Nos quedan los fieles vencejos

Los pueblos castellanos siguen perdiendo población año tras año

18.08.2016 | 00:30
Nos quedan los fieles vencejos

Los pueblos castellanos, como es sabido, pierden población año tras año. Muchas casas se arroñan o deterioran y derrumban. Lo compruebo en los pueblos de la Tierra del Pan, aunque algo menos en mi pueblo natal, Pajares de la Lampreana, donde poseo la casa familiar con más de doscientos años acumulados en sus vigorosas paredes de tapial.

Frente a mi casa hay un centro socio-cultural, sede también de la Junta Agropecuaria Local de Pajares de la Lampreana y de la Cámara Agraria Provincial de Zamora. Se inauguró este centro en el año 2002. Muchas décadas antes fue la escuela para niñas con dos aulas paredañas: una para niñas de siete a diez años y otra para las niñas mayores, de once a catorce años. Había entonces en Pajares cinco escuelas.

En cada hueco que había en los aleros de esta escuela de niñas anidaban vencejos. Yo los veía desde la puerta delantera de casa dando de comer a sus crías. Cuando se restauró la escuela para convertirla en centro socio-cultural se levantó una segunda planta y se hizo un nuevo tejado. Ya no hay huecos en los aleros y, por tanto, no anidan los vencejos. Sin embargo, observo que muchos vencejos revolotean de tanto en tanto por allí con ademanes de dar de comer a crías inexistentes.

Es probable que esta querencia de los vencejos esté inscrita en sus genes. Tal vez algunos de ellos o sus padres nacieron allí. Los vencejos suelen vivir unos veinte años. Monógamos y fieles a sus nidos, volvían a procrear de nuevo por el mes de abril desde sus lugares de migración, generalmente al sur del ecuador africano. Admiro ahora esta fidelidad de los vencejos, aves gregarias que vuelan en grupos a grandes velocidades con estruendosos chillidos: dicen los expertos que los machos emiten un chillido llamado por su onomatopeya suiií y las hembras otro distinto llamado sriií. Esto no lo sabíamos entonces los chiquillos. Tampoco que los vencejos están considerados las aves más veloces del mundo y que pueden alcanzar una velocidad de crucero de 70 kilómetros por hora, ni que pueden llegar a recorrer sin descanso 250.000 kilómetros a lo largo del año mientras cazan o duermen en el aire.

Sí sabíamos que los vencejos se alimentan de mosquitos, moscas y polillas, como las golondrinas y los aviones, aunque ignorábamos que una pareja caza al día hasta 10.000 insectos para alimentar a sus crías. Sin embargo, a los vencejos no les teníamos mucha simpatía. A las golondrinas sí, porque nos habían inculcado que le quitaron algunas espinas a la humillante y lacerante corona del Señor. Era, evidentemente, una forma de protegerlas, debido a su contribución a limpiar la atmósfera de "puñeteros insectos" -así concluye Dámaso Alonso un celebrado poema titulado "Insectos"-, que pululan sobre pueblos y ciudades.

Si no hubiéramos tenido ese respeto sagrado a las golondrinas, las habríamos cazado con el tirafleches -así llaman en en Pajares a los tirachinas- cuando se posaban alineadas sobre los cables de la luz. eran una diana fácil. En cambio, con el tirafleches era casi imposible cazar a un vencejo, que no se podía posar ni en el suelo ni en los cables, por tener las patas muy cortas. De hecho, su nombre científico "apus apus" proviene del griego que significa sin pies.

Pero los chavales, que andábamos con frecuencia a la caza de aves y de pájaros, nos las ingeniábamos para capturar los vencejos en el aire. Lo solíamos hacer en la plaza, cuando llegaban de las calles en bandadas; allí giraban y volvían raudos a calles y callejas. Hacíamos un agujero en un trozo de papel bastante consistente, lo envolvíamos en un canto liso o en un pedazo de teja y lo lanzábamos al aire. Allí se caía el canto y el papel quedaba revoloteando. Los vencejos intentaban capturarlo y alguno quedaba con las alas atrapadas en el agujero del papel y caía al suelo. De allí ya no se podía mover ni alzar el vuelo.

¿Por qué cazábamos los vencejos? Por diversión o travesura, porque estas aves por lo general no se comían, aunque me asegura mi amiga pajaresa María Turiño que su madre cogía las crías que se caían de los nidos y las guisaba con patatas como si fueran pardales. Actualmente, los chicos de los pueblos pasan muchas horas jugando con los móviles -ahora también enganchados a la captura de muñecos pokémon- o con las tabletas. Ni para bien ni para mal se fijan en las aves que anidan en las tierras. Ni siquiera en los fieles vencejos que atronan en el aire con sus chillidos mientras cazan insectos.

Yo observo a los vencejos con gran respeto y admiración cuando vuelan en bandadas o cuadrillas como bombarderos en acción de combate sobre el corral de casa. Algunos incluso hacen ademán de dar de comer a crías inexistentes bajo el alero de la antigua escuela de niñas. Pero los aprecio, sobre todo, por su fidelidad a estos pueblos cada vez más deshabitados.

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