Domingo 31, IV del tiempo ordinario

Cristo, el gran mago

31.01.2016 | 00:07
Cristo, el gran mago

Hoy encontramos a Jesús en el pueblo donde se había criado desde niño, en Nazaret. Allí sus vecinos, sus parientes, sus amigos, quieren que Jesucristo haga los "trucos de magia" que ha hecho en otros sitios, los milagros. Pero a aquellos nazarenos les falta lo esencial: la fe. Sin fe no puede reconocerse el milagro. Ellos no tenían fe en Jesús. Creían que era una especie de mago o curandero prodigioso, nada más. Y un embaucador. Hablaba muy bien pero a ellos no les interesan sus palabras. Solo les importa el "espectáculo": que haga un "milagro-truco de magia" y los entretenga un rato. Pero Cristo les dice que sin fe no puede reconocerse el milagro, aunque se realice. La fe nos permite saber que en esa situación, en la vida de esa persona, Dios ha intervenido de manera extraordinaria. Jesucristo no les da lo que esperan ellos. No les dice lo que quieren oír, ni hace lo que deseaban que realizara. Jesús, su paisano, su vecino, su pariente, no obedece sus órdenes. Por eso quieren matarlo. Sí, quieren eliminarlo porque no cumple con lo que ellos esperan.

¿Cuál es la reacción de Jesucristo? No tiene miedo. No se pliega a sus deseos porque sería absurdo y contrario a su misión y a su identidad propia. No es un mago, no es un genio de la lámpara sometido a cumplir sus deseos, del tipo que sean. Y aunque entra en una situación comprometida y peligrosa, no cede para contentarlos. Él tiene que transmitir la verdad de Dios, aunque no la acepten, aunque no quieran saber nada. Porque en ese mensaje de Cristo está la salvación para toda la humanidad, para ti y para mí. Es totalmente coherente con el encargo que ha recibido de Dios Padre. No cambia nada, no altera nada esencial y propio del contenido del Evangelio. Aunque no sea acogido, aunque le traiga problemas y lo ponga en peligro. Es totalmente fiel a Dios Padre.

Muchas veces, hay numerosos nazarenos entre nosotros. Tú y yo lo somos también. Queremos que Cristo, que la fe, que el papa o que la Iglesia esté a nuestras órdenes, a nuestro servicio. Que digan lo que nos justifica, que hagan lo que nos interesa, lo que pensamos que nos conviene más. ¿No quieren que sigan a Cristo las multitudes? Pues actuando así, con coherencia, con fidelidad, con respeto a la voluntad de Dios, pocos los van a seguir. Ya ves que a Cristo no le interesa que lo admiren, que lo quieran mucho, que le den dinero, que lo pongan a gobernar. Nada de esto le importa. Él ha venido a mostrarnos y demostrarnos que Dios nos ama de verdad. Y acoger ese amor de Dios en tu vida, entrar en la Iglesia, comunidad de bautizados, como miembros activos, puede traerte problemas. Nada raro te pasa, ya le sucedió a Cristo. Él está contigo, dándote su fuerza. Déjate amar por Dios. Es impresionante.

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