Doctora y catedrática | jubilada de Filosofía

Para que nos quieran un poco

El error sobre el debate de la vigencia de la filosofía es cuestionar permanentemente su vigencia

29.04.2016 | 00:09
Para que nos quieran un poco

Hace muy pocos días, concretamente el domingo 24 de abril, publicaba el diario "El País" un intercambio de ideas, dos artículos titulados respectivamente "Nadie quiere a los filósofos", de Enrique Llovet y "Humanidades, atados a la nostalgia" de Jordi Gracia. Se trata de dos autores que ya han medido sus fuerzas en combates densos sobre este mismo tema, entre otras ocasiones en dos ensayos titulados "Adiós a la universidad", de Llovet y "El intelectual melancólico", de Gracia, que aparecieron hace muy pocos años. Con desiguales huestes batieron entonces otra fase de este duelo. Digo "desiguales huestes", pues el libro del profesor Llovet está, sin duda, mejor pertrechado para la lucha que el de Gracia, si bien las biografías, entre otros títulos, de Ortega y Gasset y, recientemente, de Cervantes, de Jordi Gracia ponen de manifiesto que, a la hora de trabajar, no parece tener reparos en militar entre las filas de los melancólicos. Y eso sin duda lo honra.

Al hacerme eco de esos debates solo pretendo traer a colación lo que se ha convertido, y no solo recientemente, en un lugar común: el papel de las humanidades en general y de la filosofía en particular en el conjunto de la sociedad, en la educación y, especialmente, en los planes de estudio. Es una vieja polémica que se viene manteniendo, quizá, desde los sofistas, en el siglo V antes de Cristo, adquirió virulencia en el Renacimiento, a cargo, especialmente, de los mejores humanistas, y en todas esas ocasiones se ha generado una fase de superación que ha dotado de más y mejor vuelo a la cultura. En base a esa experiencia, pensaríamos que ahora sucedería lo mismo, que las humanidades, la filosofía, quienes defendemos el relato de su permanencia, podríamos enriquecernos con lo que nos aportan los que no nos quieren, pero mucho me temo que la controversia académica, cultural, se ha imbricado excesivamente en el marco de los intereses y en una visión social muy roma, y por ello ahora el peligro es mayor. No obstante, huyendo de lo elegíaco y lo necrológico, que sería, no lo dudo, prematuro, aún después de siglos de presencia siempre amenazada, quiero que mi contribución se centre en una rápida pincelada acerca de qué entiendo por filosofía -el más amplio marco de las humanidades me resulta inabarcable, pero la misma cerrada defensa que, al menos en mi intimidad, hago de la filosofía la extiendo a las lenguas clásicas, a la historia, al arte, a la literatura..., sin las cuales no concibo una vida verdaderamente humana- y por qué me parece triste que a los alumnos de generaciones venideras se les prive de uno de los mejores aspectos del conocimiento y de la actividad intelectual.

Muchos siglos han transcurrido de precaria existencia para el pensamiento filosófico, en controversia siempre con otras cosas. A finales del siglo XIX la polémica se establecía entre filosofía y ciencias, entendiendo por tales las empíricas y las formales. Desde comienzos del siglo XX el lugar de la ciencia, en este debate, lo han ido ocupando las tecnologías, su utilidad y el prestigio del que se han acompañado. Dado que en la actualidad el desarrollo y alcance de estas últimas es mucho mayor, la dicotomía no ha hecho más que incrementarse. Por ello, al discutir sobre el valor de la filosofía se pone en cuestión su vigencia enfrentándola a la informática y afines. Podríamos decir, pues, que el primer error del debate es el debate mismo, o dicho de otra manera, el poner en plano de incompatibilidad un tipo de saber y otro, y al hombre en la tesitura irremediable de la elección.

Además de este primer punto, hoy podemos encontrar un segundo nivel. Nos encontramos con que en nuestro tiempo la crisis que hemos padecido y que, sin ninguna duda, seguimos padeciendo, aunque adopte otras muecas, ha sido un buen pretexto para llevarse por delante muchas cosas buenas y dejarnos mucha vergüenza. En ese contexto está siendo habitual que aparezcan manifiestos, artículos, libros..., dentro y fuera de España, que defienden con ahínco los aspectos no productivos de la condición humana, que a fuer de serlo, se convierten en reos de guillotinas administrativas, grosera y parcialmente manejadas. Uno de esos libros se titula "La utilidad de lo inútil", y su autor es Nuccio Ordine, filósofo y profesor de literatura; en él carga, y cito textualmente, "contra la dictadura del provecho, el utilitarismo de la educación y el poco interés de los políticos por los bienes del espíritu".

Tomando, pues, como referencia esas dos coordenadas, me propongo una reflexión sobre qué puede aportar la filosofía en los procesos educativos en los tiempos que corren. No es ni puede serlo exhaustiva y tampoco novedosa, pues la referencia que voy a tomar es la de los filósofos griegos. Pero creo que algo pueden aportar aún.

