Los hijos del perro del hortelano

La posible repetición de elecciones es un fracaso sin paliativos

23.04.2016 | 00:37
Los hijos del perro del hortelano

La posible repetición de elecciones es un desastre y un fracaso sin paliativos. Cuando el pueblo habla, vía urnas, hay que escucharlo. Es la piedra angular de la democracia. Pero aquí no hay costumbre. Y si la hubo, se perdió. Aquí, los partidos de la casta -hay que recuperar esta palabra, contundente y precisa- se crearon sin orejas. El pueblo habla, siempre lo hace, pero ellos no escuchan, no saben, no quieren, no pueden. Están como tapias. ¿Hace cuánto tiempo que les decíamos que así no, que no llevábamos camino, que nos íbamos a estrellar? Uno recuerda al Felipe González de sus últimos años, diciendo tras la última victoria:

-¡He entendido el mensaje!

Ni lo había oído. Uno recuerda al primer Aznar, humillado por una victoria raquítica, haciendo titánicos esfuerzos por parecer dialogante (¡lo que tuvo que sufrir!):

-Haremos un gobierno para todos, basado en el pacto, el diálogo y con el parlamento en el centro de la vida política.

Llegó, el hombre, a hablar catalán en la intimidad y a negociar con el Movimiento Vasco de Liberación Nacional: tal cual, dicho por él en la tele, cágate lorito rojigualda y tal. Hasta que logró mayoría absoluta y recuperó la sordera feliz. Uno recuerda al primer Zapatero, oyendo a los suyos, la noche de la primera victoria:

-¡No nos falles!

Y como era de esperar, les falló. Uno deduce que la debilidad auditiva de los partidos tradicionales no se debe a una enfermedad ni a simple "fatiga de los materiales". Se debe al caciquismo interior, al "centralismo democrático", al ordeno y mando orgánico, a la asfixia sistemática de la inteligencia colectiva y particular, a la endogamia, el enchufismo y la promoción continuada de la más calamitosa mediocridad. Los grandes partidos han ido obsequiándonos con líderes cada vez más ineptos, rodeados de ineptos más opacos aún (deprime ver hoy a los adjuntos de Sánchez, de Mariano e incluso del volátil Albert). Al engañoso Felipe González le sucedió nada menos que Aznar, tras un sin fin de derrotas previas. Nos dijimos, peor que este no vendrá nadie. Llegó Zapatero, el insustancial, la sonrisa sin cabeza. Nos dijimos: ahora sí que hemos tocado suelo. Pues llegó Rajoy. Y ojo, que solo hablamos de triunfadores, los que llegaron a lo más alto. En consecuencia, cuando la calidad de los líderes es tan desastrosa no debería extrañarnos que no sean capaces ni de hacer lo más simple que se espera de ellos, como ponerse a trabajar con los votos que obtienen tras una elección.

-¡La culpa es de Podemos!

Sí, claro, faltaría más. Nuestros 69 diputados son los culpables de que no surja un gobierno en un Parlamento de 350. ¿Y que pasa con los otros 281? ¿No cuentan? ¿Están de adorno? Anótenlo, lo dicen ellos: o votan a Podemos o tiran el voto. A ver qué otra lectura se puede hace de semejante memez. Seamos serios; si no hay gobierno es porque no quieren los que tienen que querer. El PP en primer término. Es el que más diputados tiene. ¿Es serio que no se le haya visto ni intentarlo siquiera? ¿No es vergonzoso? ¿No debería estar descalificado solo por eso? El PSOE en segundo lugar. Ha obtenido, es cierto, un resultado paupérrimo, el peor de su historia. Precisamente por eso solo podía buscar una acuerdo con el PP o con el tercer partido y alguno más. Ya han visto: lo buscó con el cuarto e irrelevante partido en sus ansias por fracasar. Unos genios.

Y quedan los míos, los culpables de todo. Cualquiera que siga la actualidad sabe que desde el día siguiente de las elecciones había una cosa en la que todos los demás estaban de acuerdo: con estos ni de broma, que no toquen poder. Bien. Es razonable. Entiendo ese veto. La casta económica a la que sirven tiene motivos para temernos. Y es lógico que sus representantes traten de impedir que la gente común se acerqué al timón de la nave. Pero en ese mismo instante su obligación hubiera sido acordar un gobierno ajeno a nosotros, ya que tienen la mayoría más que absoluta de los votos. ¿De quién es la culpa, pues? ¿Del pequeño al que no dejan ni que se acerque "a las cosas de comer"? ¿O de los hijos del perro del hortelano, capaces de lo que sea en favor del amo? Tanta mediocridad tenía que acabar así; con políticos que no saben ni administrar los votos que tan inmerecidamente reciben. Y ese es el mal del PP y del PSOE. (De Ciudadanos, con dos dimitidos ya por cuentas en Panamá, mejor ni hablamos: ¡menuda regeneración y vaya plantilla inicial!).

(*) Secretario general de Podemos Zamora

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