El fácil oficio de independentista catalán

Decir la verdad es muy difícil incluso para los expertos en filología política

04.12.2015 | 23:39
El fácil oficio de independentista catalán

No hay oficio más fácil de aprender que el de "independentista catalán". Bastará con ponerse la túnica del victimismo y pasearse por la geografía hispana, exhibiéndola de tal modo que todo el mundo pueda llegar a verla. Que algo sale mal en su comunidad autónoma, pues se le echa la culpa al Gobierno central y asunto concluido; que no le llega el presupuesto y no le dejan mangonear en la bolsa de Hacienda, pues se inventa el lema de "España nos roba" y tema resuelto. Y como el personal es bueno, al principio llega a creerse que eso es así, e incluso a compadecerse, pero claro, tanto llorar llega un momento en que mucha gente, incluida la más comprensiva, empieza a pensar que esa comunidad no puede estar sufriendo tantos infortunios.

De la misma manera, para el independentista de pro, las cosas que salen bien, como pueden ser las obras de La Sagrada Familia -que parece van a concluir en los próximos años- no son mérito del esfuerzo de muchos, ni de los donativos o los ingresos por entradas que generan los turistas, sino del buen hacer de los dirigentes del Govern; o si el Barça gana el triplete nada tendrán que ver los buenos oficios de Messi, sino el seny de sus directivos. Y así sucesivamente.

Y aunque haya algo de verdad en todo ello no deja de ser una exageración llevarlo hasta ese extremo. Pero claro, es que eso de conjugar el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo del verbo "decir la verdad" es muy difícil, incluso para los expertos en filología política. Tan difícil como creerse las cuentas que dicen hacía el Gran Capitán a base de "picos, palas y azadones", porque "por mucho que algunos se empeñen en llamar gallina a un perro no le conferirán a este la capacidad de poner huevos".

Los que practican el viejo oficio de independentista, antes de meterse en la ducha cada mañana, deben convencerse a sí mismos de que se encuentran perseguidos, como también de que todo el mundo se encuentra pendiente de ellos al solo objeto de perjudicarles, envidiarles, explotarles y subyugarles. Y claro, meterse esas ideas hasta el tuétano, viviendo en un país democrático, es llegar a superar el más difícil todavía. Para sacar adelante tan singular interpretación, el sufrido independentista, antes de acudir al trabajo, tiene que dedicar un tiempo a aprenderse de memoria alguna receta del libro de Abramelín el Mago o, en su defecto, a leer determinado capítulo de las aventuras de Tirant lo Blanc, para estar a la altura de las circunstancias.

Claro que, años antes, habrá tenido que asistir a la burda función de la tergiversación de la historia, de haber visto cómo se interpretaban ciertos sketchs en las escolas, dignos de los hermanos Marx, con interpretaciones difíciles de creer como que Cervantes hubiera nacido en una masía del Empordá, o que Teresa de Jesús se hubiera puesto una barretina, para pasar revista a las monjas del monastir de Santa María de Valldonzella.

Y mucho antes, cuando las condiciones económicas aún eran boyantes en el conjunto de España y una juventud con trabajo confiaba en un futuro esperanzador, habría tenido que aprender a armarse de paciencia y a permanecer agazapado en la espesura esperando tiempos "mejores" para saltar sobre la presa, tiempos en los que el lema fuera el de "cuanto peor mejor", pues así, ante la adversidad siempre resultaría más fácil retroalimentarse, cambiar el cerebro por el corazón, la racionalidad por los sentimientos. Solo en esa situación, el hecho independentista estaría en condiciones de poder saltar sobre la presa, como los pastores sobre aquella doncella de la célebre película de Bergman.

Pero como, a más a más, las normas de convivencia con el resto del Estado han sido establecidas por sus compañeros de excursión, bien en todo o en parte, solos o en compañía de lobos; y para más inri, firmadas, refrendadas y hecho suyas mientras les ha venido bien, mantener esas ideas independentistas en el tiempo no debe resultarle fácil. Es por ello que, más de un español, catalán o no, puede estar dándole vueltas a aquel pensamiento de Nietzsche: "¿Por qué canta este mendigo?, probablemente porque no sabe gemir. Entonces hace bien; pero nuestros cantantes dramáticos, que gimen porque no saben cantar ¿hacen bien también?".

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