Licenciado en | Geografía e Historia

Tránsito

El cuadro de Mantegna tiene una belleza serena, un tesoro que hay que descubrir

13.08.2016 | 00:22
Tránsito

maría es el nombre más común en España, seguido de Isabel. No descubro nada nuevo.

El lunes es María de la Asunción, o al revés, o las dos y ninguna porque en muchos sitios el lunes es el día de Nuestra Señora, y ya está.

Nuestra patrona es El Tránsito, o sea, la Virgen muerta. Y como, según el dogma (proclamado por Pío XII, 1950) ascendió en cuerpo y alma a los cielos, el Tránsito viene a ser el tiempo previo que vemos representado en el famoso cuadro de Mantegna del Museo del Prado. Es una de las joyas de la pinacoteca.

La pintura es pequeña, discreta y de una belleza serena que le hace quedar recluida frente a las obras de mayor formato de la pintura italiana. Además se trata de un velatorio. Nuestra Señora (en tránsito) está siendo acompañada por los doce apóstoles que poco antes andaban desperdigados por el mundo, ocupados en "asuntos" de su Hijo.

Un ángel les metió prisa para que al menos llegaran a tiempo de contemplarla en ese "tránsito" que terminaría glorioso. Era el mismo mensajero que a Ella le viniera con dos anunciaciones: la de su maternidad virginal, que narran los Evangelios y aquella en que, según tradición piadosa, el ángel le comunica su viaje directo al paraíso dejándole en prenda una palma. En el cuadro la porta san Juan. Así pues, su Hijo se encargó de cumplir lo que cada uno de nosotros haría con la madre propia, de estar en nuestra mano. Este detalle de la figura de Jesús falta en el cuadro porque fue amputado e impide entender al completo la leyenda de la "dormitio" de nuestra patrona.

Al cuadro -ese velatorio magistral- podemos entrar por obra y arte de Mantegna, sin el pésame en la boca. No hay puertas ni paredes casi, porque la del fondo se abre al lago de Mantua para hacer la estancia más ventilada y diáfana. Pero aquí la muerte no huele. El incensario que porta un apóstol produce el aroma reservado desde antiguo para el culto a la divinidad.

Con admirable respeto, el pintor coloca a la santa difunta en un plano medio, visible pero distante del espectador. Nada de morbo con el cadáver. Los doce apóstoles, aunque parecen menos, velan a su Señora.

Es todo tan fiel al arte de narrar, a la poesía de la pintura, que Mantegna escenifica aquí el milagro en ciernes con una contención dramática y un equilibrio muy diferente de lo que hace con su famoso "Cristo muerto" donde la tragedia está contada sin piedad, de la cabeza a los pies que nos muestra con la llaga de los clavos en primer plano.

En "El Tránsito de la Virgen" la manera italiana de ambientación y perspectiva no falta y nada se desborda de color y dramatismo. Es el tiempo último de su estancia terrenal. Se ruega oración y silencio.

Volviendo al principio. Si hay un papa de la ciencia pictórica que se atreva a proclamar el dogma de la belleza recóndita en una pintura, que vaya empezando por esta.

He aquí un cuadro y un cuerpo que levita, que se sale del Museo y en tránsito asciende...

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine