La lluvia, un fecundo ejemplo pedagógico

De pequeño mi abuelo explicaba que sin la precipitación mansa de estos días, la semilla no germinaría

03.11.2015 | 00:09
La lluvia, un fecundo ejemplo pedagógico

Ayer lunes, 2 de noviembre, cuando salí de casa antes de las siete, a recoger el periódico, me encontré una sorpresa, grata por una parte, molesta por otra. No tuve la precaución de mirar por la ventana antes de salir de casa y al salir a la calle recibí el saludo fresco y húmedo de la lluvia mañanera. Era una lluvia amable; no se trataba de una lluvia violenta, de esas que arrastran todo lo que encuentran por el suelo de la ciudad; y se precipitan ruidosas por las calles en cuesta, tan abundantes en Madrid. Esta caía suave y pausada solo estremecida por alguna ráfaga de viento que enfriaba el húmedo frescor de la lluvia.

La lluvia me ha hecho reflexionar. Me trasladé a los campos de mi amada Zamora. Recordé las palabras de mi abuelo materno, un modesto labrador de pocas tierras. Agradecía el bueno de mi abuelo Nicolás la lluvia, semejante a esta, cuando caía (también por estas fechas del año) sobre aquellas pequeñas fincas que había sembrado los días anteriores. Me explicaba, con mis cuatro años, aquella alegría que manifestaba: si no caían esas gotas, tan mansas como las del lunes en Madrid, la semilla depositada en la tierra no germinaría; y aquellas fincas, que eran su precario sustento, permanecerían como un erial estéril. Pero el agua, recibida mansamente por la tierra, haría el milagro de excitar la semilla para que germinara y diera lugar, en pocas fechas, a que brotaran unas muy tiernas plantas, que, a lo largo del año, crecerían y llegarían a transformarse en mieses. Estas pasarían, en verano, de la tierra a la era; y de esta, después de trilladas y aventadas, al granero, depósito del trigo, que se convertiría en harina y pan para las personas y, al mismo tiempo, en salvados y pienso para los animales domésticos.

Mi inexperiencia me sugería la pregunta: "¿No sería mejor para eso que usted dice, abuelo, que la lluvia fuera muy abundante y cayera golpeando la tierra?". "No, hijito; si la lluvia fuera violenta, el agua caería también muy fuertemente sobre la tierra, la despojaría de la parte superior o mantillo" y haría estéril la tierra, en lugar de la lluvia que produce todo lo que te he dicho antes". Mi inteligencia de niño se despertó y mentalmente me hice el siguiente resumen: "la lluvia mansa fecunda la tierra sembrada; la lluvia violenta arrebata el mantillo fértil y transforma la tierra en duro e infecundo desierto".

Fue muy sencilla la lección que mi iletrado abuelo me había explicado sobre algo tan cotidiano como era su vida sobre los escasos campos de labor que poseía. Me ilustró, sin embargo, muy sabiamente sobre mis rurales experiencias de niño. Pero, habiendo sido yo un hombre práctico a lo largo de mi laboriosa vida, en la que cada día buscaba, hallaba y aprovechaba todo lo que pudiera servir a mis alumnos, la sencilla y clara explicación de mi abuelo ha servido repetidas veces para animar a mis alumnos a que hicieran, en su tiempo de estudio, uso de aquella sencilla lección de mi iletrado abuelo Nicolás, como yo lo hice siempre.

Mi experiencia me hizo dividir a los estudiantes en dos clases, en virtud de una fácil clasificación: los estudiantes que, como yo hice, desde octubre piensan en junio y van estudiando, día a día, en profundidad; y los estudiantes, como vi a muchos, que durante el año no estudiaban a fondo (y tal vez ni someramente) y en el mes de mayo estudiaban realizando verdaderas locuras -vi a algunos estudiar sentados sobre una cornisa del séptimo piso de la residencia universitaria-. Por eso, yo animaba a mis alumnos diciéndoles: "el estudio diario, desde principio de curso, es como la lluvia suave que cae sobre los sembrados y va haciendo germinar a la semilla y crecer a la planta hasta madurar en la mies; estudiar de golpe, a finales de curso, para superar el examen, es como la lluvia violenta que golpea la tierra robándole su parte fecunda -el mantillo- y transformándola en erial. Estudiar intensamente a final de curso ayudará a superar el examen, en el mejor de los casos; pero lo que se ha aprendido en tres días después del examen se habrá olvidado a los muy pocos días. Eso me enseñó mi abuelo sobre los campos de labor; y yo quiero que ustedes, mis amados alumnos, lo lleven a la práctica en los campos de estudio que son sus asignaturas". Y me consta que muchos alumnos aprendieron y llevaron a la práctica la sencilla lección de mi abuelo Nicolás.

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