Domingo 10, XV del tiempo ordinario

¿Quién es mi prójimo?

10.07.2016 | 00:42
¿Quién es mi prójimo?

El evangelio de este domingo es uno de los textos más conocidos del Nuevo Testamento, pero uno de los que más nos cuesta hacer realidad.

Un maestro de la ley le pregunta a Jesús: "¿Y quién es mi prójimo?". La respuesta de Jesús es la parábola del buen samaritano. Quien tenga la suerte de conocer el desierto de Judá entre Jerusalén y Jericó entenderá mucho mejor dicha parábola. En la época de Jesús ese camino era un camino muy transitado, pero también peligroso. La orografía del desierto de Judá lo convierte en un lugar idóneo para los bandidos y los salteadores.

El sacerdote y el levita que pasan por aquel lugar tienen miedo, no conocen el contexto, piensan que es una trampa y por eso pasan de largo. Su vida dedicada al culto y a la ley los aleja de la realidad y de la vida de la gente, lo desconocido para ellos es causa de temor.

El samaritano es un hombre de mundo y conocedor del sufrimiento, por eso se acerca a socorrer a aquel desconocido. Su actitud es la del que se compadece del necesitado. El samaritano se acerca, socorre y ama a aquel que está tirado en el camino y ha sido apaleado. El amor y el conocimiento de la realidad son más fuertes que el miedo que aleja y paraliza.

Esta parábola también es la del buen posadero; es necesaria la ayuda de urgencia, a bote pronto, socorrer a quien está necesitado o en peligro, pero también el cuidado atento y continuado que el samaritano por sí solo no podía realizar. En el posadero vemos la figura de tantas instituciones, llenas de buena voluntad y profesionalidad, que atienden a los pobres, los enfermos, los marginados, las víctimas que tenemos que ir recogiendo de la cuneta del mundo, los descartados de la sociedad.

Con la parábola del buen samaritano, Jesús nos indica en qué consiste la novedad de la vida eterna: detenerse, acercarse, cargar y hacerse cargo del que ha quedado al margen del camino: de los que sufren violencia, de los excluidos de la sociedad. El amor de Dios libera de prejuicios raciales, sociales e incluso religiosos.

También nosotros tenemos que preguntarnos hoy quién es nuestro prójimo. Debemos conocer la realidad del mundo que nos ha tocado vivir. Tenemos que compadecernos y ser misericordiosos con todos, sin excluir, sin poner barreras, mostrando que el amor de Dios llega a todos los que lo necesitan.

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