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A quién no vamos a votar

Decidir el sufragio, una labor complicada de afrontar

11.12.2015 | 08:41
Agustín Ferrero

Presentados los partidos políticos que optan a gobernar España, ahora se plantea la difícil tarea de decidir a cuál de ellos se le va a otorgar -que no confiar- el voto. Y eso es labor tan difícil de afrontar como complicado de discernir, no solo por el exiguo currículum de unos y la excesiva proximidad a la corrupción de otros, sino también por la falta de credibilidad general. De manera que quizás resultaría más fácil decidir a quién no se va a votar. Así que, en la medida que vaya aproximándose la fecha de las elecciones, el elector podría ir cavilando, entre el café y los churros del desayuno, a quién debe eliminar, de forma que, con un poco de suerte, en unos pocos días tendría resuelta la papeleta (nunca mejor dicho lo de papeleta). Claro que si quitando, quitando llegara a eliminar todas las candidaturas, entonces la cosa se complicaría, porque se vería obligado a votar en blanco o a hacer nula su papeleta, y eso suele llevar asociado un problema de conciencia, de conciencia política, pero al fin y al cabo de conciencia. Así que, lo más probable es que, llegado a tal punto, el elector decidiría dar marcha atrás y volver a empezar el proceso de nuevo. En esa disyuntiva, aunque lo más racional sería decidir el voto en virtud de lo que ha hecho cada partido y no de lo que prometen ahora, lo más probable es que con tanto machaqueo electoral, y rendido por el cansancio, el elector terminaría regalándole el voto al más pesado al único objeto de quitárselo de encima.

¡Vamos! que esto de las elecciones además de un coñazo propagandístico es un problema que tienen que resolver los ciudadanos de a pie depositando en la urna una papeleta de uno u otro color, de una u otra lista, con una u otra incertidumbre. Pero eso es lo que tiene la democracia, al menos la democracia que conocemos, que hay que jugársela de vez en cuando, aun a sabiendas de poder estar equivocado, sin dejar de ser consciente que una vez haya pasado la fiebre electoral, el partido de la lista elegida se olvidará de nosotros hasta las siguientes elecciones.

Las campañas electorales, vistas desde fuera, resultan patéticas, tan patéticas como ridículo resulta ver a hombres y mujeres, hechos y derechos o hechas y derechas, acariciando niños, o comprando cuarto y mitad en un mercado, para salir en la foto. O a un señor subido en un banco del primer parque que encuentra a su paso, o a una panda de jovenzuelos agitando banderitas y sonriendo de manera forzada detrás de su líder, o a determinados figurines con vestuario seleccionado como el de las vicetiples del Paralelo de Barcelona. Y eso no es lo peor, sino tener que ver a un puñado de aborígenes, de los que nadie se ha acordado desde tiempo inmemorial, dándose codazos para hacerse un selfie con el líder de turno. Y es que en periodo electoral todo es posible, desde la descalificación hasta el baboseo, con tal de conseguir el voto. Vale mentir de manera consciente, prometer sin posibilidad de cumplir, fingir encontrarse a gusto mientras se saluda a la gente de la calle, cuando, en realidad, lo que se desea es llegar pronto a casa para lavarse las manos, hartos de tanto manoseo.

Este circo es así, aunque podría resultar aun peor si el elector diera crédito a esos programas de televisión que gozan de un nivel intelectual por debajo de la cota cero. En elecciones vale todo, desde tocar la guitarra a jugar al futbolín, desde hacer zumos a bailar la conga con el ballet de Giorgio Aresu. No hay más que ver cómo algunos analistas políticos se atreven a valorar positivamente las charletas que mantiene Bertín Osborne con los principales líderes. De manera que, ya metidos en harina, quizás sería mejor que optaran por algo más atrevido, como dejar que los mejores showman o show woman de cada partido interpretaran conocidos sketchs de humor, como aquel de "la indemnización en diferido" o aquel otro de "los brotes verdes", que, sin duda, llegarían a alcanzar el nivel de trending topic.

Mejor no extrañarse de nada, incluida aquella expresión atribuida al conde de Romanones de ¡Vaya tropa!, cuando el aristócrata se enteró que -a pesar de haber utilizado métodos persuasivos- no solo no había sido elegido como académico de la Real Academia de la Lengua sino que, a mayores, no había conseguido un solo voto.

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