Domingo 6, IV de Cuaresma

El abrazo

06.03.2016 | 00:30
El abrazo

El evangelio de este domingo sobre la parábola del Padre Misericordioso debe servirte, querido lector, para oxigenarte, descubriendo en ella que lo que proponía el Señor a la sociedad de la época puede servirnos para la nuestra, que, como aquella, está dividida. Antaño se decía en clases sociales, hoy en grupos políticos o similares. Eso sí, hay que volverse al evangelio, liberándose de la versión oficial que se nos ha transmitido, deformadora, con frecuencia, de la verdad evangélica; unas veces por hacerle decir al evangelio lo que no dice, otras por no referir todo lo que narra, sino solo una parte.

Jesús la pronuncia para responder a las críticas que los fariseos y letrados, oficialmente justos, le hacían sobre su convivencia sin escrúpulos con gente de mala fama, recaudadores y descreídos.

"El hijo mayor estaba en el campo. A la vuelta, cerca ya de la casa, oyó la música y el baile; llamó a uno de los mozos y le preguntó qué pasaba. El hijo mayor se indignó ante la fiesta que había preparado el padre para su hermano y se negó a entrar, pero el padre salió e intentó persuadirlo. El hijo replicó: Mira, a mí en tantos años como te sirvo sin desobedecer una orden tuya, jamás me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, matas para él el ternero cebado. El padre le respondió: ¡Hijo mío, si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo! Había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo se había muerto y ha vuelto a vivir, se había perdido y se le ha encontrado".

Magnífica lección de padre. Triste -pero real- historia. Siempre hay alguien que no está dispuesto a perdonar, que distorsiona la familia humana, que hace de la fiesta un conflicto; de la sociedad, una pugna fratricida. Personas que, como los fariseos y letrados, representados en el hermano mayor, se cierran al diálogo con los "oficialmente perversos, pero arrepentidos". Por esos derroteros, la familia humana se autodestruye. Solo el olvido y el perdón hacen de la vida una fiesta, borrón y cuenta nueva de un pasado de división y lejanía. Es el único camino posible para la reconstrucción de la fraternidad.

En la parábola el protagonista no es el universal hijo pródigo, sino el padre bueno. Sin embargo en nuestras versiones de creyentes acomodaticios, a menudo interesados, el personaje principal, que copa cámaras, focos y micrófonos, es el hijo que peca y se arrepiente... ¿nos suena? Fíjate en el abrazo del Padre y no en las hipocresías o justificaciones que nos bloquean o paralizan la vida.

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