Rejas y yugos

La Corona de Espinas de Coomonte nos enfrenta a la dureza de la vida en el campo

24.03.2016 | 00:02
Coomonte con la Corona de Espinas.

La reja es una pieza fundamental del arado, sin ella no podríamos romper la tierra y abrir el surco. Tiene forma de flecha y termina en punta. El yugo es un instrumento, casi siempre de madera, utilizado para unir dos bueyes o mulas y al que se sujeta la vara de un carro o el timón de un arado. Resulta difícil encontrar una yunta de bueyes uncidos al yugo, arando un barbecho, pero resulta muy fácil encontrar rejas, las llevan los modernos arados, reversibles o no, que utilizan los tractores de hoy.

De rejas está formada la Corona de Espinas, paso compuesto por el escultor Alonso Coomonte, que también es el creador de la Cruz de Yugos. Muy merecido el Barandales de Honor 2016, para este ilustre artista zamorano, nacido en Benavente en 1932.

Tanto las rejas, que son espinas, como los yugos, que forman una cruz, nos enfrentan a la dureza de la vida en el campo, al esfuerzo y a la renuncia, a la asunción de la tarea diaria sin queja ni lamento. El labrador puede sentirse el rey de la creación cuando contempla los trigos bien nacidos, pero se verá como el último y más ruin de los seres cuando la tormenta o la pertinaz sequía, asuela sus cultivos. La falsa coronación que hizo brotar la sangre de la frente de Jesús, nos advierte de presumir, pues nuestra corona, hoy de oro y piedras preciosas, puede trocarse de duras rejas, de punzantes espinas.

Que Coomonte haya utilizado yugos, uncidos entre sí con las correas propias de los bueyes, para formar el símbolo religioso más universal de la humanidad, me parece un hallazgo artístico maravilloso, por más que el escultor la creara hace tres décadas. La cruz identificó a la cristiandad, aunque su uso como representación de lo sagrado, fuera muy anterior a la muerte de Jesús; se utilizó para reproducir diferentes formas de adoración a la naturaleza. Antes de Constantino, en el siglo IV, los cristianos no podían revelar abiertamente su fe, entonces se identificaban con un signo parecido a un pez. El acrónimo de su nombre en griego significa: "Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador". El pez simboliza la verdad que se oculta bajo el agua. De ahí que Pedro, padre de la Iglesia, sea pescador y los apóstoles aparezcan en la Biblia como pescadores de hombres.

La semiótica del signo de la cruz no deja de ser controvertida. Nuestro escultor ha donado quince representaciones de la cruz a la cofradía de La Tercera Caída, diferentes enfoques y motivaciones han inspirado al artista, hasta el punto que a una de ellas la llamó "la cruz feliz". Como vemos, también puede tener un sentido alegre y dichoso, a pesar de que para el hijo de María no fue sino instrumento de tortura y muerte. Al igual que lo era para los condenados por determinadas penas en el Imperio romano. Parece contradictorio que el "madero del tormento", que sirve para dar muerte al líder espiritual, acabara convertido en señal de triunfo, en la marca que identifica su iglesia. Algunas corrientes cristianas cuestionan su utilización aludiendo a su origen pagano precristiano.

Todavía tengo fresco en la memoria el sonido de la carraca, el aire helado del amanecer y el olor a la cera del cirio. Había madrugado para llegar antes que otros chicos a la iglesia de mi pueblo. El primero cogía la cruz y los dos siguientes los cirios. Los demás las carracas. Teníamos viacrucis y siempre se me adelantaba Ramonín; esta vez también, me tocaba cirio, bueno, así calentaba las manos. Cantábamos cada estación y recuerdo haberme interesado por El Cirineo y la Verónica, aquella mujer que limpia el rostro de Jesús. Dos personajes que simbolizan muy bien aquel mundo de hace dos milenios, quizás también el actual. Al pobre Simón, que pasaba por allí, lo obligaron a cargar con una tarea imprevista, ayudar a un reo bastante famoso a llegar al monte Calvario. Asumió con humildad su cometido y fue recompensado por ello. Aquella mujer que enjuagaba el rostro de Jesús arriesgó mucho, se significó limpiando al condenado. No le importó el qué dirán y tuvo a cambio la imagen de Jesucristo grabada en el velo con el que lo limpió. Ayudar a quienes nos necesitan nos hace mejores, la bondad y la comprensión del prójimo deja una huella indeleble.

No puedo entender la Semana Santa ni su iconografía, sino me conecta con el mundo, con las personas que lo habitan y que sufren. Por eso no puedo dejar de pensar en los millones de refugiados que viven en el desamparo. También sufro con las familias que han perdido a sus seres queridos en el accidente de Tarragona o en el atentado terrorista de Bruselas.

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