El excesivo afán de igualdad

Conseguir que todos tengamos los mismos derechos no tiene por qué entrañar el gasto de un Ministerio

12.02.2016 | 23:57
El excesivo afán de igualdad

Entre las novedades pregonadas como proyectos por el posible nuevo Gobierno de España se encuentra, según noticias, crear un Ministerio de Igualdad. En el mismo diario se encuentra la denuncia de que las jóvenes se exceden en el uso de alcohol y sedantes con relación a los chicos. Son dos noticias muy importantes con relación a la sociedad actual.

No voy a entrar en la valoración del anuncio sobre el nuevo Ministerio. Podría ser algo parecido a eso de "vender la piel del oso antes de cazarlo". El hecho de que su majestad el rey, llevado, sin duda, por lo que resultaba de la consulta a los distintos representantes de los partidos políticos, designara al candidato del PSOE para que pretendiera la Investidura de presidente del Gobierno, dejando a un lado la voluntad mayoritaria del pueblo en las elecciones del 20 de diciembre, no puede, en mi opinión, autorizar al designado y sus partidarios a obrar y proyectar como si esa Investidura ya se hubiera realizado. Hasta el momento, la realidad es que los cuatro candidatos que obtuvieron mayor número de votos cuentan con 123, 90, 60 y 40 escaños respectivamente; las esperanzas de sumar más representantes en el Congreso son algo todavía no computable. Mi opinión, de siempre, es que las coaliciones debían ofrecerse al pueblo antes de la votación y que de ninguna manera se permitieran coaliciones posteriores a las elecciones. Si yo, ciudadano, he votado a un partido, no quiero que, por coalición, me gobierne otro partido. Admito que, habiendo votado a un candidato que no consiguió mayoría, me gobierne otro que sí la consiguió; pero ese es el juego justo de la democracia. Otras cosas que ocurren son un desprecio a la democracia: no es el pueblo el que gobierna, sino que deciden unos gerifaltes; no deja de ser una especie de "dictadura camuflada". Y, para dictadura, ya hemos experimentado bastante. Quiero fijarme, solo, en lo referente a igualdad.

La naturaleza impone unas normas inmutables. Y esas normas limitan las modificaciones que los hombres queramos introducir. En una sociedad, por ejemplo, podemos establecer que "todos seamos iguales ante la Ley"; pero no podemos decidir que todos seamos completamente iguales. Tenemos que admitir, en la vida, la entrada de "la proporción" y la vigencia de ciertas desigualdades. No se puede pretender que, para ciertos deportes, sea igual una persona que mide 1,60 que quien mide 1,80; ni admitimos igualdad, en otro orden de cosas, que tenga igual valor la opinión de un mentecato que la de una persona de reconocida inteligencia superior. En la vida ordinaria, al decidir sobre alimentos, no consideramos igual de válido un alimento determinado para un adulto sano que para un niño de pocos años, o un adulto enfermo del estómago.

Esto tiene que ver bastante con la segunda noticia apuntada. El alcohol y otros productos no son igual de recomendables para la naturaleza femenina que para la masculina. De ahí que, consumidos en la misma cantidad, perjudiquen a la mujer, mientras que no causan en el hombre tanto perjuicio apreciable al momento. No quiero decir, ni mucho menos, que el alcohol y las drogas (por ejemplo) no sean perjudiciales para el hombre. Todo lleva su perjuicio; pero no es igual el momento en que se advierte tal perjuicio; ni siquiera puede admitirse que no sean de mayor entidad las consecuencias en el hombre que en la mujer.

El asunto igualdad ha tenido tanta importancia que, desde hace mucho tiempo, se habla como un desiderátum -y un desiderátum exigible- entre el hombre y la mujer. Debe intentarse en casi todos los órdenes y, afortunadamente, se ha conseguido bastante, aunque no suficiente, en cuestión de derechos y obligaciones. Pero, admitida esta necesidad, parece, tal vez, excesivo crear un Ministerio para tal cometido; ni para otros, como -por ejemplo- la igualdad entre ricos y pobres (si no hay ricos, los pobres no podrán trabajar, para recibir un salario; si no hay pobres, el rico no tendrá quien lo sirva); ni tal igualdad en inteligencia que todos podamos desempeñar todos los empleos en la sociedad. Y, ciertamente, para una justa igualdad, tal vez no sea recomendable la introducción de los gastos impresionantes que lleva consigo un nuevo Ministerio.

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