Ojalá algún día se eliminaran las coaliciones

El partido más votado debe gobernar, si es preciso, atrayendo a la oposición con sus propuestas

21.05.2016 | 00:28
Ojalá algún día se eliminaran las coaliciones

Se aproximan otras elecciones generales y, con ellas el afán electoral; lo único que preocupa a determinados políticos, sobre todo cuando están en la oposición. Todos creemos que la finalidad de los partidos es procurar el bien del país y de sus ciudadanos. Estamos muy equivocados. La mayor parte de los partidos (no me atrevo a decir todos) lo único que pretenden, en el poder y en la oposición, es ganar las próximas elecciones para conseguir el poder y, con él, el bienestar del propio partido y de la mayor parte posible de sus seguidores.

Uno de los procedimientos para ganar elecciones es sumar fuerzas políticas; de esa manera, se intenta conseguir obtener mayor cantidad de votos que los demás; y, por tanto, estar en el candelero llamado poder. A esa suma de fuerzas se llama "coalición". Dos o más partidos, que solos no tienen grandes esperanzas, buscan aliados para acudir a las urnas con un respaldo importante. El objetivo es más o menos aceptable. A veces se trata de enmendar la propia debilidad para llegar a una situación razonable; otras veces -y esto es menos digno- se trata de unir fuerzas para hundir al partido que parece ser predominante. En España, desde el 20 D, hemos presenciado la pretensión de hundir al Partido Popular y en concreto a su líder: no interesaba tanto -nada en absoluto- intentar el bien de España, como ir "contra Rajoy y su partido". Me parece un objetivo despreciable, sea cual sea el partido tomado así, como única víctima de todos los ataques.

Parece que es digna la coalición dirigida a sumar fuerzas engrandeciendo el propio partido, con vistas a la batalla electoral próxima. Nadie pensará que, vista objetivamente, esta clase de coaliciones no puede ser reprobable. Sin embargo, utilizando solo criterios "democráticos" y ajenos a todos los partidos políticos -como es el caso de esta opinión personal- puede ocurrir algo opuesto a esa opinión benévola con relación a ese tipo de coaliciones. Creo que está más que demostrado que la democracia -el gobierno del pueblo- queda muy reducida en nuestra patria a la participación cada cuatro años en unas elecciones, en cualquiera de los ámbitos que se nos ofrecen: municipal, regional, europeo o estatal. Esa participación, tan restringida, se manifiesta en el voto. Hay, pues, que conseguir por todos los medios que la pureza de ese voto sea perfecta; en otras palabras: que cada cual elija el partido de su preferencia, mirando con seriedad y en profundidad el contenido del programa que presenta tal partido.

Las coaliciones más frecuentes son las que se producen después de las elecciones para conseguir el poder, cuando ningún partido ha obtenido por sí solo una mayoría absoluta, que le daría la posibilidad de gobernar en solitario. Además de ser las más frecuentes en la realidad poselectoral, estamos ya presenciando que se observan, antes de las elecciones del 26 de junio, para hacerlas realidad después de las elecciones. Estas son rechazables sin contemplaciones, cuando se goza de un espíritu democrático.

Ningún votante -creo yo- desea que su voto sea tergiversado, aunque sea para conseguir el poder. Personalmente, prefiero que el partido por mí elegido quede en la oposición mejor que consiga el poder, unido a otro, y gobierne bajo el programa de ese otro partido, aunque sea parcialmente, puesto que no renunciará nunca por completo a su propio programa por el que yo lo voté. Esta negación de legitimidad no excluye a la coalición preelectoral; pero es manifiestamente aplicable a la coalición poselectoral. Se trata de un fraude mezquino al elector. En la preelectoral, al menos, el elector vota a una opción que se le presenta -la unión de dos o varios partidos-; pero en la poselectoral es manifiesta la "traición" que los dirigentes de su partido cometen contra la voluntad del votante.

De todo lo expuesto se deduce una repulsa a toda coalición, ya que una rigurosa democracia exige que se respete escrupulosamente la voluntad de los ciudadanos. Puesto que su participación en el gobierno (eso es la democracia) queda reducida al acto de la votación, que ese acto sea soberano y nadie lo adultere, haciendo que el programa objeto de su voto sea mezclado con otro u otros programas electorales, ¡Ojalá se destierre esa perniciosa costumbre de las coaliciones y que el partido más votado -sea el que sea- gobierne, aunque para cada decisión tenga que recurrir a atraer a su propuesta los votos de otros partidos hasta lograr la mayoría necesaria para ser suficiente!

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