Crónicas de un paso de cebra

El color de la capa en ritos sacrificales

El culto al toro a través de las diversas culturas milenarias

22.07.2016 | 00:20
El color de la capa en ritos sacrificales

Desde hace miles de años el culto al toro se ha practicado en numerosas civilizaciones y países como en Persia, Egipto y Grecia entre otros, y muchos de los espectáculos taurinos han llegado a nuestros días.

Este tema también ha generado grandes manifestaciones artísticas, pinturas, esculturas, una vasta literatura, recordemos, por ejemplo, "Los doce trabajos de Hércules", donde el héroe de la mitología griega, acabó dominando al minotauro de Creta, a quien Poseidón hizo salir del mar, al que el rey Minos mandó llevar con sus rebaños como semental. Al negarse este a hacerle un sacrificio al dios que había creado a su toro preferido, el se vengó, consiguiendo que el toro se enamorara de su mujer y diera a luz a un ser híbrido y feroz el minotauro, que causó grandes estragos, fue encerrado en un laberinto y moriría a manos de Teseo.

Se conservan pinturas murales en el palacio de Knosos en Creta de hace unos 3.000 años, donde se representa la lucha del hombre contra el toro.

Ese enfrentamiento tenía una doble dimensión, social y religiosa, y se practicaba la taurokatapsia o las demostraciones de habilidad de los hombres frente al toro, a pie o a caballo, tan bien descrita por Cosio en su vasta enciclopedia sobre los toros.

Los actuales espectáculos taurinos, incluidos los de recortes, vienen de ahí. Los jóvenes atletas debían saltar sobre dichos animales y hacer piruetas. Una de las pinturas más famosas, conservada en uno de los muros del palacio citado, representa a tres jóvenes, uno agarra al toro por los cuernos, otro está ya con las manos apoyadas en los lomos realizando el salto y un tercero lo espera en la parte trasera para ayudarlo en la toma a tierra. El toro moría en el ruedo y el sacrificio se dedicaba a la diosa de la fertilidad.

Se trataba de un rito de iniciación de los jóvenes para pasar de la adolescencia a la madurez, ya que con esos saltos se apropiaban de la fuerza mágica y de la capacidad fecundadora, que se desprendía del carácter sagrado del animal.

Se conservan unas tablillas del 1380 antes de Cristo, en Bogahz-Koy, la actual Anatolia (antigua Turquía) de un tratado entre el pueblo hitita y el mitanio, donde se invocaba al dios toro para llevar a buen puerto dicho acuerdo.

Pasó a Occidente con fuerza con el culto a Mitra, traído de Oriente por las legiones romanas, que lo importaron primeramente a Italia.

El mismo nombre de Italia, tiene que ver con los toros, ya que proviene de Vituli o país de los italoi, becerros o toros descendientes del dios toro.

Recordemos que una de las metamorfosis de Zeus, fue su transformación en toro para raptar a Europa.

En Persia se invocaba en los contratos matrimoniales a Serapis, el dios toro de los egipcios.

Antiguamente era algo natural sacrificar a los dioses a seres vivos, tanto humanos como animales. Si los animales eran muchos se llamaba hecatombe y en Grecia era de gran importancia el color del pelaje o la capa de los toros sacrificados, según a qué dios se le dedicara el sacrificio. A los dioses celestes se le ofrecían toros de pelaje o capa blanca, a las divinidades infernales y funerarias de capa negra y de capa colorada al dios Vulcano, el dios del fuego.

Surgió así una religión en el siglo I después de Cristo, el mitraísmo, que sirvió de base a otras en algunos aspectos, (como por ejemplo al cristianismo), la cual se expandió por todo el imperio, sólo se admitían a hombres, tenía carácter secreto, y a raíz de la implantación del cristianismo sus adeptos fueron perseguidos por lo que acabó desapareciendo en el siglo IV.

Su culto se solía practicar en cuevas o en lugares subterráneos, porque según la leyenda, el dios Mitra, cuyo nombre significa Luz, nació el 25 de diciembre, desnudo en el interior de una roca, cerca de un manantial y de un árbol sagrado, llevaba un gorro frigio, característico de la zona de Turquía, portaba un cuchillo en una mano y una antorcha en la otra, con la que iluminaba las profundidades de las rocas.

Unos pastores que apacentaban sus rebaños lo vieron y lo adoraron, ofreciéndole varios presentes.

