La miseria de la Economía

Cualquier partido se hace primero con un titulado por Universidad extranjera, de oscuro lenguaje y consejos taumatúrgicos

03.03.2016 | 00:35

Así como la Historia no equivale a las historias, la Economía no es lo mismo que "hacer economías" o "un precio muy económico". Con buen aviso, Pedro Schwartz propone que se diga "Económica" para la ciencia que trata de los asuntos económicos. Aun añadiríamos otro neologismo, "Economística", para indicar la mística al servicio del poder. Los teólogos de otros tiempos justificaban la potestad de los reyes. El equivalente actual sería la misma labor por parte de los economistas. Cualquier partido político que se precie lo primero que hace es buscarse un economista como asesor. Se prefiere que haya pasado por alguna Universidad extranjera. Sus consejos son taumatúrgicos, su lenguaje oscuro.

Los últimos premios Nobel de Economía se caracterizan por introducir factores no económicos en sus fórmulas y razonamientos. Así aumenta el misterio. Siempre se podrá argüir que la Economía es una ciencia cuantitativa, con un objeto propio y unas mediciones típicas. Pero caben muchas cautelas respecto a que el homo economicus vaya a actuar siempre de modo racional en la persecución del máximo beneficio.

Respecto a la capacidad cuantitativa de la Económica habría mucho que decir. Resulta sobremanera ingenuo suponer que medimos con precisión el PIB, y que su tasa de incremento destaca unas décimas más o menos respecto al trimestre anterior. Es grande y creciente la parte inmedible: la relacionada con las actividades opacas al Fisco. Por lo mismo me parece ingenua la confianza que se pone en precisar el número exacto de ocupados o de parados. Siempre se sobreestima el desempleo por la incidencia de la llamada "economía sumergida".

Hay otras mediciones que se consideran precisas, como el valor del consumo interno o de las exportaciones. Pero en un país como España, con más turistas extranjeros que habitantes, no hay forma de deslindar los dos conceptos dichos. Puede que el rubro más interesante de la exportación sea lo que gastan los turistas extranjeros en España. No hay forma de saberlo. Otro dato desconocido sería el gasto de los turistas españoles en otros países, una forma oculta de importación.

Otra ilusión estadística es el minucioso registro de los índices de precios al consumo. De ellos se deriva el concepto de inflación. Los precios se pueden medir bien, pero las necesidades resultan oscilantes. Hoy son necesarios muchos bienes y servicios que antes no existían o solo eran de lujo. Por ejemplo, la informática doméstica, las vacaciones, el regalo del cuerpo. Puede, incluso, que bajen de precio a corto plazo, pero más gente necesita más unidades de esos bienes y servicios. Por tanto, la evolución de los precios se convierte en un dato irrelevante.

La idea de una "inflación próxima a cero" puede ser errónea cuando lo que se expande es el abanico de necesidades. De ahí que los contribuyentes consideren que hay "carestía" de la vida, a pesar de que los precios no suban. La misma sensación se produce con los empleos "precarios". Tales nociones son subjetivas pero reales. Puede haber una "inflación latente" (sensación de que mi dinero vale menos), aunque los índices de precios no lo indiquen.

Más grave es la creencia de que "el Gobierno crea puestos de trabajo". Cierto es que los expertos más instruidos corrigen esa letanía al asegurar que son los empresarios quienes crean empleos. Las dos suposiciones son falsas. Los gobiernos todo lo más que pueden hacer es contratar a más gente, pero esa acción no suele aumentar la productividad. Cada uno de los empresarios lo que hace es emplear el menor número de trabajadores para una cantidad dada de recursos de capital y de organización. Ahí reside el verdadero avance de la productividad. El número de ocupados aumenta cuando la sociedad toda se dispone a trabajar con ganas.

En una situación como la actual de España, la expansión del gasto público contribuye a agravar el infortunio material de la población. Es una consecuencia de la ley de los rendimientos decrecientes. Funciona, además, la ley de hierro de la oligarquía, por la que, a más gasto público, más derroche y más corrupción. Prácticamente todos los partidos políticos se hallan acordes en hacer administrar el gasto público, disfrazado hipócritamente de "gastos sociales". Así nos va. Transitamos hacia posturas políticas de "necrofilia ideológica", como nos diría Moisés Naím.

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