editorial

Por una campaña con soluciones auténticas para los zamoranos

12.06.2016 | 00:23
Por una campaña con soluciones auténticas para los zamoranos

Arranca una nueva campaña electoral, la segunda para unas elecciones generales en cinco meses, que tienen que repetirse por la incapacidad de los representantes políticos para alcanzar un acuerdo de gobernabilidad, a pesar de que cada uno de los candidatos aseguró, a renglón seguido de los resultados, haber entendido el mensaje del pueblo. Es evidente que no fue así. Vivimos de pleno ya una campaña en la que los propios políticos reconocen, en voz baja, el hartazgo de la ciudadanía, desesperada, sí, pero no tanto por repetir los comicios ni soportar durante meses el teatrillo de unos políticos obsesionados con sus intereses espurios. Lo que exaspera a los votantes es comprobar cómo ni a los nuevos ni a los viejos partidos les preocupa resolver los problemas cotidianos. Vivimos desde las europeas de 2014 en una campaña permanente y, entre tanto mensaje repetido, lo único evidente es la ineficacia de una clase dirigente encelada en votos y vetos, desdeñosa con lo que realmente puede hacer para contribuir a la comodidad de sus administrados. Porque hay cuestiones que no precisan de alambicadas estrategias ni de grandilocuentes palabras, pero que se pudren sin solución durante décadas.

La única variación en los últimos cinco meses en Zamora es que la provincia se ha vuelto más débil, acosada por una despoblación que tiene como consecuencia que, dentro de quince días, a las urnas estén llamados mil zamoranos menos que en diciembre. La provincia atraviesa un momento crítico que necesita respuestas más allá de las promesas programáticas que acaban incumpliéndose. No es solo la Zamora rural la que languidece. Si los políticos se toman la molestia de transitar por este mundo que, en demasiadas ocasiones, parece ajeno a aquel en el que viven preocupados por intereses personalistas y de defensa a ultranza de los escaños para ser más, que no siempre para hacer más, escucharán las voces de los empresarios zamoranos. De cientos de pequeños empresarios que viven con miedo la incertidumbre económica por más datos triunfales que enarbolen unos o por rocambolescas promesas que hagan otros. Empresarios que temen las cargas fiscales, que no se atreven a contratar a nadie salvo extremis, lo que se traduce en una inseguridad que contrae el consumo y obliga a cerrar negocios con la misma rapidez que otros prueban suerte.

Echen un vistazo a los que un día fueron florecientes ejes comerciales de la capital y recuenten los cierres. Y eso que en el comercio y en la hostelería sigue residiendo la creación de empleo, precario sí, que mantiene el último hálito de vida para esta Zamora condenada al subsidio si nadie lo remedia. Lo que los zamoranos piden es un ejercicio serio de realidad. Para eso sobran mítines, banderolas y carteles.

Medio año atrás, Zamora parecía haberse convertido en el epicentro de la política nacional. Por aquí pasaron los primeros espadas, desde Rajoy a Pedro Sánchez y al mediático Pablo Iglesias. Todos en busca del voto rural y de ciudades pequeñas que podía decidir la ingobernabilidad que ya se adivinaba esos días que daría como resultado la ruptura anunciada del bipartidismo. Hoy, con mil votos menos, las cosas han vuelto a su sitio. Por aquí no pasará ningún aspirante a la presidencia del Gobierno una vez comprobado que todo sigue igual. Contagiados por esa frivolidad que parece recubrir a esta caduca sociedad, los candidatos prefieren hacer "bolos" televisivos como si de estrellas de cine se tratara. Poco o nada contribuye ese nuevo giro de los gurús del marketing a recuperar el desprestigio de una clase acosada por la desconfianza de los votantes. En lugar de plantear soluciones, los políticos siguen siendo percibidos como parte del problema. Por muy bien que cocinen en casa de algún cantante con cuenta en Panamá, bailoteen, toquen la guitarra o prueben a ver quién abraza mejor a unos niños puestos a su alcance como las piezas de caza a Felipe II.

