Mayorías

El resultado de las últimas elecciones refleja la metamorfosis que sacude a España

23.01.2016 | 00:14
Mayorías

Siempre me ha sorprendido nuestro empeño colectivo en querer una cosa y su contraria. A la vez. Decimos detestar las mayorías absolutas, por ejemplo. Pero en cuanto dejan de existir, protestamos por la "inestabilidad", la necesidad de negociar y el resultado de los pactos inevitables. No es algo que ocurra ahora, con la presente situación. Ha ocurrido siempre. Nos llevaban los demonios con las minorías de la UCD de Suárez y su consiguiente necesidad de someterse al PNV y Convergencia. Pero el cabreo no fue menor con las mayorías absolutas consecutivas del PSOE de Felipe González. En esa época era el PP el que clamaba día tras día contras ellas. Después, como se hacía difícil pedir para si mismos algo tan detestable, Aznar se limitaba a suplicar una mayoría "suficiente". Ya ves tú. Las propia gente, el ciudadano de a pie, usted y yo, llevamos fatal lo de las mayorías absolutas. Cuando menos, si las tiene el partido rival. Es lugar común en cada mandato mayoritario oír cosas como:

-Las mayorías absolutas son nefastas.

-Lo mejor es que no gane nadie, para que así se pongan todos de acuerdo y trabajen unidos.

-Hay que cambiar al sistema electoral para todos estén representados y no haya mayorías.

Y llegamos a situaciones como la presente. Hay poca memoria. Porque en el pasado, ya digo, en cuando dejó de haber mayorías absolutas, la gente se rebotó de lo lindo. ¿No recuerdan el rasgado de vestiduras cuando el PSOE pactaba con los del PNV y los de Pujol? ¿Ya han olvidado de la humillación absoluta a la que este último sometió a Aznar en su primer mandato a cambio de sus imprescindibles votos? Y en las calles, en ambas ocasiones, no se oían más que protestas:

-Es nefasto que nadie tenga mayoría y sea el pequeño el que haga lo que le da la gana.

-Es mejor que gane uno solo, sea el que sea, como el Reino Unido, y así nos evitamos este mercadeo.

-Hay que cambiar el sistema electoral para que gobierne el que gane, sin pactos ni mandangas.

¿En qué quedamos? Mamar y morder no puede ser. O defendemos sistemas que lleven a mayorías absolutas, en los que no haya nada que pactar al día siguiente. O defendemos sistemas más justos de representación, en los que se refleje la variedad social aunque ello obligue a complejos pactos de convivencia posterior. Las últimas elecciones han dejado constancia representativa de la metamorfosis que está sufriendo la sociedad española. Ya no bastan dos fuerzas políticas para representar lo que piensan los españoles. Los votos se han repartido entre más. Y ahora viene el momento de hablar y ver cómo negocian y se unen para gobernar el país. ¿Qué tiene eso de negativo? La ausencia de mayorías absolutas equivale a lo que vemos; los que hace nada se daban palos, tienen que sentarse y tratar de llegar a un acuerdo. Tengamos paciencia. Por ahora al menos, todo va según el calendario previsto. Sin retrasos ni rodeos. Otra cosa es que el crispado y crispante mundo del PP, ante la evidencia de que puede carecer de votos suficientes, empiece a desestabilizar, como hace siempre que pierde o teme perder. Bueno, es su problema (y el de la democracia española, que siempre ha padecido el hecho de que uno de sus pilares partidarios venga de donde viene y tenga la sensibilidad que tiene). Pero los demás partidos, ya que tienen capacidad para ello, a dialogar, a negociar y a ver cómo pueden empezar a sacar a la gente de este país del terrible agujero en el que la sucesión de estafas nos ha ido dejando.

Se llama democracia y siempre fue así. Con mayoría absoluta a veces, con necesidad de pactos en otras. Lo que no puede ser es que ni exista una ni se den los otros. Eso aún no se inventó.

P. D.: Y como un rito más del inicio de año en Zamora, llegan los datos de población. En el último año, unos 2.000 zamoranos se esfumaron. No dejamos de encoger, de arrugarnos como una flor mustia o un higo seco. La despoblación es galopante y se nos hace creer que irremediable. Bueno, salvo esos loros que saldrán ahora con sus dos simplezas, a modo de remedios: fijar población e industrializar el campo. Dicen eso y se quedan tan anchos, como si de verdad hubiera dicho algo. Detener la despoblación -no digo ya invertir la tendencia- nunca será tarea de menos de una generación. Y jamás ocurrirá mientras se mantenga el actual y suicida sistema económico. Pero vete y explica eso a la legión de votantes zamoranos del PP. ¡Uf!

(*) Secretario general de Podemos Zamora

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