Historiador

Los idiomas del agua

Las Edades del Hombre detienen su curso en la villa de huertos y templos

15.06.2016 | 00:04
Los idiomas del agua

Hace diez años recibía el Premio Cervantes el poeta leonés Antonio Gamoneda, autor de "Arden las pérdidas". Aprovechando el bello título, citemos una: La empresa de las letras Everest se desmoronó como una montaña de papel, que al fin eso era. Aunque es sabido que el papel mueve el mundo, en este caso no ha lugar la comparación y tristemente fue anegada por el sunami de la crisis.

Entre los muchos éxitos de la editorial quedan, en el recuerdo y en mi biblioteca, las afamadas Guías de Viaje cuyo volumen dedicado a Zamora fue escrito por el mencionado autor laureado.

En los "avisos y salutaciones" del comienzo nos deja pinceladas de su clave estética: "Suscitar el pasmo ilusionado, el momento de plenitud adivinatoria que se produce ante las cosas viejas y bellas".

Zamora es una ciudad cuyas canas históricas suscitan el morbo de los poetas:

"Por los puentes de Zamora / Lenta y sola iba mi alma/ No por el puente de hierro/ El de piedra era el que amaba".

Así escribió embelesado el poeta vasco Blas de Otero.

Más adelante, Gamoneda continúa en sus consejos al viajero: "Cuida mucho el silencio, que no se sabe lo que puede ocurrir en Zamora cuando se maltrata esa condición".

Cervantes también era amigo de lo mismo y dejó escrito en "Los Trabajos de Persiles y Segismunda": "¡Oh silencio, voz agradable a los oídos donde llegas, sin que la adulación ni la lisonja te acompañen!".

Zamora tiene añadida, a su enorme patrimonio artístico, la pátina de la antigüedad y del silencio y solo respetándolos podemos oír la voz del tiempo y el lenguaje de las piedras. Pero también el agua tiene su idioma y sus silencios. A estos se asoma atardeciendo "la bien cercada" mirándose en los espejos callados del río que empezaron, poco antes, a lograrse, a su paso por Toro: "Villa que nos depara su realidad interior en la sucesión de silencios porticados, en el encumbramiento de blasones, en el verdor de recogidos huertos, en la majestad de los templos".

Las Edades del Hombre han detenido su curso en esta villa de huertos y templos para mostrarnos el poder del agua, que es como decir las venas de la vida. El agua, siempre escasa en nuestra tierra, devino en gracia del cielo y por tanto artículo de lujo en el colmado de los sueños del labrador.

"¡A pedir agua venimos! Cristo de los Afligidos!", cantábamos en las Rogativas de Villarrín. Pero agua somos, mayormente todos y no hacemos otra cosa que reclamar algo de nosotros mismos cuando la imploramos a Dios, fuente de vida.

Los símbolos acuáticos están presentes en la creencia cristiana desde los comienzos de la misma, con ese trazo simple del pez, anagrama y contraseña de los primeros cristianos.

El agua salpica la vida de Cristo desde el bautismo en el Jordán hasta sus últimas palabras: "Tengo sed", pasando por el pozo de la samaritana, las bodas de Caná o el Lavatorio de la Última Cena.

"Agua que te da nombre/ Oro bajo los puentes". Escribía un poeta refiriéndose a la ciudad de Las Burgas.

El agua es el nombre de la gracia divina sobre los campos cuando, gracias a ella, brillan las espigas, al atardecer, con el color del metal precioso.

Preciosa es la exposición inundada de arte sacro que Toro contiene para saciarnos allí los sedientos de belleza.

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