Domingo 21, XXI del tiempo ordinario

Pasar por la puerta estrecha

21.08.2016 | 00:18
Pasar por la puerta estrecha

Esta afirmación de Jesús en el Evangelio de este domingo es difícil de entender. Es como si durante la vida nos debatiésemos entre conseguir o no lo que llamamos salvación y, como consecuencia, ese aprendizaje de estar obligados a hacer determinadas cosas como, por ejemplo, hacer buenas obras. Sin negar esto, hay que ir más allá. Es decir, comprender que la salvación de la que nos habla el evangelio es un camino muy diferente. En sentido cristiano, la salvación no sería librarme de algo, sino alcanzar un máximo de plenitud de mi existencia humana. Desde el punto de vista espiritual sería una trayectoria que consiste en ir progresando y creciendo desde el interior, lo cual no quita que haya dificultades y problemas.

En la sociedad de hoy, posiblemente nadie tiene necesidad de hacerse la pregunta sobre la salvación por ese afán de autosuficiencia del hombre en relación con Dios. Pero el verdadero anhelo de todo ser humano es descubrir nuestro verdadero ser y desde ahí vivir en armonía con todos los seres humanos y con el Creador. Cada persona va desplegando algo de esa humanidad que lleva dentro, del mismo modo que nadie alcanza la perfección. No podemos pensar que estemos ya salvados. Todos estamos necesitados de salvación, dado que el camino de la vida está lleno de éxitos y fracasos, individuales y colectivos. Lo que muchos buscan es la salvación individual y esto no es posible.

Entrar por la puerta estrecha no puede interpretarse como si se tratara de una prueba imposible de superar o utilizando solo nuestro propio esfuerzo personal, sino descubrir que todos somos limitados. La aceptación de nuestra propia realidad nos lleva a reconocer la gracia y la salvación en nosotros de un Dios que nos quiere. Por tanto, la salvación no puede consistir en cambiar la condición de ser humano por otro modo de existencia.

Esta idea nos puede desconcertar porque estamos acostumbrados a comprar la salvación con nuestras acciones sin importarnos lo que le ocurra al vecino. "Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio se salvará". Nosotros deberíamos ser como la vela que solo es útil en la medida en que se consume. Da luz porque va perdiendo su condición de vela hasta que se desgasta totalmente. Tiene que asustarnos la seguridad de aquellos cristianos de toda la vida que creen haber logrado la perfección en su conducta irreprochable. La clave es descubrir que el grado de salvación se manifiesta ya en nuestra vida según sea la calidad de nuestras relaciones con los demás.

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