La columna del lector

Con inmensa gratitud

18.03.2016 | 00:30

Se ha escrito mucho últimamente, con motivo del fallecimiento de don José Luis Gutiérrez. Se ha escrito acerca de su trayectoria de vida, como sacerdote, como profesor y como ideólogo, pensador e intelectual brillante; reconocido por todos.

Por eso yo no voy a abundar en esos aspectos.

Mis palabras, dedicadas a don José en la víspera del día de su santo, se referirán más bien al terreno de los sentimientos que nacieron y ahondaron en el alma de una niña. De una niña cuya infancia transcurría en el pueblo de Muga, en aquellos años en los que don José llegó y se instaló entre nosotros.

En un pueblo surcado y configurado por calles bordeadas de casas de piedra desnuda. Polvorientas en verano y embarradas en invierno. Sumidas durante la noche en aquella oscuridad, rasgada apenas por la luz tenue de alguna bombilla que no lograba ahuyentar el miedo que se apoderaba de nosotros, los niños. Pero, sobre todo, el pueblo de Muga era, como tantos otros, un pueblo gris, alejado física y socialmente del mundo de las oportunidades a las que solo podían acceder las familias "con posibles", como se decía entonces.

Para los demás, la escuela, que regentaban "nuestros entrañables maestros", era la única puerta abierta al saber y la cultura, que se cerraba demasiado pronto para aquellos niños cuyo único quehacer sería, al salir de allí, errar por los caminos detrás de algunas vacas o un puñado de ovejas.

Y es entonces cuando llegó allí, por circunstancias que ahora poco importan, un hombre brillante (intelectualmente hablando) y extremadamente generoso en la manera de entender su propia existencia.

Él tuvo la sensibilidad necesaria para detener la pérdida de inteligencias y capacidades que sufrían aquellas familias por el simple hecho de ser pobres. Él descendió al nivel de aquella pobreza, se identificó con ella y se dedicó a abrir las puertas que, hasta ese momento, permanecían selladas para las gentes sencillas que eran nuestros padres.

La forma en que lo hizo es conocida por todos.

A partir de entonces, aquellos niños que solo habíamos conocido muñecas de trapo y camiones de madera, tuvimos acceso a "casi todo": materiales de estudio y libros de lectura, álbumes de cromos y juegos de mesa, instrumentos musicales y películas de Walt Disney. Columpios y patines y la posibilidad de educar la voz y convertirnos en "El coro de niños pastores de Muga de Sayago". Y por encima de todo, adquirimos un alto nivel de preparación académica que nos ha llevado a ser quienes hoy somos en lo profesional, sin olvidar la raigambre de nuestra formación humana y religiosa que nos acompañará siempre.

Él quiso y pudo hacerlo, aunque siempre repetía que no, que era Dios quien obraba a través de su humilde persona. ¿Que tenía limitaciones? Alguna. Como todos. Pero las hemos olvidado. Porque sí, porque queremos.

Para mi padre (en quien pienso cuando escribo) y en sus propias palabras: "Este hombre era un santo". Yo lo suscribo. A él le brindo y le dedico estas reflexiones. Y mi grato recuerdo también para aquellos maestros que tampoco están aquí, por lo que colaboraron en esta obra, dejando tras de sí una huella imborrable en nuestros corazones infantiles.

Milagros Arroyo Pérez

(Muga de Sayago, 1951)

(Maestra jubilada. Fue una de las primeras alumnas de don José Luis Gutiérrez en los años fundacionales del colegio de Muga de Sayago, entre los años 1960 y 1968. De familia muy humilde, gracias a la obra del sacerdote, Milagros terminó Magisterio, aprobó pronto las oposiciones y pudo empezar a ejercer con apenas veinte años. Ha desarrollado su vida profesional en Valencia, Madrid, el País Vasco y la provincia de Valladolid.

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