Anónimos, escritos sin honor

Las injurias y las calumnias se han desarrollado exponencialmente por el uso de Internet

30.05.2016 | 09:40
Anónimos, escritos sin honor

El general estadounidense George Patton, figura clave durante la Segunda Guerra Mundial, al enterarse de la aparición de armas muy letales, teledirigidas, que empezaban a circular y alejaban las guerras de los campos de batalla, dijo que enfrentarse al enemigo era la esencia de la guerra, pero matar personas inocentes, de forma anónima, con armas de destrucción masiva que atacan a mansalva, es una grave falta de honor, recordemos que el honor es uno de los más preciados valores de los militares y todos los hombres de bien. Qué diremos de los ataques anónimos de días pasados que destruyeron cinco hospitales en Siria, sin que nadie se haga responsable de ataques tan cobardes. Enemigos que no dan la cara, cuándo se había visto tal horror.

A nivel personal podemos encontrar personas que tiran la piedra y esconden la mano, nada más desagradable que recibir anónimos de todo tipo: amenazantes, difamatorios, extorsiones, suspicacias, sembradores de dudas, están a nivel de los actos cobardes, carentes de honor.

En España están tipificados los delitos más usuales y también los más conocidos por la ciudadanía, las injurias y las calumnias. Ambos atentan contra el honor y se regulan entre los artículos 205 y 216 del Código Penal.

La diferencia esencial entre ambos delitos radica en que cuando alguien calumnia acusa a la víctima de un delito que no ha cometido a sabiendas de que la acusación es falsa. Por su parte, se injuria cuando se ofende a la víctima, cuando se ataca su dignidad de manera grave. En cualquier caso, no es inusual la denuncia de estos dos delitos de forma simultánea. En cualquier caso, la injuria se castiga con pena de multa de tres a siete meses y asciende a multa de seis a catorce meses si se hace con publicidad. La calumnia, por su parte, está castigada con las penas de prisión de seis meses a dos años o multa de doce a 24 meses si se hace con publicidad y, en otro caso, con multa de seis a 12 meses. Un aspecto fundamental de la injuria y la calumnia es su carácter de delito privado, es decir, necesitan la denuncia expresa de la víctima y su personación en el proceso para que pueda investigarse y dar lugar a un eventual juicio. Se entiende, de esta forma, que la lesión del honor debe ser medida por la propia víctima que en última instancia le corresponde decidir si inicia el proceso mediante querella. Además, exige la Ley de Enjuiciamiento Criminal un acto de conciliación previa entre agresor y víctima. El problema se presenta con los anónimos, más difíciles de investigar.

Además, actualmente, tanto las injurias como las calumnias se han desarrollado exponencialmente por el uso de Internet y, en concreto, de las redes sociales, donde el intercambio de opiniones puede dar lugar a actividades delictivas cuando se traspasan ciertos límites. En la red, la información es cada vez más volátil. ¿Y qué opciones tiene un usuario que sufre acoso o amenazas en una red social? ¿Qué herramientas tienen jueces, fiscales e investigadores para poder investigar un delito y perseguir a los culpables? La red es paraíso de los calumniadores anónimos.

Transcripciones manuales de los mensajes, capturas de pantalla o, incluso, fotografías que muestran la pantalla de un dispositivo móvil forman parte de las técnicas para la obtención de pruebas que llegan a darse ante el silencio o negativa de los servicios para facilitar información a los investigadores policiales.

Las fuentes policiales consultadas nos comentan las complicaciones que encuentran a la hora de solicitar datos a los prestatarios de servicios (sobre todo los que operan fuera de España) y a esto se le suma la imposibilidad de comprobar la veracidad de las comunicaciones, por ejemplo, comprobando con una operadora el punto de origen y el destino de una comunicación. No obstante, a pesar de todas estas complicaciones, hay indicios que la policía y los jueces pueden utilizar para perseguir un delito.

Hace poco nos enteramos de que los operarios de una conocida empresa de comunicaciones en la red se negaron a dar datos de un terrorista que atentó en Francia hace pocos meses, porque se rigen por códigos éticos que protegen de confidencialidad y anonimato a sus usuarios. Todavía hay un gran vacío legal en estos asuntos.

Vemos que para la ley las faltas al honor son delitos, pero la cobardía está en el anonimato, como las armas que rechazaba Patton por deshonrosas.

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