La voluntad de vencer

Hay que revisar la vieja fórmula de la victoria

28.11.2015 | 00:16
La voluntad de vencer

A ver, no nos confundamos: el hecho de que las competiciones deportivas sean una imitación de la guerra no quiere decir que la guerra tenga que ser una imitación de las competiciones deportivas. Pero como nadie sabe lógica, ni tres narices le importa, nos enfrentamos a diario a esa extraña equivalencia en la que se supone que hay que ir a la guerra contra los terroristas jugando con sus normas y once contra once. Y no va de eso. No va de eso si tenemos la más mínima intención de vencer, que es algo que empiezo a dudar. De lo que se trata cuando se va a la guerra es de ganarla, y si ellos emplean contra los nuestros todos los medios a su alcance, nunca se logrará detenerlos sin emplear contra sus bases todos nuestros medios.

Durante siglos, para bien o para mal, Occidente supo hacer valer su fuerza militar para imponerse a sus enemigos, pero de un tiempo a esta parte parece que ya no somos capaces de vencer, o de conservar el terreno, de modo que cualquier remoto pedregal al que vamos se convierte en una especie de avispero enquistado que, a la larga, produce más destrucción y muerte que una acción verdaderamente decidida. Así que a lo mejor no está de más repasar la vieja fórmula de la victoria:

1. Me da igual cómo te llames:

Al que quiere ganar una guerra le dan igual las siglas del enemigo. A un ejército en retirada no le puede bastar dejar de ser hoy ISIS para ser Al Nusra y mañana cambiar a Al Qaeda o Frente Sildavo de Liberación. Me da igual cómo te llames: te tengo calado y te voy a sacudir igual.

2. Me da igual en qué bandera te envuelvas:

No importa quién dices qué te apoya. Si tu amigo tiene algún problema, que eche un vistazo a lo que voy a hacer contigo y que se lo piense. Porque a lo mejor resulta que tus amigos lo son porque vas de gallito, pero desaparecen en cuanto vean cómo te vamos a dejar.

3. Me da igual bajo qué tejado te ocultes:

Esto es la guerra, ¿sabes? Si bombardearon Colonia o Hiroshima, también podemos bombardear el pueblo en el que te ocultas. Es jodido, no nos gusta, pero es lo que hay, y los de esa aldea harían bien en recibirte a pedradas o buscar el modo de que te vayas, porque ni eso te va a librar. El truco de alargar una guerra hasta el infinito escondiéndote en las escuelas no te va a servir de nada. La guerra se acaba mañana, con tu rendición o con tu entierro. Lo que gustes...

4. Me da igual a quién utilices de escudo:

Que te he dicho que la guerra se acaba mañana. Ocultarse tras civiles es una marranada y una contravención de las normas internacionales, y no te va a servir. Es una lástima, pero te lo vamos a hacer entender muy pronto. En lugar de esconderte tras una pobre vieja, echa a correr o ríndete, porque a lo mejor tenemos que matar a la vieja, pero nadie te librará a ti...

5. No existen los dragones de infinitas cabezas.

No me creo esa chorrada de que por cada uno de los tuyos que caiga se levantarán en armas otros cuatro. Y si le salen, peor para él. Nunca leí que a Cartago le saliesen más cabezas para atacar a los romanos. Ya ves qué cosas?

Siento ser así de crudo, pero de este modo es como las guerras se acaban y se ganan. Los demás sistemas, los aparentemente humanitarios, solo multiplican la sangre, el dolor y la destrucción. Lamentablemente, lo más humanitario no es siempre lo más flojo ni lo más contenido... Y si no se está dispuesto a entenderlo, o se cree que los tuyos no lo entenderán, mejor no te metas. Dedícate a fabricar relojes de cuco y a guardar en sótanos el oro de los demás, como los suizos, y vete preparándote para que te viole tu gato.

Porque tarde o temprano pasará.

www.javier-perez.es

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