La columna del lector

Carta abierta a una generación

07.01.2016 | 00:14

Hace exactamente 49 años, El Correo de Zamora publicó la carta abierta a los jóvenes que me permito transcribir.

Ocurre que al leerla de nuevo me da la impresión de que muchas de las ideas y valores sugeridos entonces son tan útiles como valiosos en nuestros complicados días.

Por eso me permito reproducirla.

CARTA ABIERTA A UNA GENERACIÓN.

En el transcurso del año que ahora concluye un tema inagotable: la juventud.

En las conversaciones, las tertulias, los escritos, las críticas o las alabanzas, una serie de ideas; casi siempre las mismas. Palabras e ideas que hoy analizaré para dirigirme a vosotros, vuestra generación, en esa forma de diálogo incompleto que es la carta abierta.

Absurdo

Se os repite por unos y otros que el mundo de nuestros días es absurdo. Una hipótesis es absurda cuando se opone a la razón. Una ley es absurda cuando es contraria al sentido común. Pero lo que es realmente absurdo es... ¡¡que todo sea absurdo!! El mundo es como es. No depende ni de la razón ni del sentido común.

Se os ha dicho una y otra vez que el hombre vive en la cima de un abismo, y que cuando caiga en la cuenta de ese peligro, todo será vértigo o miedo.

Pero los hombres han vivido constantemente en un mundo de vértigos y a pesar de ello han sabido trabajar, amar, crear...

¿ Por qué dejar vosotros -vuestra época- de imitarlos?

Por lo que se refiere a los "valores morales", estos no han sido inventados de forma gratuita por moralistas trasnochados. Son valores en sí, y sin ellos no podría concebirse ninguna sociedad; me atrevo a añadir: dicha o sosiego alguno.

Necedad

Y sin embargo, por encima de esos valores ¡ hasta donde puede llegar la necedad humana!

Los periódicos británicos han publicado la historia de cierto concierto a cargo de un pianista desconocido. El día de la audición la sala está repleta. El virtuoso se sienta delante de su piano y comienza a tocar, pero las cuerdas se han suprimido, y los martillos del instrumento musical no producen sonido alguno.

Los asistentes se miran unos a otros sin atreverse a protestar. Unos y otros permanecen impasibles; todo el auditorio escucha impaciente, inmóvil. Después de dos horas de silencio el "concierto" concluye.

Y la "interpretación" es acogida con aplausos calurosos. Al día siguiente, en la televisión, el músico silencioso narra su performance y concluye así: "He querido averiguar hasta dónde puede llegar la necedad humana. Y he podido comprobar que no tiene límites"...

Lucidez

Y junto a sucesos como este, alguien os contará que el joven es vanidoso por naturaleza.

No estoy totalmente de acuerdo. Los que se autovanaglorian hasta el extremo de convertirse en agresivos -y ejemplos no nos faltan en nuestros días-, son generalmente aquellos atacados de uno u otro complejo de inferioridad. Intentan afirmarse a sí mismos relatando hazañas, aspirando a puestos que solo existen en su imaginación. Destruyen, faltos de saber construir. No los juzguéis ni demasiado bien... ni demasiado mal tampoco. Distinguid, con el máximo de lucidez posible, el trabajo que conviene a vuestra naturaleza de aquel otro que se encuentra por encima de vuestras fuerzas. Vuestras facultades auténticas se reforzarán con la experiencia o el uso. Tened, ocurra lo que ocurra, confianza en vosotros. Y, sobre todo, no habléis mal de vosotros mismos. ¡¡Podrían creeros!!

Oficio

En lugar de lamentarnos de lo "absurdo" de nuestro mundo, intentemos transformar el pequeño rincón del planeta donde fuimos colocados por el destino. No podemos transformar el universo entero; pero ¿quién es tan estúpido como para pretender o desear cambiar el universo? Nuestro objetivo es mucho más próximo y más sencillo. Se trata de escoger un oficio, conocerlo bien, disfrutar en su ejercicio. Yo, redactando estas líneas. El carpintero puliendo los estantes de mi librería. El agente de tráfico dirigiendo la circulación, o el alcalde administrando la ciudad. Si cada uno acepta el trabajo que domina, todos seremos dichosos en el momento de ejercerlo. Un alcalde activo conseguirá para su pueblo la prosperidad; un sacerdote activo el contento de su parroquia; un buen profesional de la medicina aliviará la salud tanto física como mental de su paciente. Y unos y otros la dicha en su quehacer diario.

Política

En todo partido encontraréis corazones nobles y espíritus innobles. Esta diferenciación me parece más importante que aquella que separa un tanto arbitrariamente socialistas y radicales; democristianos, liberales e independientes. Intentad no convertiros en la pieza movida por y para la maquinaria del clan. La nación es una. La prosperidad de cada uno esta ligada a la prosperidad de todos. Ese es el auténtico sentido de la función política.

Y, ante todo, alejaos del partidario de mala fe que rehusa por principio al examinar las tesis adversas. Es mas fácil excomulgar a los que no piensan como nosotros que intentar refutarlos. ¿Tener inquietudes políticas? Nada más natural. Vuestra vida hará de vosotros hombres conservadores o espíritus rebeldes. Pero lo importante es el poder permanecer capaces de distinguir en nuestro interior lo que es inteligencia o intuición de lo que es prejuicio. Conozco a algunos que son capaces de defender con pasión una medida cuando es defendida por su propio partido, y condenar sin piedad esa misma medida cuando es el aniversario el que la apoya. ¡Cuidado! Ni el fanatismo ni el odio consiguen levantar edificios estables: "No es colocándose en uno de los dos extremos como el hombre alcanza la plenitud, sino tocándolos a la vez y llenando, allanando, el camino intermedio" (Pascal).

Joven y vieja generación

El tema "juventud" parece dominar el espíritu de nuestro tiempo. "La vejez ha perdido actualidad y así continuará a menos que cambie de rostro, de espíritu", se oye por doquier.

Para concluir. Opino que todas las edades de la vida tienen derecho al respeto. Una sociedad sin ancianos respetados, una sociedad sin juventud dorada serían -tanto una como la otra- absurdamente incompletas.

Carta publicada por El Correo de Zamora el 1 de enero de 1967.

Jesús Pertejo

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