Crónicas de un paso de cebra

Ejemplo perfecto de vida no imitable

La historia de Maxime Qavtaradze, el monje georgiano que se subió a una montaña en Katshki

23.03.2016 | 00:16
Ejemplo perfecto de vida no imitable

Iba a haber puesto como título de este artículo: El estilita que empezó viviendo en una nevera vieja y acabó encumbrado en un peñasco, pero me pareció que no encerraba el mensaje que quería transmitir y opté por este otro: "Ejemplo perfecto de vida no imitable".

Para ser estilita en principio no se necesitaba nevera, pero sí una peana o columna y cuanto más alta mejor, nombre que viene del griego (stylos) porque a unos monjes cristianos que denominaron estilitas les dio por subirse a ellas a vivir durante largos periodos de su vida para hacer penitencia y oración y sentirse así más cerca de Dios.

Algunos morían allá arriba. Ellos no se acostumbraban a vivir en comunidad y huían de la gente, pero curiosamente muchos fueron visitados por multitudes que les solicitaban ayuda y consejo.

Su origen data del siglo IV y donde proliferaron estas extrañas muestras de ascetismo y santidad de "eremitas del pilar" fue fundamentalmente en tierras de Siria y Antioquía. La cosa duró hasta bien entrado el siglo XV, donde se fue perdiendo dicha práctica, hasta desaparecer casi por completo.

Uno de los más famosos fue Simón el Estilita, vivió en Sicilia por el siglo IV y se dice que fue el inventor del cilicio, que es un cinturón cuya finalidad consiste en provocar dolor en aquel que lo lleva y se lo ponían los susodichos como mortificación espiritual, para combatir las tentaciones mundanas, fundamentalmente las de la carne.

Luis Buñuel hizo un retrato soberbio de los mismos en la película "Simón del desierto", basada en la vida del citado santo, el cual tras superar una existencia de mortificaciones y tentaciones, acabó poseyendo poderes supranormales, entre otros su disolución en el tiempo y el espacio y la bilocación, es decir, podía encontrarse en varios sitios a la vez y en cualquier época, y al final de la cinta lo vemos divirtiéndose, gracias al citado director, en el siglo XX en una de las discotecas más famosas de Nueva York, lo que no fue entendido por la mayor parte del público.

Y un modelo de vida que parecía acabado ha revivido en los tiempos que corren, porque leí hace poco una noticia que me sorprendió, resulta que un monje georgiano de 59 años, Maxime Qavtaradze, se subió a un pilar o torre rocosa natural, originado por la erosión de una montaña en Katshki, de donde baja algunas veces a rezar con su comunidad. El descenso lo realiza por unas poleas, lo que también le vale para que le suban algo de comida. Él mismo ha confesado que en su juventud había sido operador de grúas y que había llevado una vida alocada bebiendo y vendiendo drogas. Acabó en prisión y allí decidió cambiar el curso de su existencia.

A él le gustaba ir a las montañas y se dio cuenta que en aquel lugar la tierra parecía encontrarse con el cielo. Sabía las historias de la vida de los monjes eremitas que habían vivido allí y nunca pensó que acabaría convirtiéndose en monje él también.

Un día, hace más de 20 años, movido por la curiosidad, la fe o la vocación, se hizo monje y decidió ascender a la cima por una pared vertical con una escala. Al llegar descubrió un monasterio derruido y aquella noche se metió en una nevera vieja para preservarse del frío y así siguió haciéndolo 2 años más y al cabo de 13 acabó un pequeño refugio, ayudado por un grupo de seguidores.

Allí arriba parece que ha encontrado el sentido de la vida y la solución a sus problemas y ha hecho posible la máxima del poeta ucraniano Oleh Oljytch, cuando en su libro "El sol de la gloria", afirmaba que "La única fe que puede vencer es la que no se detiene ante los sacrificios".

Esto, que nos parecerá un perfecto ejemplo de vida no imitable, sería aplicable a la mayoría de los políticos que nos rodean y podría convertirse en una forma imaginativa para practicar la búsqueda de soluciones, antes de llegar a ser dirigentes de la cosa pública.

Tal vez así serían capaces de arreglar las dificultades que se le presentan a la gente corriente, cuyos destinos han de dirigir, solo tendrían que subirse a una columna o a lo alto de un picacho rocoso y quedarse allí curtiéndose unos cuantos meses o años, que eso no nos incumbe al resto de los ciudadanos, dentro de una nevera vieja, comiendo pan y agua y sin cobrar los sueldos y prebendas a los que están acostumbrados, hasta que dieran con los medios necesarios para acabar con los follones que ellos mismos nos crean. Seguro que rápidamente pondrían sus 5 sentidos en ello y en menos que canta un gallo se haría la luz en sus cabezas y así posiblemente acabarían de alguna manera con tanta incertidumbre y desgobierno.

Pero para ello han de ser expertos estilitas y tener fe en lo que hacen y eso es imposible, porque pesa más que lo que sienten, todo lo que ansían, encubren y esconden.

De todas formas, llevamos meses sin que nadie gobierne y esto no va tan mal. Eso nos hace pensar que ¿para qué los necesitamos a estas "alturas"?

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