¿Dónde está, a estas alturas, la grandeza de la política, la que busca en una democracia la igualdad de oportunidades y el bienestar creciente de aquellos para los que tienen la enorme responsabilidad de gobernar? Ahora que ya se puso fin a las megalomanías cortadas de raíz por una crisis que ha impuesto una cruenta cura de humildad y realismo. Aunque a la vista de esa afición por el circo, puede bien concluirse que los partidos siguen interpretando su propia partitura. ¿Acaso no es un drama que los ciudadanos, en las encuestas, manifiesten que no han echado de menos la existencia de un Gobierno en estos cinco meses?

Quizá porque el auténtico drama lo viven los cientos de familias zamoranas acuciadas por las necesidades más básicas. Los distintos partidos políticos hacen bandera de sus respectivos programas económicos que deberían estar orientados a un reparto más equitativo de las cargas fiscales. Resulta del todo inaceptable que los zamoranos cuyas rentas son inferiores a los 11.000 euros destinen al fisco el 28% de lo que ganan. Que dediquen medio año de trabajo a cumplir con Hacienda, cuando, es obvio, los zamoranos no encuentran un trato equitativo a la hora de repartir servicios básicos frente a los residentes en las grandes ciudades.

Esos ciudadanos que se debaten estos días en la duda ante la nueva convocatoria electoral y a los que los representantes políticos se empeñan en tratarlos como menores de edad. Lo hacen cuando plantean propuestas inasumibles, cuando hablan de rebajas en impuestos que saben que no se podrán cumplir ante el galopante déficit que supera ya el conjunto de lo que produce la que se supone es la cuarta economía europea. Cuando basan en la quimérica lucha contra el fraude fiscal la recaudación necesaria para relanzar las cuentas públicas.

Con los datos de Hacienda en la mano, los zamoranos se han visto beneficiados de esa rebaja en el IRPF, pero nadie ha compensado la brutal subida del IVA que pone en apuros a miles de personas para llegar a fin de mes, que conduce a la economía sumergida y que agrava la peligrosa espiral en la que vive inmersa la provincia. Con los ayuntamientos cuyas tierras fueron inundadas por los embalses luchando en los juzgados por las migajas recaudatorias de las grandes eléctricas liberadas del antiguo canon energético, con una sociedad condenada a malvivir de pensiones que apenas llegan a los 700 euros mensuales de media, amparadas en las subvenciones o en las menguantes becas.

Quizá, llegado el momento, solo haya que pedir a los políticos lanzados en pos de los votos que los devuelvan a las cámaras parlamentarias, y de paso sus generosos sueldos y prebendas de las que han disfrutado incluso en estos meses de parálisis, es un mínimo por el bien común. Que cumplan y no molesten. No son necesarias inversiones multimillonarias ni proyectos fantasmas. Han dejado tan bajo el listón que no cabe mejor elogio para el buen gestor. Hay demasiadas cuentas pendientes para lucirse. Si son capaces de articular medidas que no entorpezcan la tan anhelada generación de empleo, que faciliten medios de comunicación que atraigan población, en lugar de espantarla para que tome la emigración como salida desesperada, será suficiente.

Necesitamos recuperar la política en su dimensión más noble y auténtica, la de servicio público, y desarrollarla con intensidad. Necesitamos despojarla de su disfraz manipulador que, bajo falsos pretextos democráticos, únicamente persigue colmar en cada convocatoria la saca para implantar la ley del embudo. Necesitamos despolitizar una sociedad civil invadida hasta extremos insospechados por la ideología y el maniqueísmo, en la que hasta para entrar en un consejo escolar, en una asociación de vecinos o en la directiva de un club de fútbol cuenta más la afinidad que la valía.

La verdadera revolución no consiste en apostar por el bipartido o el tetrapartido, en cambiar la ley electoral para liquidar los rodillos, en elegir líderes por primarias, en convocar referendos para opinar sobre cualquier asunto. Eso mejorará la calidad del sistema, nadie lo pone en duda, pero ocupa mucho a los grupos parlamentarios y nada al pueblo. La verdadera revolución consiste en servir y decir siempre la verdad, lo que entraña no prometer a sabiendas lo imposible ni arrojarse en brazos de la demagogia. Aplicarse en resolver multitud de cosas, aquellas realmente importantes porque son las que cambian el discurrir diario, sería el primer paso para reconectar con el ciudadano y reconquistar el prestigio perdido.

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