Una tarde en el concierto

La felicidad es posible sin haber oído hablar nunca de regiones corticales ni de conexiones neuronales

05.01.2016 | 00:17
Una tarde en el concierto

Fue en este mismo periódico, el 23 de octubre del año 2011. Verónica, joven zamorana, contaba la experiencia de una intervención quirúrgica a la que fue sometida para extirparle un tumor cerebral. "En la operación cantaba", esa era la noticia.

Ha vuelto a ocurrir. Esta vez en un hospital malagueño y el paciente, músico de profesión, tocaba el saxofón durante la cirugía.

Recordé ambos casos hace días, quién lo iba a decir, asistiendo a un concierto.

La interpretación estaba resultando asombrosa. La sinfonía, fantástica. Hacia mitad de la obra, el oboe del segundo movimiento y el violín solista sedujeron definitivamente al auditorio. Yo permanecía absorto en mi butaca cuando, de pronto, descubrí que la razón de tanta belleza no radicaba en el virtuosismo aislado de estos dos instrumentos. Era el conjunto de todos ellos, la combinación de cuerdas, metales, maderas y percusión lo que provocaba el prodigio. Fue como una revelación.

De inmediato, pensé en el paciente malagueño. No en vano cualquier tarea mental, por mínima que sea, también requiere un trabajo en equipo y perfecta coordinación.

Ocurre a cada momento. El pensamiento relampaguea en nuestra mente y a continuación desaparece. Surge y se va pero en ese corto espacio de tiempo una complicadísima red de circuitos neuronales ha interactuado en el cerebro.

Sucede así. Sin más. No sabemos nada del proceso. Es un misterio que de una actividad neuronal emerja el pensamiento, sin embargo hace años que la ciencia experimenta en este campo...

Día quince. Octubre, dos mil quince. Hospital Regional Universitario de Málaga. Sala de quirófanos. El equipo, a punto de comenzar. Uno de los cirujanos sitúa una cámara encima del hemisferio cerebral izquierdo, allí donde se localiza el tumor. El paciente, aunque sedado, está despierto. Se trata de controlar su actividad cerebral durante la intervención.

Cada vez que haga sonar una nota con el saxo la cámara captará un ligerísimo cambio en el modo en el que la superficie de su cerebro refleje la luz. Se habrá producido por un aumento del riego sanguíneo y es señal, inequívoca, de actividad en el punto exacto donde se produce.

Pero hay más. No es necesario que el paciente ejecute la respuesta. Con que la piense será suficiente para que se produzca la reacción y el cirujano pueda contemplarla. De esta forma, y si es cierto que "la mente es lo que el cerebro hace", podría decirse algo tan increíble como que la mente está siendo visualizada.

Este avance científico, con ser fascinante, no es más que una mínima parte del rompecabezas. Quizás un día se consiga representar el mapa mental del individuo y las funciones cognitivas se asignen a puntos del cerebro con la precisión de chinchetas que delimitan fronteras en un atlas de papel. No sé. Tal vez.

En cualquier caso, y en tanto llega ese momento, vivamos con pasión. Busquémonos un amante. Hagamos lo imposible por disfrutar el instante.

Al fin y al cabo, la felicidad es posible sin haber oído hablar nunca de regiones corticales ni de conexiones neuronales.

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