corrupción es otra fantasía, como las restantes tiranías del progreso ilimitado. Por eso Rajoy puede asociar hoy sin apenas críticas la corrupción a la "condición humana", con motivo de la casi dimisión de Rita Barberá. Esta apelación exoneradora por generalización desde Bratislava se producía tres años después de que el presidente del Gobierno proclamara en el Congreso que "nadie puede evitar la corrupción en el planeta, porque forma parte de la condición humana". En aquella ocasión, se quitaba de encima la incomodidad sobrevenida tras la casi dimisión de Ana Mato, que conservó el escaño.

Cospedal ha coreado la consigna de la "condición humana", a traducir por "usted es un corrupto, aunque quizás no lo sepa". Es decir, la cúpula del PP está compuesta por una inmensa mayoría de abnegados trabajadores y una minoría de manzanas podridas. En el exterior, la putrefacción es un riesgo generalizado. Los dirigentes populares mantienen la presunción de inocencia más allá de las condenas en tribunales inferiores. En cambio, la población en pleno recibe de Rajoy el sambenito de la presunción de culpabilidad. Nosotros nos corrompemos un poquito para que usted no sucumba a la tentación. Los papeles de Bárcenas demuestran que Rajoy habla de la corrupción en defensa propia, pero no debería sobreactuar en la búsqueda de excusas. La aceptación sin rechistar de la "condición corrupta" no frena la epidemia, denuncia el conformismo con la plaga.

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