El rescate del balón

Los accidentes escolares y la dura carga para quienes están al cuidado de los alumnos

02.04.2016 | 00:31
El rescate del balón

El hecho luctuoso ha tenido lugar en un río del norte que corre por dos comunidades autónomas. El lugar donde ocurrió pertenece a los principios del río y, por tanto, no albergará un contingente muy caudaloso, aunque sí contemplará una corriente considerable, animada por el río Boeza, afluente del mismo Sil. Es de suponer que el adolescente hubiera jugado muchas veces con el balón por aquellos lugares y más de una vez hubiera realizado lo que aquel día intentó. Pero en esta fatal ocasión se unió al peligro normal el ímpetu de la crecida y la corriente, de ordinario poco peligrosa se convirtió en letal. Y de nada sirvió el intento de su hermano mayor para salvar al jovencito de quince años.

Para muchos, el suceso será uno de tantos casos de muerte por accidente; para mí tiene un significado especial, porque me recuerda años de mi vida en Toro, ligados al rescate de los balones en el juego; en tres veranos experimenté los beneficios de la previsión; en un otoño fui testigo sufridor de la imprevisión.

Siendo estudiante en la Universidad Pontificia de Comillas, se me encargó tres veranos dirigir la recién inaugurada "Escuela Preparatoria de Ingreso" en el Seminario de Zamora. El primer verano tuve por compañero a Saturnino Alonso Masero (q.e.p.d.); los otros dos a Cesáreo Pedrosa y a Casimiro Sastre. Nuestro cometido diario consistía en cuidar a unos 70 niños de 10 años de la mañana a la noche. Los llamábamos para que se levantaran y hacíamos una última visita por la noche, recorriendo el dormitorio un rato después de la hora de acostarse. Durante el día, los acompañábamos constantemente dándoles clase de las principales asignaturas, guiando su comportamiento en el comedor y vigilando sus horas de recreo. En las clases, era muy importante la enseñanza del Castellano; y, en ella, el análisis de un fragmento de El Quijote, cada día.

El edificio era magnífico en todos los aspectos. Pero había sido construido para Residencia de Sacerdotes Jubilados; por eso carecía de espacios para juegos de fútbol y similares, con lo que aquellos niños tenían que cruzar la carretera para aprovechar un espacioso solar en el que, después, se ha construido un Instituto de Enseñanza Secundaria. La carretera, en aquellos tiempos, en los que no existía la actual autovía, era la que llevaba de Zamora a Tordesillas para enlazar con la Nacional I; por tanto, la circulación era muy concurrida. Por ese motivo, nosotros tomábamos dos importantes precauciones: Uno de nosotros estaba con los niños constantemente durante todo el recreo; además se prohibía a los niños ir a recoger el balón, si salía para la carretera. Encargábamos al niño más sensato del grupo que -tomando todas las medidas de vigilancia- fuera el encargado de rescatar el balón que cayera hacia la carretera. Con estas dos medidas previsoras conseguimos que no sucediera ningún percance en los tres veranos. Estas medidas ayudaron a la gran suerte que tuvimos.

En cambio, cuando yo era ya profesor de tercero de Latín, un día de niebla del otoño, un alumno de segundo curso tuvo la ocurrencia de salir a buscar el balón de manera intempestiva; con la mala suerte de que pasaba un camión de los que proveían a la azucarera cargado de remolacha. El golpe fue tan fuerte que el niño murió en el acto. Yo, que había tenido dos veranos en la Preparatoria a aquel niño, le tenía gran cariño y, por tanto, sufrí mucho con el accidente. Se nos encargó a Miguel García (q.e.p.d.), profesor de 1º de Latín, y a mí, que estaba dando clase a 3º, para ir a avisar a los padres de Gerardo al pueblo de Sayago en el que su padre ejercía de sargento de la Guardia Civil. La tarea fue dolorosísima, sobre todo con la madre, que no tenía la impresionante experiencia de su marido con otros casos. El hecho, por otra parte, me supuso un tremendo altercado con el vicerrector del Seminario, al que eché en cara no tomar las precauciones que nosotros habíamos tomado en la Preparatoria de Ingreso con aquellos mismos alumnos. Le produjo mucho enfado que lo acusara de no cumplir escrupulosamente el encargo que nos hacían los padres; alabando, al mismo tiempo, la prudencia del padre de Gerardo, que -seguramente con premeditación- había ido "de paisano" y, en consecuencia, sin su arma reglamentaria; y tampoco había hecho acusación de negligencia alguna ante las autoridades judiciales.

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