Mucho teatro en la política y poco pacto

Este año promete con algunas representaciones memorables y todas las localidades agotadas

19.01.2016 | 08:18
Manuel Campo Vidal

Este 2016 promete ser un auténtico escenario teatral en la política y en los juzgados. Empecemos por los tribunales: tomen un periódico de hace unos años, comprueben los personajes con más reconocimiento que protagonizaban las noticias y verán desfilar ahora a buena parte de ellos por los juzgados, con grave riesgo de condena; Jordi Pujol, su esposa Marta Ferrusola y sus hijos, la infanta Cristina de Borbón y su marido Íñaki Urdangarín, Rodrigo Rato, Miguel Blesa, Jaume Matas, Gonzalo Díaz Ferrán y, por supuesto, los recaudadores Bárcenas, Correa y su banderillero el Bigotes, entre otras celebridades. Un reparto excepcional. Agotadas todas las localidades del teatro con una sola esperanza: función prorrogable.

La política, que no se quiere quedar atrás, lleva ya algunas representaciones memorables en lo que va de año. Primero el desenlace inesperado del culebrón catalán con cambio de protagonista principal, entra Puigdemont y sale Artur Mas, con Ada Colau pidiendo a gritos papel. Y a continuación, el enigma español más codiciado: ¿Quién presidirá el Gobierno? ¿Qué partido tendrá esa responsabilidad y con qué aliados? ¿Liquidarán en la función a Mariano Rajoy, como moneda de cambio para algún pacto impensable, y a Pedro Sánchez a manos de sus propios compañeros? El libreto promete y no se adivina el final.

Como la idea del teatro domina, el estreno del año parlamentario ha sido de época. Que tiemblen los estilistas de los Premios Goya. Qué innovación de vestuario, qué caracterizaciones en peluquería, que desaliño como tendencia. Para los periodistas parlamentarios, el ambiente hasta incomoda a los que se esmeran en arreglarse porque la dejadez parece la moda que trata de imponerse. En una representación de ese nivel no podían faltar las frases picantes de Celia Villalobos -"no me importa que lleven raspas si se lavan el pelo, no me vayan a pegar piojos"- y del no va más del nuevo líder parlamentario de Esquerra Republicana, Miguel Rufián, quien asegura que ha ido a Madrid solo por dieciocho meses, los que faltan, a su juicio, para que se proclame la República Catalana. Rufián aseguró en un debate electoral que "la Constitución del 78 la habían redactado unos fascistas", lo que le acredita como el más indocumentado parlamentario. A su lado, su colega de escaño, Joan Tardá, reluce como un exquisito diplomático.

Mención aparte merece el actor invitado, el bebé de Carolina Bescansa, generador de encendidas polémicas. Está bien llevarse el niño al trabajo y ojalá fuera posible para todas las madres trabajadoras. Pero si lo hace y existe una guardería en el Congreso para los hijos de parlamentarios y empleados, su lugar es la cuna o el parque, y no el escaño. El objetivo es la foto, o sea el teatro, porque no había necesidad de obligar a la criatura a tragarse un Pleno de cuatro horas y media.

La semana próxima promete porque se anuncia un desenlace: si Podemos acabará disgregándose en cuatro grupos parlamentarios, cuatro baterías artilleras, o se le negará esa posibilidad con lo que las tensiones internas pueden dispararse. Los valencianos de Compromís pueden juntarse con Izquierda Unida y los gallegos ni se sabe.

De momento solo un gran pacto: el que ha llevado a la presidencia del Congreso al socialista Patxi López con mayoría de populares en la mesa. El arquitecto del acuerdo ha sido Antonio Hernando en sintonía con Albert Rivera, acaso el líder que mejor está gestionando el período postelectoral. Rivera, que tiene las espaldas bien cubiertas en Cataluña con la figura emergente de Inés Arrimadas, puede ser una de las revelaciones de la legislatura a base de combinar iniciativa y flexibilidad. Pero para que todo esto sea posible, para que los pactos avancen y para que se empiece a gobernar en serio, hay que bajar el nivel de teatro que impregna cualquier movimiento. Debe hacerse pronto o el personal, legítimamente, empezará a decir que lo deseable es ser ciudadanos atendidos a los que se resuelven sus problemas en vez de meros espectadores de la función de sus señorías. Por más entretenida que sea.

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