Miedos

El temor histórico que nos legó la Biblia, el que hay que tener a un Dios feroz y vengativo, lo hemos sustituido por otros más terrenales

25.03.2016 | 00:18
Miedos

He conocido en California personas inteligentes y sensatas que viven a cien kilómetros de México y aseguran que jamás han ido allí porque es un país peligroso. Por miedo, vamos. El miedo forma parte de ser de nuestras sociedades; miedo a las personas, miedo a los animales, miedo al tiempo, al huracán y a los temporales de nieve, miedo a los coches, las motos y los aviones. El temor histórico que nos legó la Biblia, el que hay que tener a un Dios feroz y vengativo, lo hemos sustituido por otros más terrenales, pero en realidad la justificación es la misma: se teme todo aquello que nos resulta ajeno, extraño y, por tanto, peligroso. Que sea así forma parte de la naturaleza humana, supongo.

Pero a la vez que abundan los miedos al peligro ajeno nos creamos peligros propios a la medida, con atracciones de parque de feria que consisten en forzar el vértigo y deportes que buscan eso, desatar el terror. Se diría que a medida que nuestra vida cotidiana se ve más segura hay que buscar el peligro que desaparece. Salvo si somos indigentes, no nos moriremos ni de frío ni de hambre, nuestros hospitales nos garantizan una atención modélica y todos sabemos a qué lugares de la ciudad no hay que ir. Será eso lo que lleva a la moda del "puenting", digo yo, o a aventurarse por un barranco sin saber cómo hay que hacerlo. Pues bien, estamos de enhorabuena: los miedos han vuelto con los últimos de esta semana en Bélgica; los de poco antes en París y aquellos que nadie olvida de los atentados de Madrid, Londres y Nueva York. Pedid y se os concederá, decía el Dios malévolo. Ya ha pasado.

Si en tiempos mis amigos de los Estados Unidos tenían ciertos resquemores para ir a Europa, Madrid, París o Londres les parecían ciudades peligrosas, ahora ya no hay en la práctica lugar alguno seguro. Con el agravante de que la pregunta que está en el aire en la sociedad norteamericana, ¿por qué nos odian?, se extiende ahora a todo el Occidente. La interpretación más simple habla de la reunión de las Azores y la invasión (la segunda) de Irak como mecha que prendió el fuego, pero caben pocas dudas acerca de que cualquier otra excusa sirve sin que sirva en realidad de gran cosa. El odio, el fanatismo, la violencia y los suicidios forman parte de esa novedad que se ha instalado entre nosotros y que se llama peligro. Al final resultará que la invención del fuego en los albores de la humanidad no fue suficiente para alejar los riesgos y ahora, con el añadido de la globalización, el miedo se puede volver un valor compartido por todos.

Con alguna diferencia importante. El miedo a viajar y que caigas en las garras de un terrorista existe, pero se antoja, pese a todo, remoto. El miedo a no llegar al día siguiente para cualquiera que viva en lugares como la Siria o la Libia de hoy, por no hablar del Darfur continuo, es de lo más inmediato que existe. Y tal vez nuestros miedos actuales procedan en buena medida de que no supimos entender a tiempo los de los demás.

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