El peligroso juego de las palabras

Mucha gente gusta de participar en ese fatuo entretenimiento de engañarse a sí mismo

13.01.2016 | 09:03
Agustín Ferrero

Uno de los últimos días del año que llegué a contar con alguna neurona más de las habituales aproveché la ocasión para indagar un poco en el sentido de las palabras: de algunas palabras, de aquellas cuya sonoridad me parecía más luminosa, misteriosa o sugestiva. Me valía cualquiera que pudiera encajar en alguno de esos parámetros. De manera que fui buscando en el diccionario aquellas que me gustaban más al ser pronunciadas en voz alta. Después, poco a poco, fui escarbando en su significado, en su uso, en su etimología. De entre las que tenían varias acepciones fui eligiendo aquellas que me parecieron más ocurrentes, o menos usadas, y las fui anotando para que no llegaran a olvidárseme. Pero héteme aquí que, de vez en cuando, mientras me encontraba en ese proceso, me pasó por la cabeza la idea de buscarles un significado diferente al recogido por la RAE, y me entretuve en fantasear en ese juego. Para empezar, decidí que "fantasear" podría significar tomar una "Fanta", y que "hazaña" era el nombre de un presidente de la república (Eso sí, con hache) en lugar de una proeza.

Así dedique un tiempo a amontonar palabras según Dios me iba dando a entender, en un ejercicio tan estúpido como inútil, en un juego tan superfluo como absurdo. Y pensé que, con la misma facilidad con que cualquiera de nosotros puede llegar a jugar con las palabras, también puede hacerlo con la realidad de los acontecimientos, con la profundidad de las ideas o con el relato de la historia. Y eso, sin duda, puede ser peligroso, porque tal recreación puede llegar a alterar valores que venimos adoptando como modelo, como pueden ser la conservación de la amistad, la perseverancia en las propias ideas o el concepto que tenemos sobre determinados principios.

Pero lo cierto es que mucha gente gusta participar en ese fatuo entretenimiento de engañarse a sí mismo, o en su defecto, de tratar de desorientar a los demás, aunque para ello se vean obligados a cambiar el significado no solo de las palabras, sino también de las teorías, o de viejos y conocidos pensamientos. De hecho, día tras día, de manera cuidadosamente planificada, una sinfonía de mensajes subliminales es emitida por un número indeterminado de desaprensivos que hacen lo posible por dar al traste con filosofías que, hasta el momento, se daban por buenas y saludables. En ese desaforado afán por cambiar el rumbo de los acontecimientos, los manipuladores pretenden hacer ver que la amistad no se mide por el afecto, sino por el tamaño de la cuenta corriente; que el amor nada tiene que ver con la química, sino con la física; que la justicia no es la búsqueda de lo justo, sino de lo que de manera injusta se encuentra recogido en las leyes; que lo legal está por encima de lo decoroso; que las instituciones deben estar más cerca de los fines que de los medios, de los intereses partidistas que de los generales.

Tales desafueros van haciendo que se eclipsen significados de centenarios paradigmas y costumbres, o que algunas virtudes como las de la moral, la solidaridad, el respeto o la honradez, se encuentren disputando una loca carrera en pos de un final de contenido incierto. El mundo de las ideas se encuentra tan confuso que cada vez cuesta más salir del laberinto porque, a fuer de ser sinceros, sin apenas darnos cuenta, hemos ido desechando cánones o preceptos, como por ejemplo aquel de que "lo falso, por mucho que crezca en poderío, nunca podrá elevarse a la verdad" sustituyéndolo por el de "una mentira repetida muchas veces llega a convertirse en verdad".

Pues eso, que resulta peligroso tomarse a la ligera eso de jugar con el significado de las palabras, y mucho más aún con el de las ideas, porque lo que empieza como un juego puede llegar a convertirse en una bomba de relojería. De manera que en el comienzo de un nuevo año haremos votos para tratar de huir de esa inquina que, de manera gratuita, pretenden imponernos; haremos lo posible por no dejarnos llevar de la moda de jugar a degradar lo que nos rodea; trataremos de huir de aquellos administradores que llevan mal la gestión de las cuentas públicas; nos revelaremos contra los que imparten justicia con muchos papeles y poco sentido común; castigaremos a los que cierran los presupuestos pensando más en las comisiones que en los intereses de los ciudadanos.

Porque con el final del año y el comienzo de otro nuevo es menester plantearse abandonar la cómoda postura de pusilánime; dejar de creer en los moralistas que se jactan de presumir de la vanidad de la virtud; entender el peligro que encierra ensalzar a los egocéntricos que no se recatan en mostrar su ansia indomable de protagonismo. Claro que todas esas cosas no son más que deseos y promesas para el difícil tiempo que nos espera a la vuelta de la esquina.

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