Buena jera

Crímenes diarios contra el planeta

Expectación y pesimismo ante la Cumbre del Clima que comienza mañana en París

29.11.2015 | 00:18
Crímenes diarios contra el planeta

Cuando ustedes lean estas líneas, delegaciones de 195 países, que se dice pronto, habrán llegado a París para participar en la Cumbre del Clima, ese acontecimiento que aspira, una edición más, a poner orden en el desbarajuste medioambiental que amenaza al planeta. En los prolegómenos, todo pinta bien, es decir mal. Pinta bien porque todos parecen estar concienciados sobre la necesidad de atajar el calentamiento de la tierra y evitar un cambio climático perjudicial para todos y que pone en riesgo el propio futuro de la Humanidad, con mayúscula. Y pinta mal, precisamente por eso, porque la situación ha empeorado desde la última Cumbre y porque se agrava año tras año sin que nadie corte por lo sano. Todo son disculpas y dejarlo para la siguiente cita.

¿Qué se puede hacer? A priori, hay acuerdo sobre la necesidad de alcanzar un equilibrio entre defensa de la naturaleza y lo que se entiende por progreso, o sea el llamado desarrollo sostenible. Pero de la teoría a la práctica media un abismo. Uno de los intentos más serios por frenar el avance de la contaminación y la destrucción del medio ambiente y los ecosistemas se produjo hace unos 20 años en la reunión de Kioto. ¿Resultado? Fracaso absoluto. En primer lugar, porque las dos naciones más contaminantes, China y Estados Unidos, no firmaron y han seguido a su bola, sin respetar aquellos pactos. En segundo lugar, porque la inmensa mayoría de los países firmantes ha estado buscando, y hallando, trucos para saltarse a la torera las limitaciones de polución que fijaba Kioto. Unos superando los límites establecidos y otros comprando a terceros, a los más pobres, su cuota de emisión. En consecuencia, de Kioto para acá no solo no se ha atajado el problema, sino que ha aumentado hasta extremos muy peligrosos.

El propio papa Francisco se ha referido a este cáncer en varias y solemnes ocasiones como una de las grandes amenazas que penden sobre la Tierra. El jueves, desde Kenia, volvió a ser claro y contundente: "Sería triste y catastrófico que los intereses particulares prevalecieran sobre el bien común", dijo Jorge Bergoglio en Nairobi. El sumo pontífice habla con conocimiento de causa. Sabe que, en este asunto, hasta ahora han dominado las visiones parciales de cada nación, sobre todo de las poderosas y de las que no están dispuestas a sacrificar ni un ápice de su desarrollo económico en aras del medio ambiente.

De aquí a cien años, todos calvos, que reza el refrán castellano. Y por ese camino vamos. De continuar a este ritmo, la temperatura del planeta habrá subido dos grados antes de final de siglo con todo lo que ello supone: aumento del nivel del mar, inundaciones y destrucción de muchos kilómetros de costa, catástrofes meteorológicas, desaparición de especies, fundición del hielo de los polos, cambios inimaginables en el clima? Pero, oiga, comenta usted estas cosas con el personal y nadie parece ver el peligro. Como no es inminente, como no se palpa, como no va a ocurrir mañana, pues eso, que lo urgente no deja pensar en lo importante, en lo esencial. Aquí seguimos enfrascados con lo de Cataluña, que amenaza con monopolizar la campaña electoral, con el cacao de los debates, con los posibles pactos tras el 20-D, con la aprobación de tal o cual presupuesto, etc. Y sí, claro, son asuntos serios, graves, pero no deberían ocultarnos lo otro que, a la larga, puede tener más trascendencia; está en juego el porvenir de la Humanidad y la supervivencia de la Tierra, ni más ni menos.

¿Y qué va a hacer España en París? Como decía uno de los chistes de Eugenio, "no lo sé porque lo ignoro". Al margen de declaraciones de carril y casi perogrullescas, no conocemos la postura que mantendrá el Gobierno de Rajoy. A estas alturas, nada se ha publicado (o yo no lo he leído) sobre la propuesta española y si somos o no uno de los muchos países que ya se han autoasignado cuota de reducción de gases a la atmósfera. El problema es que, según los expertos, con esas aportaciones la temperatura del globo subiría 2,7 grados, o sea más que en la hipótesis anterior. ¿Volveremos a ser, como en época de Aznar y Zapatero, de los que nos pasamos los acuerdos por el forro porque mandan, como denuncia el papa, los intereses particulares? Mucho me temo que, gobierne quien gobierne, irán por ahí los tiros, especialmente si sigue imperando la economía sobre cualquier otra faceta. Un amigo mío dice que la solución es que todos los que se quejan de la contaminación en las ciudades se vengan a vivir a las zonas rurales. Estaría bien, pero no caerá esa breva. Hay quien prefiere asfixiarse que volver al pueblo. Allá ellos, pero que luego no lloren si se quedan sin oxígeno. ¿Y qué va a ser de nuestros jubilados si desaparece Benidorm?

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