Domingo 13, III de Adviento

¿Somos capaces de compartir? ¿Qué podemos hacer?

13.12.2015 | 00:39
¿Somos capaces de compartir? ¿Qué podemos hacer?

Juan el Bautista proclamaba en voz alta lo que sentían muchos en aquel momento: hay que cambiar, no se puede seguir así, hemos de volver a Dios. Señala lo que se ha de hacer en particular, en cada caso. Su único deseo es preparar al pueblo a acoger la salvación que se hace presente en Jesucristo.

Los hombres a los que se dirige Juan no quieren solo oír hablar en modo genérico de frutos de conversión; quieren saber concretamente lo que han de hacer. Juan les responde sin titubeos. Todos los frutos de conversión que menciona hacen referencia al comportamiento en relación con el prójimo. Frente a la necesidad del otro, solo se puede retener para uno lo necesario. El verdadero progreso es que la humanidad entera viva con más dignidad y menos sufrimiento, esto solo es posible si compartimos vida y bienes.

Juan se dirige a los responsables de la situación social de su época. Se dirige a los que tienen "dos túnicas" y pueden comer; a los que se enriquecen de manera injusta a costa de otros; a los que abusan de su poder. Su mensaje es claro: no os aprovechéis de nadie, no abuséis de los débiles, no viváis a costa de otros, no penséis solo en vuestro bienestar.

¿Qué podemos decir ante estas palabras los seguidores de Jesús? ¿No hemos de empezar por abrir nuestro corazón para tomar conciencia de que vivimos sometidos a un bienestar que nos impide ser más humanos?

Pensamos que nuestra sociedad será más justa y humana cuando cambien los demás. Las sencillas palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias está también en nosotros.

Juan sabe su sitio: señalar al que es verdaderamente importante, el Hijo de Dios. Y esta es la base de toda humildad: cuando el hombre se compara con otros hombres surge el orgullo, la soberbia y la opresión; y entonces el egoísmo se señorea de las vidas. Pero cuando el hombre se compara con Dios, cuando mira la grandeza de Jesús, niño como nosotros, crucificado y resucitado por Dios, entonces el hombre se ve en lo que es: simplemente criatura entre las criaturas, hombre entre otros hombres, hermano entre hermanos. La humildad nos engrandece.

Con su testimonio radical Juan el Bautista recuerda que nuestra vida puede ser trigo de buena calidad o paja que se echa al fuego.

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