La plaza del Cuartel Viejo

Aunque ofrezca una fría apariencia por una construcción exagerada, es un rincón cómplice de tranquilidad

16.11.2015 | 11:10
Agustín Ferrero Ramos

Está al lado de San Torcuato y a un paso de Santa Clara, a una distancia equidistante entre la Farola y la Plaza Mayor, de ahí que quizás sea por eso una de las plazas más céntricas de la ciudad. Fruto del empeño puesto durante los últimos años por la municipalidad, en lo que atañe a eliminar cuantos árboles salen a su paso, desaparecieron de esta plaza unos gigantescos chopos que, al parecer, causaban alergias a los vecinos y que nadie se encargó de sustituirlos por otras especies menos molestas. No obstante, no se puede decir que se trate de uno de los lugares más descuidados ni menos aseados de la ciudad. Vamos, que aunque ofrezca una fría apariencia, fruto de una construcción exagerada, la plaza del Cuartel Viejo, es un rincón cómplice de la tranquilidad.

Solo unos pocos edificios han resistido el paso del tiempo. Uno de ellos, el del Colegio de la Medalla Milagrosa, ha sido reformado y ampliado, en diferentes ocasiones. Un colegio que en tiempos pretéritos solo lo fue de chicas; de chicas que a pesar de su austero uniforme azul oscuro atraían enormemente a los adolescentes de determinada época. De hecho, en opinión de algunos, acogía a las chicas más guapas de Zamora, en contraposición con otros que decían que eran las más "pijas" de toda la provincia. Lo cierto es que de lo uno y de lo otro podía haber, en la misma o parecida proporción que en otros centros, incluida la Escuela de Magisterio, porque quienes así opinaban probablemente no habían descubierto aún que la belleza es la imperfección y que, por tanto, los cánones que ellos empleaban para medirla eran demasiado convencionales. Y es que eran aquellos unos años en los que se llevaba tomarse las cosas tal y como se las decían, al pie de la letra, al estilo de aquel pensamiento de Platón de "Yo tengo una teoría, y si los hechos dicen lo contrario, peor para los hechos".

En el lado opuesto al Colegio de la Milagrosa, o a la Milagrosa, como comúnmente se le conocía, estaba ubicado el Colegio Corazón de María, a caballo entre dos edificios separados por las calles Santo y Palomar (hoy, dos bloques de viviendas de vecinos), dotados de un elevado pasadizo que permitía la comunicación entre ambos. Para estar en plena armonía con la Milagrosa, el Corazón de María solo admitía a chicos, también de los mas "pijos", según algunos, y no sé si de los más apuestos, según otras, pero en el fondo nada diferentes de los que iban al Instituto Claudio Moyano (era el único que existía). Así pues, la plaza del Cuartel Viejo desempeñaba, en aquella tenebrosa época, la función de colchón protector entre los alumnos y las alumnas de ambos colegios, aunque, afortunadamente, no consiguiera evitar que muchos de ellos fueran partidarios del deleite frente al misterio y del gozo frente a lo inesperado.

El Corazón de María se encontraba anexo a la iglesia de San Esteban -más tarde Museo de Baltasar Lobo- de donde, en Semana Santa, salía la procesión del Santo Entierro, justo por la puerta que mira a la plaza de San Esteban, donde estaba ubicada la Casa de Socorro, centro de atención médica gratuita, en el que se prestaban los primeros auxilios a cuantos pudieran necesitarlo.

El Corazón de María disponía de un cine ("Los Luises") al que se accedía desde la calle Santo, que acogía las tardes de domingo a los chavales que antes habían soportado una interminable fila para poder ver una película a un precio más barato que el de los cines comerciales, para lo que había que estar al corriente de los cupones del carné de socio. Allí, un padre claretiano velaba "por la castidad y buenas costumbres" colocando su mano protectora delante del objetivo del proyector, en los momentos más esperados de la película, impidiendo poder ver en la pantalla un gesto de cariño, un beso fugaz o algo por el estilo, pasando por alto que un simple brote de ternura podía llegar a aplacar cualquier brote de rencor. Durante el resto de la semana, un grupo de buenos profesores como Waldo Santos, Manuel Jambrina, Miguel Villafranca, Honorio Fernández y Gerardo Pastor, hacían lo posible por trasmitir sus conocimientos a un buen puñado de chicos que, por entonces, al igual que los que iban al instituto, ya leían a Sófocles y habían descubierto aquello de que "la más dulce vida, consiste en no saber nada".

La proximidad del barrio de la Lana no alteraba lo más mínimo la cotidianidad virtuosa de ambos centros. Es más, podría llegar a afirmarse que la mayor parte de los alumnos y alumnas que llegaron a terminar allí sus estudios de bachillerato no llegaron a tener conciencia de haber pasado un puñado de años viviendo al lado del "pecado"; aunque a más de uno le gustara presumir de haberse confesado con "el padre ausente", cuyo confesionario, con el letrero que así rezaba, aparecía, día tras día, sin "cliente" alguno.

Lo cierto es que muchos de ellos y de ellas, en aquellos y en otros centros, a pesar de la sesgada formación que recibían no permitieron que se les disipara su creativa imaginación, como tampoco que se echara en saco roto aquello que habían conseguido leer entre líneas: que ya que "la verdad oficial" ya existía, lo tendrían en cuenta en el futuro para poder inventar "a mentira".

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