Las actuales democracias pueden perecer

Todo político al acceder a su cargo debería tener como intención servir al bien común

28.04.2016 | 00:38
Las actuales democracias pueden perecer

Las personas que adquieren el poder en las democracias actuales tienden a convertir el país en un partido único, el suyo.

Estas democracias son un poco la de Pericles, la cual se fundamentaba en el ostracismo de sus oponentes, y claro era el todo o la nada y este no es el mejor sistema de funcionamiento.

Algunas personas bien intencionadas, a veces no tanto, se muestran reacias a denunciar los delitos "contra natura" que se cometen desde el poder y si lo hacen es partidariamente.

Las democracias se acabarán desintegrando si basan sus acciones en ilusiones y espejismos en lugar de realidades.

Cuando se violan algunas leyes o se manipulan para adaptarlas a su antojo o a los intereses partidistas y poniendo como excusa el bien común, lo que intentan es querer lavar y manipular el cerebro de la sociedad. Pero la democracia es un alegato de recuperar el ejercicio de la libertad de los individuos que forman esa sociedad y su poder de elección. Esta amplía los sueños de la humanidad.

Todo político al acceder a su cargo debería tener como intención servir al bien común y a los ciudadanos en general. Pero quien busca su provecho personal, el medrar, o el trepar a los puestos de poder e influencia para su enriquecimiento, está ya a medio camino de caer en la corrupción y con ella malograr y envilecer la noble tarea de la función pública. En las elecciones solo se debería elegir a las personas con clara vocación de servicio y que tengan en cuenta que los valores de toda sociedad deben estar asentados en la moralidad, la espiritualidad y la ética.

Hay algunos oradores, columnistas apesebrados que malintencionadamente muchas veces apoyan al poder en sus desmanes no queriendo saber hacia donde nos pueden llevar, y hacen caso omiso de los que denuncian esos desmanes.

El despotismo y todos los intentos de autocracia, dictadura, absolutismo, tiranía son una especie de enfermedad del espíritu público; representan, por decirlo así, una borrachera de responsabilidad. Se produce cuando los hombres comienzan a desesperarse en su amor por el pueblo; cuando, abrumados, agobiados por las dificultades y errores de la humanidad, ceden al insensato deseo de dirigirlo todo ellos mismos.

Tienen que darse cuenta de que para vivir es necesario un conjunto de recursos. Si estos no están plenamente garantizados las personas harán lo que sea (lo que esté en su mano) para conseguirlo (robar, asaltar, agredir, linchar,?) y todos estos desmanes pueden destruir la convivencia y armonía democrática.

Esta creencia de que todo marcha bien solo con coger en nuestras manos las riendas es, la mayor parte de las veces, una falacia, falsedad, mentira, embuste. Pero nadie puede decir que tal creencia carece de espíritu público. El pecado del déspota, del tirano, del dictador, del opresor no es que no ame a los hombres, sino que los ama demasiado, pero confía muy poco en ellos, en palabras de G. K.Chesterton.

Menos crispación y más sensatez y prudencia, es lo que el pueblo pide a los políticos y dirigentes.

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