Gorgorito y Rosalinda

La polémica sobre el espectáculo de Madrid no deja títere con cabeza

12.02.2016 | 00:14
Gorgorito y Rosalinda

De la infancia recuerdo a Don Nicanor Tocando el Tambor (un pequeño muñeco que, adherido a una silbato, tenía un tambor que mediante una cuerda y soplando permitía que tocara a la vez flauta y el tamboril).

También recuerdo, y mucho, hasta el punto de que considero tuvieron una gran influencia en mis métodos oratorios, a los charlatanes. (De ellos aprendí que si no sorprendes o mantienes la intriga, se te va el público).

Y por último es recuerdo de la época el guiñol, que el vulgo y por tanto los niños llamábamos marionetas.

Las marionetas tenían una misión única, la de divertir al público infantil. Y dentro de esa línea todas las representaciones eran más o menos iguales.

Gorgorito y Rosalinda, que eran los dos niños protagonistas, vivían siempre una aventura consistente en que un monstruo, ogro o animal, perseguía a Rosalinda, que a su vez era defendida por su admirador, Gorgorito.

Las marionetas fueron pioneras en el invento de la función interactiva, pues continuamente se le preguntaba a la chiquillada: "¿Dónde está el lobo?". Contestando esta histérica perdida. "Ahí-Ahí-Ahí. Detrás".

"¿Ya se ha ido?". "No, no, no, no, detrás, detrás..."; gritábamos desesperados ante el peligro que corrían nuestros héroes.

En Galicia, la función acababa con un "Morreu o toro, acabouse la peseta" (es decir nos decían: Muerto el toro, se acabó la función, que había costado una peseta).

Medio siglo después parece que el guiñol ha evolucionado tratando de divertir también a los adultos. Para ello unos titiriteros han montado una obrita en la que predican contra el Estado por ser opresor, y por tanto contra sus estamentos.

Al parecer la bruja (el pueblo) es perseguida (lo fueron en la edad media con hoguera y todo). La religión (la monja) es un pilar del régimen. Y la policía y el juez, en la medida en que ejecutan las leyes y las órdenes de los poderosos, son los malos de la película. Siendo el personaje del rico el símbolo de la propiedad privada, causa de todos los males, y quien tiene problemas con la bruja.

Lo que en Gorgorito y Rosalinda se resolvía a garrotazo limpio aquí parece que se solventaba a cuchillada sangrienta. No he visto la obra, pero en principio sospecho que su pecado único es ser aburrida.

Pero el Ayuntamiento de Madrid, sin querer, hizo que se hiciera la función al aire libre, lo que siendo carnaval y tratándose de un guiñol la gente interpretó lógicamente como "programación infantil".

A partir de eso (dadme un punto de apoyo y me cargaré a Podemos) a los titiriteros se les ha acusado:

1.- De Apología del Terrorismo porque en la obrilla salía un cartel que ponía: "Gora Alka ETA".

Pues bien, si el público era infantil no hubo apología de nada, porque los niños de Madrid (aunque sean los de la capital) no saben qué quiere decir "gora", y menos "alka" (que no lo sabe nadie), y sobre qué es ETA nada saben pues se rindió (a la evidencia) antes de que ellos nacieran. Además, de haber habido enaltecimiento del terrorismo, también serían culpables todos los medios informativos, que han reproducido el cartel hasta la saciedad, de manera tal que los etarras más acérrimos, si aún quedan, estarán felices de tan impresionante y gratuita "pegada de carteles".

2.- Se ha dicho, incluso por defensores de los titiriteros, que la obra es abyecta, cuando lo más y lo peor que se puede decir de ella es que parece aburridilla; siendo eso, por cierto, el peor calificativo para un espectáculo.

3.- Y por último, se acusa a los titiriteros de promover el odio e incitar a la violencia.

Pero si así fuera, que se persiga también, por poner un ejemplo de los millones que hay, al director de cine Quentin Tarantino (que cada vez me gusta más y me preocupa) que en sus películas (por ejemplo en "Django") primero te hace odiar a los malos (por lo violentos que son) para que al final ganen los buenos en una orgía de pólvora, cadáveres y sangre, que te deja muy a gusto y descansado.

Todo igual que cuando el Estado prepara una guerra de verdad, que primero nos cuenta lo odioso que es el enemigo (para que lo odiemos) y luego nos invita a ir a por él, a matarlo a domicilio, con familia incluida, por eso de los daños colaterales.

¡Ay! Señor, a este paso no va a quedar títere con cabeza.

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