Obispo Acuña

Llevado de su espíritu aventurero, armó a 400 soldados a su costa y acudió a la guerra de Navarra

22.12.2015 | 00:23
Obispo Acuña

Antonio Osorio de Acuña, nació en Valladolid, en 1453, era hijo del Obispo de Segovia don Luis Osorio de Acuña y de doña Aldonza de Guzmán. A muy temprana edad ingresó en la orden de Calatrava, donde recibió formación eclesiástica hasta que en 1482 se desplazó a Roma. Dado su carácter violento y pendenciero promovió numerosos incidentes y creó un gran número de conflictos por lo que fue excomulgado.

Regresa en 1492 a España y es nombrado capellán de los Reyes Católicos. En años sucesivos se ve envuelto en varios escándalos, hasta que da comienzo a sus actividades en pro de la defensa del acceso al trono para Felipe el Hermoso, en contra de Fernando el Católico.

El 1506 es nombrado obispo de Zamora por el papa Julio II y enseguida comenzaron los conflictos. Excomulgó al Cabildo y al Concejo y dotó de armas a los clérigos.

El Consejo provisional de la Regencia, enterado de los sucesos en Zamora, anuló las excomuniones mandando a todos que no tuviesen por tal prelado a don Antonio Acuña y encargando al alcaide de Corte don Rodrigo Ronquillo que viniera a la ciudad de Zamora e hiciese la justicia procedente. Pero las cosas resultaron al contrario de lo previsto, porque el obispo Acuña prendió fuego a la casa donde se hospedaba el magistrado, hizo preso a él y a los alguaciles y los mandó encerrar en la fortaleza de Fermoselle.

Vino una compañía de jinetes al mando de don Fernando de Bobadilla a intentar resolver el conflicto, resultando que el obispo les salió al encuentro en Venialbo, les quitó armas y caballos y los dejó desnudos para mayor bochorno.

Logró el revoltoso Acuña afirmar su puesto de obispo en Zamora a pesar de los ataques militares que contra él se realizaron, hasta que el rey don Fernando retiró las tropas para atender a otros conflictos más preferentes; lo que le pareció al indómito prelado que había triunfado y se animó para preparar nuevas tropelías.

Llevado de su carácter aventurero, armó 400 soldados a su costas y al frente de ellos se presentó en la guerra que había en Navarra en el año 1512.

En 1520, después de la muerte de don Fernando el Católico, comienzan los disturbios de las Comunidades en contra del rey Carlos I. En Zamora la rebelión comienza con Pedro Laso en el convento de San Francisco, y Acuña, presa de su ardiente temperamento pendenciero, se declaró también comunero llegando a representar al sector más radical del bando comunero. Levantó en armas a los campesinos que estaban deseando sacudirse como fuera el hambre y la miseria; arrasó fortalezas y villas, prometiendo el acceso a la propiedad a todos aquellos que estaban sometidos a vasallaje.

Después del desastre comunero de Villalar, el 23 de abril de 1521, el obispo Acuña cayó en desgracia. Detenido el prelado por el alcaide Ronquillo, fue conducido el 24 de mayo de 1521 a la prisión del Castillo de Navarrete y al año siguiente al de Simancas, de donde intentó escapar el 25 de febrero de 1526 asesinando al alcaide del Castillo, Mendo de Noguerol.

El 24 de marzo de aquel mismo año, por orden expresa de Carlos V, fue ajusticiado por medio de garrote vil que ejecutó el verdugo Bartolomé de Zaratán, mientras el propio obispo recitaba los salmos del Miserere con voz firme.

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