La columna del lector

Aquellas librerías y comercios del ayer

06.09.2016 | 23:39

L a ciudad se convierte una vez más en un decorado vacío. Álvaro Bonet )

Cuando paseamos por las ciudades o pueblos donde hemos vivido o visitado con frecuencia, observamos que muchas de aquellas librerías, tiendas o comercios de "toda la vida" van desapareciendo, como han desaparecido muchos oficios de los auténticos maestros de la artesanía, herreros, forjadores, guarnicioneros, zapateros, sastres, modistos, herreros, esquiladores, matarifes, carreteros, ebanistas, carpinteros un sinfín de auténticos maestros artesanos.

Recuerdo que a finales de la década de los años cincuenta existían unos cuadernos que en la pasta trasera traían fotografiados coches clásicos americanos e ingleses, como Chevrolet, Cadillac, Ford, Rolls Royce, etc, cuadernos que utilizábamos en la escuela de Valdescorriel, para los deberes diarios, y que vendían en el comercio de Eufrosina, así como aquellas inolvidables gomas de borrar "Milán 430" .

En los comercios de los pueblos había de todo desde un tintero, lapicero, o goma de borrar hasta colonia a granel.

Hace unos días, en el mes de julio, recibía la noticia de que una librería de las de toda la vida de Benavente, Gráficas Unidas, cerraba sus puertas para siempre. Recuerdo perfectamente la librería Gráficas Unidas antigua en la calle la Rúa a la derecha, subida la cuesta de la Rúa, pues, en los primeros años de la década de los años 60 me compraron allí mi primera pluma estilográfica, una Inoxcrom 55 azul, cuyo precio era de 100 pesetas, un atlas de Aguilar, Atlas Bachillerato Universal y de España, que conservo en perfecto estado, un Diccionario de la Lengua Española y lo necesario para el colegio. Era una librería con unas características especiales regentada por el señor Llamas que había cursado la carrera de Magisterio.

También recuerdo en Zamora la librería del Bazar J. donde atendía don Agripino, padre de Felipe; los Almacenes García Casado, en la plaza de Sagasta. El Heraldo de Zamora, Almacenes Roncero, Almacenes Emilio Prieto, El Redondel y Sederías Sevillano, donde me compraron el traje de mi primera comunión, todas estas tiendas estaban en la calle Santa Clara.

En Salamanca, recuerdo la librería Cervantes, y especialmente la planta de Derecho, atendida por un señor llamado Martín, que nos daba completa información de todos los libros relacionados con la carrera de Derecho, en la calle La Rúa, estaban librería Núñez y la librería del Sagrado Corazón de Aniceto, compañero en el colegio de Los Escolapios y después en la Facultad de Derecho.

No podía olvidarme de la librería de los hermanos Centenera en la plaza de los Bandos, que eran unos personajes singulares, don Agustín y don Cipriano, creo recordar eran sus nombres, que se comentaba que antes de ser libreros habían sido sastres.

Ni el tiempo pasado ni los amores vuelven. Aquellos eran tiempos diferentes en los que vivíamos sumergidos en sueños de otro color.

Salamanca era y es diferente, éramos jóvenes y estudiantes, ahora somos trabajadores esperando la jubilación y no tan jóvenes.

En Valladolid, en los soportales de Fuente Dorada, estaba librería Lara, a la que hasta su cierre, acudía prácticamente a diario, por la proximidad con el despacho donde en un ya lejano año 1978 comencé de pasante, concretamente en la calle Cánovas del Castillo n.º 4, allí nos atendían Pilar, Mariano, Miguel,? en frente del despacho estaba la librería de viejo de Pepe Relieve, en la calle López Gómez, cerraron librería Isis y librería Rayuela, donde Charo Vergaz, siempre atenta te buscaba el libro que le solicitabas y si no lo tenía te lo localizaba y te llamaba para recogerlo.

Las librería son santuarios del amor al libro, a su olor, a su tacto, a sus imágenes, sus fotografías, etc. etc? en las librerías se respira un aire especial, y en cada librería es diferente, el visitante de las librerías, el lector, tiene una sensibilidad especial.

No puedo por menos, al hilo de estas líneas, sobre las librerías, los lectores y sus visitantes que contarles un hecho que muestra la sensibilidad especial de lo lectores. El sábado día 6 de agosto, estaba en la librería Margen de Valladolid, interesándome por un libro de doña Josefina R. Aldecoa, titulado "Mujeres de negro", que forma parte de la trilogía de las mujeres maestras que vivieron la depuración de la posguerra civil española, libro que está agotado, según me comentaron y una señora de nombre Isabel, que estaba en la librería, de forma espontánea me dijo lo tengo en la estantería de mi librería de casa, cuando lo localice se lo regalo, al día siguiente recibí su amable llamada telefónica y el lunes me lo entregó. Desde esta columna deseo darle públicamente las gracias. Gracias Isabel.

Si me quitan la memoria. ¿Qué me queda?... La soledad.

Son mis recuerdos.

Pedro Bécares de Lera

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