Domingo 26, XIII del tiempo ordinario

Desinstalarse

26.06.2016 | 00:14
Desinstalarse

La trayectoria del evangelista Lucas en los domingos anteriores nos ha provocado. Jesús valora a las personas como son y está cerca de ellas (la mujer pecadora), apuesta por la vida y la defiende (resurrección del hijo de la viuda de Naín). ¿Cómo reaccionamos ante estos gestos? Por eso el Señor nos pregunta: ¿quién decís vosotros que soy yo? Es decir, solo hay una fe adulta y madura si, desde la vida, el cristiano ha encontrado una respuesta vital a esta pregunta. Por eso, la palabra de Dios nos sitúa. Dejémonos conducir por el Espíritu (epístola) y no miremos atrás (evangelio).

Jesús nos habla hoy de las llamadas frustradas. En línea con los profetas del Antiguo Testamento (1.ª lectura) también llama a las personas a que compartan su misión. Unos quieren seguirle, pero probablemente fruto de una decisión inmadura, y por eso se muestra duro: "Las zorras tienen madrigueras?"; en un segundo caso, se ponen excusas que para nosotros parecen incomprensibles ("déjame enterrar a mi padre") y, sin embargo, se trata de anteponer bien personas, bien cosas, a la misión; y en el tercer caso la misión comporta rupturas (dejar la familia?). Jesús es exigente, y a la vez muy claro. Él diría: no he venido a llamar a los justos que se lo saben todo, sino a los pecadores, peregrinos y buscadores, capaces a la vez de poner toda la vida en juego.

En el fondo se trata de saber descubrir en qué consiste la libertad. Libres, sí: para amar. San Pablo lo indica claramente. Hay muchas cosas en la vida que nos destruyen, que nos esclavizan y que solo es posible afrontar si nos dejamos guiar por el Espíritu.

Hay un dato relevante en el Evangelio. Jesús decide subir a Jerusalén. Se trata de una expresión bíblica, símbolo del Mesías que camina para entregar la vida. Desde entonces es también el camino para quien quiera ser discípulo. Esto implica un cambio de mentalidad, pasar de la seguridad de lo conocido a la inseguridad que produce un nuevo modo de entender y vivir la fe.

Esto se llama desinstalación. Estamos demasiado acostumbrados a lo de siempre. Nos fijamos en detalles que no tienen importancia y nos cuesta salir de nuestro mundo para comprometernos con las personas. No valoramos lo suficiente lo que somos o tenemos, nuestras quejas son muchas veces lamentos sin sentido.

El evangelio nos pide que nos tomemos en serio a Jesús, que escuchemos con atención su palabra para contemplar con admiración su camino, lleno de misericordia, poniendo en juego todos nuestros talentos. ¿Estás dispuesto a ello?

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