El primero de ellos, Platón, pues en aquellos albores del mundo griego sus diálogos fueron, y siguen siendo, razón de ser del pensamiento. En esos diálogos proponía mitos, que, a veces, inventaba y, a veces, simplemente tomaba del imaginario común y modificaba para sus propósitos. En el "Protágoras", el sofista de ese nombre se sirve del muy conocido mito de Prometeo, para ilustrar su tesis, que no es la platónica, pero el mito y la interpretación han quedado asociados para siempre al nombre del gran filósofo. No es el momento de exponer con detalle el mito, pero sí de señalar que en él ya se anota y se constata la debilidad natural del hombre frente a otras especies animales, pues el reparto de dones entre las mismas lo hizo Epimeteo, hermano de Prometeo, cuyo nombre significa el que no piensa antes de actuar frente Prometeo, que significa lo contrario. Como Epimeteo nos dejó sin recursos naturales (velocidad en la carrera, pezuñas y cuernos para defendernos, pieles y pelo para protegernos, capacidad instintiva para construir refugios...) tuvo que recurrir a Prometeo, que robó a los dioses. Con el resultado del robo dotó a los hombres. De Atenea la capacidad para la teoría, de Hefesto, el fuego y la habilidad para usarlo. Pasado un tiempo, los hombres eran científicos, construían teorías y todo tipo de artilugios tecnológicos y artísticos, pero se destruían entre sí y eran presa fácil de los animales. Por eso el propio Zeus se vio obligado a intervenir y mandó a su mensajero, Hermes, que nos dio sentido moral y sentido político y de las leyes. Y así los hombres pudieron llevar una vida humana.

Mucha hermeneútica puede hacerse del mito, de la versión y de la explicación de primer nivel, que ya aparece en la obra platónica. Aquí solo vamos s señalar que, como vemos, desde el comienzo de la reflexión se tuvo claro que el hombre necesita dar interpretaciones del mundo que lo rodea, y así aparecen los relatos que nos han enriquecido: el mitológico, el religioso, el filosófico, el literario, el científico..., que a veces solo cambian y se diferencian en el estrato de racionalidad que los fundamenta. En segundo lugar quiere y puede generar arte, técnica, tecnología..., con todas sus posibilidades y también sus problemas. Por eso "aidos" y "diké", la propensión al bien o al mal, a lo justo o lo injusto y a la reflexión sobre en qué consisten completan el esquema del conocimiento y, si nos fijamos, el sustrato de la existencia. No son incompatibles, sino absolutamente complementarios, nada sobra. Cuando se expulsa a alguna de esas facetas, el devenir humano se empobrece tanto, se vuelve tan maleable que deriva en penosos episodios de los que la historia da buena cuenta. Este esquema, basado en la narración de un mito, se transfirió al ordenamiento conceptual, por obra de Aristóteles. Su clasificación del conocimiento reproduce prácticamente este punto de vista, aunque añadió otro grupo de ciencias las propedeúticas o instrumentales, que en realidad son previas a todas las demás, pues todas necesitan finura de conceptos, organización de los juicios, precisión del razonamiento, capacidad metodológica... Su labor es prestar herramientas para que las otras formas de trabajo intelectual puedan proceder con rigor y pulcritud mental, nunca como base del saber o incluso objeto exclusivo del mismo. Podríamos añadir que, cuando a finales de la edad media, lo procedimental se convirtió en lo nuclear, cuando el instrumento quiso ser el centro de la reflexión, sobrevino la primera gran oleada de la crisis del pensamiento, del modelo de racionalidad.

Si la filosofía, el pensamiento vivo, el gusto por lo sistemático y organizado en el ámbito del conocimiento, sea ciencia sea filosofía, el sentido del análisis, pues no otra cosa significa la tan traída y llevada palabra crítica, la reflexión sobre la tecnología, sus implicaciones antropológicas, su incidencia y su imbricación en el medio social en el que nace, la valoración de la experiencia estética, la reflexión sobre lo que la produce, la necesidad de completarla con la comprensión y el conocimiento intelectual del mundo simbólico e iconográfico que la sustenta y la materializa, el análisis de la evolución de las sociedades, de los retos de la economía, de la justa distribución de la riqueza, la integración desde la perspectiva ética y política de todo lo anterior, volviera a la sociedad y a las aulas, quizá estaríamos todos un poco mejor. Y si, en relación con todo ello, fuéramos capaces de organizar un discurso racional, argumentado, en el que cada término se ajustara como un guante, porque así se hubiera trabajado, a su correspondiente concepto, expuesto con orden y respeto por el adversario y sus razones, nuestro espacio público se vería beneficiado. De ahí que considere necesario ponderar el valor de la filosofía, tomando la palabra valor en el doble sentido que tiene en castellano.

Pero quienes defendemos la presencia y la viabilidad de esta faceta del conocimiento somos un poco culpables. La falta de sutiles y satisfactorios análisis teóricos y de compromisos decididos de actuación es hoy uno de los mayores reproches que pueden hacerse a la filosofía, en esta hora en la que nos ha tocado vivir; pero que no los haya, que el búho de Minerva haya dado paso a, como mucho, luciérnagas paniaguadas, de un momento de brillo, que nos advierten de lo conveniente de avenirnos al sistema, no quiere decir que no sean necesarios. Ahora bien, si convenimos en su necesidad, hemos de fomentar su presencia en la sociedad y en las aulas y si convenimos en esa necesidad y en esa presencia no podemos estar cuestionando permanentemente su utilidad y su vigencia, sino dejar que lleven a cabo su tarea y su razón de ser. Seguramente tendremos aún muchas preguntas que hacer a la filosofía y, por raro que parezca, ella también tiene respuestas que darnos. Sería bueno que las escucháramos con una sola condición: no confundir lo útil con lo productivo ni lo productivo con lo mercantil.

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