Crónicas de un paso de cebra

Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos

El viento de la adversidad sigue soplando sobre la faz de la tierra

31.03.2016 | 09:36
Concha Ventura

En un viejo proverbio persa se recoge el siguiente pensamiento: "El viento de la adversidad no sopla jamás sobre el reino de la sabiduría".

He vuelto a ver una extraordinaria película: "La Pizarra", dirigida por una actriz y directora iraní llamada Samira Makhamalbaf, que fue estrenada en el año 2000, con la cual obtuvo el Premio del Jurado de Cannes. La historia se desarrolla en las montañas kurdas entre Irán e Irak, tras un bombardeo, donde un grupo de maestros vagan hambrientos por caminos pedregosos y polvorientos, yendo de unas aldeas a otras, con las pizarras a la espalda, con la esperanza de encontrar alumnos a los que poder trasmitir sus saberes.

Los constantes tiroteos aéreos les hacen camuflar las pizarras, tiñéndolas con barro rojo para que se confundan con el polvo del camino y no sirvan de blanco a quienes luchan por conquistar el territorio. A lo largo de toda la cinta soplan vientos de guerra.

Dos maestros son los protagonistas principales de la misma, Said y Reboir, quienes se unirán a grupos bien distintos, que huyen de los enfrentamientos bélicos, para acompañarlos y así poder enseñar por allí donde pasan.

Said se encuentra con un grupo de ancianos que buscan desesperadamente el camino de vuelta a su país, y aceptan la compañía del maestro, no porque nadie quiera aprender, sino porque les servirá de guía hasta la frontera. Por todo ello le pagan con 40 nueces.

Said acabará casándose con la hija de uno de ellos, Halaleh, a la cual le entregará como dote su pizarra.

Reboir se unirá a un grupo de porteadores y contrabandistas que trafican de un país a otro y tampoco muestran ninguna intención por cultivarse intelectualmente.

Esta historia de pizarras vacías de contenido, desvelan un trágico mensaje, el del olvido del saber y del conocimiento que nos vuelve menos humanos. Son recicladas una y otra vez cambiando de manos, pero la mayor parte del tiempo no hay nadie que quiera acercarse a ellas, pues a todos lo que habitan aquellos inhóspitos lugares les preocupa fundamentalmente poder sobrevivir cada día.

Es también la obra, metáfora de la desilusión y el desamparo, de la soledad y el desconsuelo de las gentes que pueblan una tierra donde no está permitida la esperanza.

La penosa vida de las mujeres en esos países es algo que nos parece lejano e incomprensible, aunque las mujeres apenas cuentan para nada allí, incluso actualmente.

Sin embargo, Samira, hace que Halaleh sea un soplo de aire fresco en un mundo sin sueños, por eso al final de la cinta, acaba colgándose a la espalda la pizarra, acompañada de su hijito, dispuesta a enseñar a todo aquel que lo desee y desaparece entre la niebla, porque sabe que solo así podrá alcanzarse la utopía de un mundo mejor y más humano.

Está dispuesta a luchar porque entiende que "Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos".

Y ahí radica la verdadera solución de los problemas de un mundo donde lo que prima es la ambición política, cuyos dirigentes buscan desesperadamente mantener ocupado al pueblo con la religión y el fanatismo.

En esas sociedades se legitima y achaca la violencia a la falta de trabajo, a la falta de ideales de la juventud, cuando la realidad es otra bien distinta.

Hay muchos países en los que no hay trabajo, tampoco mucha esperanza, pero sus jóvenes no se meten a terroristas a reventar a personas, a niños que juegan en un parque, a trabajadores que se dirigen a su trabajo, a padres de familia o jóvenes que desaparecen desmembrados en un túnel, ante los ojos atónitos del resto de quienes los acompañan.

La raíz del problema tiene que ver con el yihadismo, el radicalismo y el fundamentalismo y eso no se puede arreglar, salvo que se empiece a reeducar a todos aquellos que por su fe están convencidos de que la única solución para arreglar el mundo, en vez del saber y del conocimiento, es la religión, interpretada como un medio para conseguir un paraíso, sustentado sobre los cadáveres de todos aquellos que no defiendan las mismas ideas. A eso lo llaman paradójicamente, guerra santa. No parece creíble que ningún dios pueda justificar ninguna guerra.

Así no será posible llegar a ser, porque eternamente seguirá soplando el viento de la adversidad sobre la faz de la tierra.

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