Mitra encontró a un toro, símbolo sagrado de la fertilidad, generador de vida y de la reproducción de la Naturaleza, se lo llevó a su cueva, y posteriormente se le escapó. Un día el dios Ormuz le mandó un cuervo a Mitra para que lo buscara y se lo sacrificara.

Cuando lo encontró, le clavó el cuchillo en el costado y de él brotaron espigas de trigo que se trasformaron en pan, y sangre que se trasformó en vino. También solían aparecen otras figuras junto al toro, un perro lamiendo su herida, un escorpión aferrándose a sus genitales, a veces también un cuervo y un león. Todo ello simbolizaba una alegoría del ciclo vital, del comienzo de la regeneración y salvación de toda la creación.

En Asia Menor se solía practicar una ceremonia de iniciación o rito sacrifical, llamada Taurobolium, que se trataba según algunos autores de un culto a Cibeles, la madre de todos los dioses y según otros a Mitra.

Se cavaba una fosa donde se metía al aspirante, se cubría con unos tablones de madera agujereados y encima se sacrificaba un toro para que su sangre chorrease sobre su cuerpo y quedara purificado.

Numerosos monumentos se asientan sobre antiguos mitreos. Siempre me ha llamado la atención la basílica de San Clemente en Roma, muy cerca del Coliseo, porque conserva perfectamente la estructura de 3 niveles constructivos. En el más profundo hay una cueva santuario dedicado al dios Mitra, donde permanece la piedra de altar en el centro y los bancos o triclinios para recostarse y degustar el banquete ritual de pan y vino, tallados en piedra a ambos costados de la sala. Sobre él está la bella basílica paleocristiana y encima de esta se asienta la soberbia iglesia del siglo XII.

El toro como símbolo fue adoptado por el cristianismo y en la escalera renacentista de la Universidad vieja de Salamanca, aparece en el último tramo representada la lucha alegórica del hombre contra el uro o toro para alcanzar la victoria, que significa la gloria celestial, todo ello aparece estudiado profusamente en el libro "Ad summun caeli", escrito por mi antiguo y querido profesor de dicha Universidad, don Luis Cortés Vázquez.

Actualmente las fiestas taurinas originan diversidad de opiniones, sigue imperando el maniqueísmo en nuestras relaciones, o blanco o negro, pues hay gente a favor y gente en contra, como en los enfrentamientos políticos o en las luchas de religión, la cosa depende más de la creencia que de la razón, problema irresoluble que depende de ideas y del color de la capa de cada uno, como la de los toros, y parece que esto va para largo y no va a tener fácil solución.

Algunos proponen que para defender los derechos de los animales y justificar hechos tan cruentos, que se hagan espectáculos taurinos sin herirlos. Los que piensan de forma contraria se oponen, argumentando entre otras cosas, que perdería todo su sentido la fiesta y que, si no fuera por ella, los toros serían ya una raza de animales desaparecida y además nos alimentamos de animales, nos vestimos con partes de animales y nos valemos de ellos para ocio y trabajos. Nos haría falta una ciencia de los acuerdos para unificar todas las formas de pensar.

Los antiguos lo tenían mucho más fácil que nosotros, invocando al dios toro, encontraban solución a sus problemas, llegaban a firmar acuerdos, conseguían fuerza interna y se purificaban. Ahí sí que se encierra un mensaje de trascendencia suprema. De todas formas, pienso que se seguirá con la división y la polémica. No vale argumentar que es una tradición milenaria (que se lo digan al toro), ni que ya no quedaría constancia de raza tan bravía. Esto es como la fe, aunque paradójicamente se haya pasado de lo religioso a lo profano, y por eso es casi imposible llegar a un punto común para contentar a las partes enfrentadas. Ahora, en lo políticamente correcto, se defiende, pero solo de palabra, que uno no se puede meter en medio de determinadas causas, porque debe prevalecer el respeto, ante todo.

Para ello deberíamos replantearnos nuestra forma de vivir en múltiples aspectos, no comer carne, ni pescado, a pesar de ser omnívoros, no matar hormigas, ni la mosca que te hace imposible las tardes de verano, no agredir a la naturaleza? para eso se necesita un cambio de paradigma que es improbable que se imponga en sociedades como las actuales.

Pero por si valiera de algo, Jean Paul Sartre en sus "Situaciones II" afirmaba que "La violencia, bajo cualquier forma que se manifieste, es un fracaso", y ante los fracasos, ya no hay pelaje que valga, y este, lo queramos o no, no deja de ser el mejor argumento.

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