El día del trabajo y la estafa

Todo el dinero que libera la destrucción de empleo queda en manos de los destructores

30.04.2016 | 00:24
El día del trabajo y la estafa

Mañana es primero de mayo, el día de los trabajadores. Antaño, el día de los de abajo, de la inmensa mayoría que se ganaba el pan con el sudor de su frente. Hoy, poco menos que el día de los privilegiados que aún tienen empleo, aunque sea cada vez más precario y peor pagado. Hay que fastidiarse. Cuando uno era joven, el trabajo era el mal inevitable. La gente conjuraba ese mal rezando a la diosa Fortuna:

-¡Cómo me toque el Gordo, mando al jefe a la porra y no vuelvo a dar golpe!

Hoy, la fortuna es conseguir un trabajo y con el Gordo imposible solo se aspira a tapar "chaperones"; o esa, la hipoteca y otras deudas. Hemos avanzado como en el chiste: de culo, sin freno y marcha atrás.

Lo incomprensible es que la escasez del trabajo se haya convertido en una maldición y no en lo contrario. Hace bastantes décadas que los expertos pronosticaban para estos días la "civilización del ocio"; un tiempo, poco menos que paradisíaco, en el que el maldito trabajo apenas sería necesario, por la robotización, la mecánica y el incremento disparado de la productividad que permite hacer mucho más con mucho menos esfuerzo. Todo eso, a grandes rasgos ha sucedido. Lo que ayer hacían cuarenta personas lo hace hoy una, y además queda mejor. El único problema es que no evolucionó al mismo tiempo y con la misma velocidad la redistribución de la riqueza generada en ese proceso. Es decir, si cuarenta personas producían un bien que ahora produce una, ¿qué pasa con los cuarenta salarios que se pagaban antaño? ¿Se lo están dando a esa única persona que produce lo mismo? No sería descabellado del todo, si lo pensamos. Pero resulta que no, que esa única persona sigue cobrando como una o menos. Y que con las 39 que ahora no tienen ocupación no se sabe qué hacer, porque la sociedad estaba organizada de modo laboral; quien trabaja, recibe dinero; quien no trabaja, no. Lo que ha sucedido es que los 39 salarios que ya no se pagan se quedan en el bolsillo del empresario, se denominan incremento de la productividad y miden la eficiencia empresarial. Con lo cual se ha creado un mecanismo perverso, según el cual no hay como provocar paro para ser productivos y eficientes. En esa perversión se asienta la doctrina económica vigente y es lo que explica que empresas con enormes beneficios, como los oligopolios bancarios o eléctricos, las multinacionales, etc., sigan despidiendo gente, mientras sus inversores en Bolsa lo celebran comprando más títulos. Otra consecuencia de ese mecanismo es que la riqueza -los salarios que se van dejando de pagar- se concentra cada vez en menos manos. Y los multimillonarios llegan a tener tanta, que para evitar que se la vean, se la detecten y los obliguen a pagar los impuestos correspondientes, han de inventar paraísos fiscales, cuentas suizas o empresas en Panamá.

Todo es lo mismo y está conectado. El Primero de Mayo debería de ser el día del trabajo, el del paro y también el de los paraísos fiscales. Su hubiese una redistribución mínimamente justa de la riqueza, algunos no tendrían tanta como para tener que esconderla en islas lejanas; el paro sería un concepto muy diferente al que es y el trabajo debería de garantizar bastante más que la simple supervivencia. Bastaría con que en el ejemplo que pusimos, de 40 puestos convertidos en 1, el dinero de aquellos salarios siguiese permitiendo vivir a 40 familias. A una, por mantener el único puesto necesario. A las otras 39 porque el dinero hubiese servido para crear otros servicios a la comunidad o pagarles ayudas suficientes para vivir. Y todo ello sin tocar para nada los beneficios empresariales. Claro que con ese planteamiento las grandes empresas tendrían mucho menos estímulo para seguir destruyendo empleo y hoy seguiríamos siendo decentemente atendidos en los bancos, las eléctricas tendrían oficinas de atención al público o servicios propios de reparación, y las empresas de telefonía dejarían de tomarnos el pelo con la contumacia habitual y con empleados mal pagados que te contestan desde países remotos. Es decir, quizá aún trabajaran 10 o 20 personas, de aquellas 40.

El problema, por resumir, no es que no haya trabajo. El problema es que todo el dinero que libera la destrucción de empleo queda en manos de los destructores. Y eso, además de crear pobreza y sufrimiento entre los de abajo, es el más poderoso estímulo en los de arriba para seguir y seguir. Anótenlo, ahora que vuelven las elecciones bis que nos ha impuesto la casta dominante por no votar lo que nos mandaban. Volverán a prometer los de siempre "más empleo y reactivación económica". Díganle que sí, que vale, que bien. Y después háganles con su voto, que es soberano, el mayor corte de mangas que vieron los siglos. No se merecen nada mejor.

(*) Secretario general

de Podemos Zamora

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