De añoranzas y realidades

Todo sigue igual que hace un montón de años: los jóvenes hacen la maleta y van a buscar trabajo a otra parte

26.08.2016 | 00:04
De añoranzas y realidades

Las cosas apenas han cambiado. Continúan, más o menos, como hace un montón de años, cuando los jóvenes hacían la maleta e iban a buscar trabajo a otra parte. Y es que, al igual que ahora, entonces tampoco se generaba empleo. Si tras ímprobos esfuerzos, habían conseguido pasar por la universidad (ya fuera en la de Madrid, Valladolid o Salamanca, porque aquí no había escuela o facultad que echarse a la boca) no les quedaba otro remedio que emigrar a regiones industrializadas, donde en nuevos ambientes, con mayor o menor éxito, iban labrándose un futuro, estableciéndose, formando una familia, acercándose en lo posible a la felicidad que todo el mundo desea anhelar.

Pero ni la seguridad que da tener un empleo, ni el confort de haberse integrado en una sociedad diferente, impedían que, en muchos casos, vivieran una realidad impostada, ya que durante los oscuros días de invierno, mientras la lluvia, la nieve o el viento quedaban al otro lado de la ventana, no podían evitar que la morriña les hiciera torcer el gesto. De manera que esperaban pacientemente la llegada de la primavera para volver unos días a Zamora, ya fuera en Semana Santa, o más tarde, durante el verano, para rememorar oníricas jornadas vividas durante la infancia o pasear por añorados rincones, o encontrarse con amigos de la panda que, en la medida que iban transcurriendo los años, aparecían a la cita anual con mas barriga y menos pelo.

Nada mas asomar por el Alto de los Curas, empalmaban la película justo en la escena en la que los mismos intérpretes partían años atrás en sentido contrario, rumbo a lo desconocido. Una vez llegados a la Avenida volvían a verse con pocos años, paseo arriba paseo abajo, enfilando sus pasos hacia la calle de Santa Clara, con independencia que el viento soplara de levante o de poniente. Pero las primaveras también engañan con idealizados recuerdos e imágenes ficticias. Y las añoranzas dejan de coincidir con la realidad en la medida que transcurre el tiempo, porque aquella angosta rúa por la que pasearan hace años, apenas iluminada por diminutos faroles, que fue motivo de inspiración poética, ahora se observa triste y desamparada, y las grietas de la calzada obligan a caminar por la acera que, dicho sea de paso, echa de menos unas cuantas losetas.

Mejor será que a los nostálgicos que se ven estos días deambulando por la ciudad no se les ocurra subir por la calle de San Torcuato, donde encontrarían la desoladora imagen de unos locales sin uso, de tiendas que han echado el cierre, de oficinas que han desaparecido. Y es que en la medida que van desapareciendo las referencias, el nexo de unión entre pasado y presente se rompe, y los recuerdos apenas coinciden con la realidad, porque los aromas que ahora acerca el viento no son los mismos, y en los bares ya no se sirven "chatos" de vino sino "cañas" de cerveza.

Solo la vista que ofrece la ciudad, desde la playa de Los Pelambres, contribuye a reconfortar a aquellos que han emigrado, porque la fusión de agua y piedra, de Duero y románico, ofrece una imperecedera demostración de que cuando algo pasa, también algo se queda.

Aunque esa gente que regresa, para después volver a marcharse, trate de cerrar los ojos y escuchar el ruido de unas pisadas que se le aproximan, y que creen tener identificadas, no se atreven a volver la cabeza para comprobarlo pues, aunque estén convencidos de haber llegado donde ellos creen, lo cierto es que no pueden asegurarlo, ya que todo no es lo que parece, y menos aún lo que, de manera reiterada, aparece en sus sueños de invierno.

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