La columna del lector

Ley de Pesca, cabreo generalizado

11.04.2016 | 00:22

Comenzó la época hábil de pesca y, una vez más, los aficionados a este deporte, nos sentimos castigados, humillados y hasta despreciados por la vigente norma que la regula. No entendemos cómo la Consejería de Fomento y Medio Ambiente o sus asesores, son tan insensibles y viven tan de espaldas a la ciudadanía. De acuerdo con el establecimiento de vedados, la regulación de cotos, la pesca sin muerte, la prohibición de la pesca en los días que se estime oportuno, en fin, todas aquellas medidas que respondan a una lógica o redunden en beneficio de la población piscícola, pero, aplicar normas tan restrictivas en los embalses o en extensas masas de agua de fácil acceso y sin ningún interés ecológico que se pueda perturbar, donde acuden familias a pasear y disfrutar de la naturaleza, en especial jubilados que a la vez que echan la caña a fondo, se reúnen en animadas tertulias donde se estimulan hábitos saludables y de buena convivencia, eso no se puede prohibir. Así no se fija población en el medio rural. No se nos puede "mear encima", y decirnos que llueve; lo de tener que pedir permiso telefónicamente, cada vez que quieras ir a pescar, para que alguien te diga el día que puedes hacerlo, es de traca o de atraco, según se mire, ya que la llamadita cuesta dinero; alguien podrá decirme que se puede hacer por Internet, sí, pero ¿es que Internet es gratis? Dentro de los días hábiles de pesca, yo elijo cuando me apetece ir y nadie tiene derecho a decidir por mí. Las quejas son generalizadas y los comentarios coincidentes; no se solicitan licencias de pesca por esta absurda y arbitraria forma de proceder, ¿es cierto que ha bajado considerablemente el número de solicitudes?, ¿se han preguntado el porqué? O tal vez ¿era esto lo que pretendían? La caza para los "grandes" filántropos coleccionistas de trofeos, pero los ciervos y los lobos que se mantengan con el sudor de las gentes del campo; las pocas truchas autóctonas que quedan, gracias a la nefasta gestión realizada, deben ser capturadas para su deleite, por personas foráneas; a los ribereños todo tipo de trabas, para ver si nos quitan el vicio. Uno se siente como Paco Martínez Soria, en aquella secuencia de la película, cuando se encuentra en una céntrica calle madrileña, rodeado de vehículos por todas partes, con riesgo de ser atropellado y acude un guardia urbano que, en lugar de ayudarlo a salir del atasco, le propina tan monumental bronca que, harto de estar harto, le increpa: "Oiga, ¿y los de mi pueblo cuando pasan?".

Florencio Muñoz Martín

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