La casa de mi sueño

El deseo truncado de haber ejercido como profesor en la Escuela Universitaria de Granada

16.02.2016 | 00:10
La casa de mi sueño

Llegué a Granada, por primera vez, el 8 de septiembre de 1956. El objeto de mi visita era comprobar la norma pedagógica de las Escuelas del Ave María. Mi permanencia en Granada fue muy corta aquella vez. Sin embargo, tuve tiempo de cumplir mi cometido, viendo el funcionamiento de las escuelas modélicas. Y me sobró tiempo para visitar lo que me pareció más destacado entre lo mucho que posee la ciudad: La Alhambra, El Generalife, el Albaicín, las tumbas de los Reyes Católicos y las restantes de la cripta en la Catedral, el Zoco, la Aljafería? Unido todo al ambiente que se respiraba, inspiraron en mí la decisión de "no morirme sin volver a Granada" y situar tal ciudad en el primer lugar de mis preferencias para fijar mi residencia. Y volví muchas veces desde el día 30 de noviembre de 1965.

La idea de residir allí me ha perseguido toda la vida y es tan conocida por mis amigos que una compañera del segundo instituto de Móstoles, el primer año que estuvimos allí, en un viaje que hizo a Andalucía me envió una postal desde Granada diciendo: "Desde esta ciudad tan "soñada" por ti (está muy clara la alusión a la canción del mejicano Agustín Lara)?". Y así es la verdad, por lo menos desde la noche pasada, lo de "soñada".

Imagínese el lector mi alegría del año 1980. En el Concurso para cubrir plazas de catedráticos de Escuelas Universitarias del Profesorado de EGB solicité: en primer lugar Madrid -como casi todos- y en segundo las dos plazas de Granada. Retiraron del concurso la plaza de Madrid, atribuida previamente al algún privilegiado; y me concedieron una de las dos plazas de Granada. Podría, pues, fijar mi residencia en Granada para toda la vida. Pero "¡qué poco dura la alegría en casa de los pobres!". Entre los cientos de cartas que llegaron al instituto solicitando una plaza de profesor llegó una, con un sobre raro, pero que podía ser una de tantas. Pero no era así. Era un anónimo, dirigido a mí personalmente, en el que nos amenazaban "con mucha contundencia" a mí y a mi familia, si accedía a la cátedra que me habían concedido. Si hubiera sido una amenaza a mí solo, seguramente ni le hubiera hecho caso, puesto que en ninguno de los sitios donde había estado había tenido a nadie que deseara eliminarme físicamente, aunque sí se me había eliminado como estudiante en la Universidad Pontificia de Salamanca. Pero el asunto se presentaba mucho más grave. Leída la carta a mi esposa, su respuesta fue la esperada: "Por mí, sabes, José Luis, que voy muy gustosa donde tú decidas; pero tenemos una hija de pocos años; y si le ocurre algo a la niña figúrate cuál es nuestra responsabilidad". Ante esta respuesta, tan cargada de razón, decidí tomar posesión el día señalado y, en el mismo acto, haciendo uso de que se nos concedía elegir entre ocupar la plaza solicitada o permanecer en el instituto donde estábamos, solicitar excedencia en la Escuela Universitaria y seguir en el Instituto Manuel de Falla de Móstoles.

Así lo hice, con tal dolor de mi corazón que, en lugar de haber recorrido Granada -como hacía siempre que tenía ocasión- quedé, sentado, en el parque que existe frente a la Normal, desde las cinco de la tarde hasta las once de la noche que salía el tren para Madrid. Me concedieron la excedencia. Entrado el curso, o hacia el final del mismo, solicité de nuevo la plaza y se me denegó, primero por la decisión del Claustro de Profesores de la Escuela y, después de mi recurso, por el rector de la Universidad de Granada. Mi sueño quedó truncado.

Ayer recibí una invitación de un amigo granadino tan sincera que, influido por ella sin duda, la noche pasada tuve un sueño en el que recorrí Granada durante unos días; pero no la Granada de ahora, sino una Granada medieval. Y cuando ya me iba, bordeando la ciudad por el norte, me hizo estacionar el automóvil una casa especial, cuya construcción llamó poderosamente mi atención. Entré en ella y me encontré con dos amplias estancias, destinadas a lavadero y cocina; y paralelo a ellas y por detrás de las mismas, un vestíbulo enorme. Pregunté cómo era así a una señora, que parecía "criada vieja". Me dijo: el señor que ha mandado hacer esta casa ordenó que se hiciera así, para que sea muy "fresquita" en el verano, cuando pasa aquí sus vacaciones. Y, muy apegado a las costumbres de esta comarca, quiere que, cuando lo traigan a Granada para su último reposo, este vestíbulo sirva como estancia para todos los amigos que asistan a su velatorio. Con la imagen de esa casa me desperté hoy por la mañana.

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