Asomarse a la ventana

En Occidente administramos nuestra vida como un capital

28.11.2015 | 00:17
Asomarse a la ventana

En China, cuando la política del hijo único, se tenían hijos inexistentes, claro. Las criaturas a las que les tocaba no existir no podían ir al colegio ni a ningún otro lugar donde su cuerpo pusiera en duda su irrealidad. Tenían que permanecer en casa, sin asomarse a las ventanas. El Gobierno belga, por cierto, recomendó hace poco a sus contribuyentes esto mismo: permanecer en la vivienda y no asomarse a las ventanas. Lo cierto es que la gente ya no se asoma a las ventanas. Dese usted una vuelta por su barrio y lo comprobará. ¿Por qué? No sé, quizá porque nos asomamos a la tele. De pequeño, enfermizo como era, me pasé media vida en casa, asomado a la ventana, para ver pasar el tranvía. El tranvía siempre pasaba igual, pero a mí me parecía una novedad por razones que aún no he logrado explicarme.

-Mamá, está pasando el tranvía -le gritaba a mi madre, que estaba en sus labores.

-Ya lo sé, hijo, pasa cada quince minutos -respondía ella con resignación.

Pero estábamos en lo de los chinos inexistentes que no se podían asomar a la ventana. Ahora parece que los quieren regularizar, no sé, darles un certificado o un carné. Pero muchos (quizá millones) nacieron y murieron sin llegar a existir. Estas cosas le hacen pensar a uno. En Occidente, individualistas como somos, le damos mucha importancia a la vida. La gente habla de su vida como de un capital que hubiera que administrar. Por eso hay tantos diálogos de este tipo:

-Mira lo que has hecho con tu vida.

-Yo hago con mi vida lo que me da la gana.

-Etcétera.

Significa que no se nos concede la eventualidad de no existir. Personalmente no soy partidario de que mi vida se nacionalice y pase a pertenecer al Estado (sobre todo cuando aún no se ha nacionalizado la electricidad), pero no me parecería mal que me dieran la posibilidad de no existir. Valorando las cosas con la perspectiva que proporcionan los años, me habría quedado con gusto en casa para siempre, avisando a mamá de cuándo pasaba el tranvía. Solo pediría eso: que me permitieran asomarme a la ventana.

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